DiócesisHomilías Mons. Dorado

Misa Crismal. Una expresión de la comunión eclesial

Publicado: 03/04/2007: 497

S.I. Catedral


1.- "Vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’; dirán de vosotros ‘ministros de nuestro de Dios’" (Is 61, 6). El profeta dirige estas palabras a todos los miembros del Pueblo de Dios, pero se pueden aplicar especialmente a vosotros, queridos hermanos en el ministerio, porque verdaderamente sois "sacerdotes del Señor", "ministros de nuestro Dios". Y habéis venido de todos los rincones de la Diócesis a celebrar la misa conmigo, vuestro hermano y Obispo; esta Misa Crismal en la que se van a bendecir los óleos de los catecúmenos y los óleos de los enfermos y en la que se va a consagrar el santo crisma. Nos acompañan varias religiosas y miembros del Pueblo de Dios, que han querido orar con nosotros y por nosotros, para expresarnos su aprecio fraterno. Este encuentro es una expresión bellísima de la comunión de la Iglesia; y en él se cumple lo que dice el salmo 133: es hermoso que los hermanos se junten y convivan.

Aparte de que nos une el vínculo teologal, por nuestra inserción en Jesucristo, también se expresa de esta manera la cercanía afectiva entre nosotros y el apoyo mutuo, porque vosotros compartís conmigo el servicio a la Palabra, a la santificación y al gobierno del Pueblo de Dios. Y esto, que es verdad de todos los presbíteros diocesanos, lo es en especial de cuantos trabajáis en las parroquias, porque como dice el Vaticano II, "los colaboradores principales del Obispo son los párrocos, a quienes se les encomienda, como a pastores propios, el cuidado de las almas en una parte determinada de la diócesis" (CD 30).

Hoy os quiero dar públicamente las gracias por vuestro trabajo abnegado, por la generosidad silenciosa y por toda la amistad y el afecto que he encontrado en vosotros, durante el ejercicio del ministerio episcopal que Dios me confió, cuando me trajo a esta parcela de la Iglesia. ¡Qué Dios os lo pague!

¡Qué hermoso es este momento de comunión eclesial, en la presencia del Señor! Dentro de unos instantes lo expresaréis con alegría, al renovar vuestras promesas sacerdotales y vuestro sí incondicional a Cristo, cuando os pregunte si estáis dispuestos a permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración de la Eucaristía y en las demás acciones litúrgicas; y a desempeñar fielmente el ministerio de la predicación. Verdaderamente sois "sacerdotes del Señor", y os llamarán "ministros de nuestro Dios".
Vosotros con vuestra presencia aquí en esta mañana, estáis ratificando el dato tan gozoso para el pueblo cristiano, de que, según una encuesta reciente, el 97 % de los curas españoles, si volvierais a nacer, elegiríais otra vez el ministerio, volveríais a dejarlo todo y a seguir la llamada del Señor.

2.- "Gracia y paz a vosotros, de parte de Jesucristo, el testigo fiel", "Aquel que nos amó" (Ap, 1, 5). Son palabras tomadas del Apocalipsis, que hago mías, sobrecogido por la grandeza del misterio que estamos celebrando: la santificación del hombre.

Porque vamos a bendecir los óleos y a consagrar el santo crisma. Con el crisma, serán ungidos los nuevos bautizados y serán signados los que reciban la confirmación. Con el óleo de los enfermos, éstos serán fortalecidos en su lucha contra el dolor; y con el de los catecúmenos, se prepararán los que han pedido el bautismo. Y seréis vosotros, queridos hermanos sacerdotes, los mediadores de esta gracia. No por vuestros méritos o cualidades, sino porque el Espíritu Santo vino también sobre vosotros, el día de vuestra ordenación sacerdotal, y os habilitó para actuar en nombre de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, y para proclamar el Evangelio.

Es lo que significa el santo crisma, que los bautizados, injertados en Jesucristo por el bautismo, han muerto para el mal y están llamados a ser en nuestro mundo de hoy artífices y testigos de una vida nueva: la que brota gratuitamente del amor que Dios nos tiene y se desarrolla en la práctica diaria de las Bienaventuranzas.

