DiócesisHomilías Mons. Dorado

Miércoles de Ceniza

Publicado: 21/02/2007: 595

S.I. Catedral de Málaga

1.- El tiempo de Cuaresma, que iniciamos con el Miércoles de Ceniza, es una peregrinación personal y comunitaria de conversión y renovación espiritual: “conviértete y cree en el Evangelio”.

Un rito simbólico, propio y exclusivo de este primer día de la Cuaresma es la imposición de la Ceniza. ¿Cuál es su significado más hondo? No se trata de un mero “ritualismo”, sino de algo más profundo que toca nuestro corazón. Nos ayuda a comprender la actualidad de la advertencia del profeta Joel, que recoge la Primera Lectura: una advertencia que conserva también para nosotros su validez saludable: a los gestos exteriores debe corresponder siempre la sinceridad del alma y la coherencia de las obras. Porque, ¿de qué sirve, como se pregunta el autor, rasgarse los vestidos, si el corazón sigue lejos del Señor, es decir, del bien y de la justicia? Lo que cuenta en realidad es volver a Dios con un corazón sinceramente arrepentido, para obtener su misericordia (Joel 2, 12-18). Un corazón nuevo y un espíritu nuevo es lo que pedimos en el Salmo penitencial por excelencia, el Miserere, que hoy hemos candado: “Misericordia, Señor, hemos pecado”.

El verdadero creyente, consciente de que es pecador, aspira con todo su ser –espíritu, alma y cuerpo- al perdón divino, como a una nueva creación capaz de devolverle la alegría y la esperanza.

2.- Otro aspecto de la espiritualidad cuaresmal se refleja en la Oración Colecta, donde se habla de las “armas” de la penitencia y del “combate” contra las fuerzas del mal. Cada día, pero especialmente en Cuaresma, el cristiano debe librar un combate como el que Cristo libró en las tentaciones del desierto, y luego en Getsemaní, cuando rechazó la misma tentación, aceptando hasta el fondo la voluntad del Padre.

Se trata de un combate espiritual contra el pecado que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia.

Por consiguiente la Cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es un combate sin pausa, en el que se deben usar las armas de la oración, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal y contra cualquier forma de egoísmo y de odio y morir a sí mismos para vivir con Dios, es el itinerario ascético que todos los discípulos de Jesús estamos llamados a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia.

3.- El seguimiento de Jesucristo convierte a los cristianos en testigos y apóstoles de la paz. Porque la respuesta a la violencia que amenaza la paz del mundo no es la venganza ni el odio, ni tampoco la huída hacia un falso individualismo, sino recorrer el camino elegido por Él, que ante los males de su tiempo, abrazó decididamente la Cruz, siguiendo el sendero más largo, pero más eficaz, del amor. Tras sus huellas y unidos a Él, debemos esforzarnos todos para oponernos al mal con el bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor.

El amor, como reafirma Jesús en el pasaje evangélico de hoy, debe traducirse después en gestos concretos a favor del prójimo, y en especial en favor de los pobres y los necesitados, subordinando siempre el “valor de las obras” a la sinceridad de la relación con el Padre celestial, que “ve en lo secreto” y “recompensa” a los que hacen el bien de modo humilde y desinteresado. (Mt 6, 1.4.6.18).

La concreción del amor constituye uno de los elementos esenciales de la vida de los cristianos, a los que Jesús estimula a ser luz del mundo, para que los hombres, al ver sus “buenas obras” glorifiquen a Dios (Mt 5, 16). Esta recomendación llega a nosotros muy oportunamente al inicio de la Cuaresma, para que comprendamos cada vez mejor que la caridad no es una especie de actividad de asistencia social…, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. (Cfr. Deus Cáritas est, 25). El verdadero amor se traduce en gestos que no excluyen a nadie, a ejemplo del Buen Samaritano, el cual, con gran apertura de espíritu, ayudó a un desconocido necesitado a la vera del camino. (Cfr. Lc 10, 31).

Entremos en el clima típico de este tiempo litúrgico con estos sentimientos, dejando que la Palabra de Dios nos ilumine y nos guíe. En Cuaresma escucharemos con frecuencia la invitación a convertirnos y a creer en el Evangelio, y se nos invitará constantemente a abrir el espíritu a la fuerza de la gracia divina.

Aprovechemos estas enseñanzas que nos dará en abundancia la Iglesia durante estas semanas, para que nos encaminemos hacia la celebración de la Pascua, acompañados por la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico discípulo de Cristo.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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