La auténtica grandeza del sacerdocio ministerial que habéis recibido y que vais a reavivar, no se limita a que os convierte en servidores generosos de vuestros hermanos, sino en que sois parte esencial del canal por el que llega el amor misericordioso de Dios al hombre, un amor que le transforma y le lleva a descubrir la plenitud de su humanidad.

Por supuesto que os recomiendo profundizar en el amor a todos, especialmente a los empobrecidos y a los marginados por la soledad y el abandono. Pero no olvidéis que el Espíritu os ha elegido y enviado a proclamar la Buena Nueva de Dios a los hombres de hoy; a esa humanidad que se considera rica y autosuficiente, pero que ha perdido la alegría de vivir, porque ya no sabe de dónde viene ni adónde va.

Por vuestra parte, descubriréis la grandeza de la misión recibida en la medida en que habléis de Dios a tiempo y a destiempo, y os vean como "ministros de Dios", pues así como aumentan las personas que luchan contra la pobreza material, cada vez somos menos los que nos ocupamos de la pobreza espiritual. Y si no hablamos de Dios los que hemos sido enviados en su nombre, no lo hará nadie. Recordad que sois sacerdotes y que habéis sido llamados y enviados para anunciar la palabra de Dios y para partir el Pan de Vida.

3.- Como diremos en el prefacio, "tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, se van configurando a Cristo". No existe peligro de que la primacía de Dios nos aparte del servicio a los hombres. Es verdad que hay a nuestro alrededor muchos corazones desgarrados, personas que están esclavizadas y hermanos que se encuentran perdidos. Para verlo, basta con prestar atención al drama de las mujeres maltratadas, especialmente de las que han sido arrancadas de su familia con engaño y entregadas a la prostitución; a los inmigrantes que no tienen la documentación en regla; a los ancianos que viven solos; y a los hijos pequeños de los matrimonios que se han rotos. Son formas actuales en las que se nos presentan los corazones desgarrados y las personas esclavizadas de las que hablaba el profeta Isaías. Y el sacerdote, como ha aprendido de Jesucristo, no puede mirar hacia otro lado y pasar de largo. Pero esto sólo será posible en la medida en que profundicemos en el encuentro con Dios. En especial, al celebrar la Eucaristía, donde nos revestiremos del amor y de la fortaleza de Jesucristo, que nos llevarán al encuentro con el hombre maltratado, herido y tirado al margen del camino. Porque la fe en Dios es la mejor apuesta por el hombre.

Nos lo acaba de recordar Benedicto XVI en su reciente Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis. El sacerdote, afirma, "está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. (Porque) una vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías" (n. 80). Y dirigiéndose a los miembros del Pueblo de Dios, insiste en que "El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad" (n. 90). Termino con unas palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret.

4.- "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4, 21). Por parte de Dios, se cumplió hace casi dos mil años, pero cada generación de cristianos debe actualizarla y hacerla vida para su tiempo y sus ambientes.

Os vais a llevar a las parroquias los óleos y el santo crisma, que simbolizan la comunión de la Iglesia diocesana y la vida nueva que irá brotando día a día en vuestras parroquias. Jesucristo nos ha liberado ya de la muerte y del pecado; nos ha liberado para amar. Ahora depende de nosotros, de nuestra obediencia al Señor y de nuestro trabajo pastoral que la Escritura que acabamos de oír se cumpla en nuestro corazón y en el de nuestras comunidades o se quede muda por culpa de nuestra inercia.

Por eso, termino rogando a Santa María de la Victoria, nuestra Madre y Patrona, que nos ayude a acoger en nuestro corazón la Palabra de Vida, a dejar que Jesucristo se encarne en el corazón de cada uno y a ofrecer a nuestro mundo al Dios que se ha hecho hombre para hacernos partícipes de su divinidad.

“Que el Espíritu Santo, -como decía el Beato Manuel González-, nos conceda a todos el gozo de servir a la Madre Iglesia de balde y con todo lo nuestro.”


+ Antonio Dorado Soto
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga