DiócesisHomilías Mons. Dorado

Homilía en el funeral por el sacerdote D. Miguel Ángel Corrales García

Publicado: 28/05/2007: 2000

Del Leccionario VIII:

Ap 21, 1-7 (pg. 334)
Salmo 22, 1-6 (pg. 335)
Jn 6, 51-59 (pg. 352).


1.- Nuestro presbiterio malagueño vive hoy el fallecimiento de otro sacerdote, D. Miguel Ángel Corrales, un sacerdote muy querido; y estamos aquí reunidos en la parroquia de San Gabriel para dar gracias a Dios por su servicio sacerdotal y por el testimonio de su vida.

Y también darle gracias a él por su entrega, su espíritu de servicio, por su disponibilidad, por el interés que puso siempre en hacer el bien, especialmente por transmitir la fe y el amor a Jesucristo.


2.- La fe cristiana es fe en las promesas de Dios en favor nuestro. Dios prometió conducir al Pueblo de Israel hasta Canaán, la tierra que mana “leche y miel”. Dios prometió un Salvador en la persona de su Hijo, que con su muerte y Resurrección ha hecho realidad el anuncio del Apocalipsis:

“Ví un cielo nuevo y una nueva tierra. Ví la Ciudad Santa, la nueva Jesuralén… Y escuché una voz que decía desde el trono: ésta es la morada de Dios con los hombres”.

La promesa de Dios para nosotros es el Cielo. Hay un más allá de la muerte que nadie pudo imaginar: Dios con nosotros, nosotros con Dios para siempre.

El Domingo pasado celebramos la solemnidad de la Ascensión de Jesucristo a los Cielos. Él es la primicia de la cosecha, el fruto temprano que nos ha ofrecido a todos nosotros: vivir felices por toda la eternidad con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en Dios con todos los demás salvados por la misericordia del mismo Dios.

Es la fe que actualizamos hoy. Y nos da la paz al contemplar el féretro que contiene los restos morales de D. Miguel Ángel, creer que ha recibido el regalo de vivir en la paz y la luz para siempre.

Necesitamos revitalizar en nuestra vida cotidiana la contemplación. Sentir interiormente que Dios nuestro Padre nos ha prometido, como recuerda el Apocalipsis, “enjugar las lágrimas de los ojos… y vivir en el mundo nuevo” que Él ha hecho para nosotros.


3.- ¿Cómo es posible vivir en el anhelo del Cielo? Fundamentalmente por la Eucaristía. Jesús nos ha dicho: “el que come este pan vivirá para siempre”.

La Iglesia vive para la Eucaristía y desde la Eucaristía, que es la fuente, el centro y la cumbre de la vida cristiana. La comunidad de los creyentes no puede vivir sin la Eucaristía que es memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

La vida del sacerdote y de la comunidad se resquebraja cuando se pierde el sentido eucarístico, que es pre-significación de la vida eterna. Por eso, en estos momentos en que celebramos la Eucaristía para pedir al Señor por nuestro hermano Miguel Ángel, nos consuela, como dice el Prefacio, “la promesa de la futura inmortalidad” que ha sido sembrada en él por la Eucaristía celebrada, recibida y adorada.

La vida  cristiana de D. Miguel Ángel tuvo comienzo el día del Bautismo, que le condujo a la Eucaristía, que ha sido el Sacramento que le ha incorporado cada vez más a Jesucristo, de quien ha recibido la salvación, el perdón de sus pecados y la promesa de la Resurrección.

Y que un día, por el Sacramento del Orden Sacerdotal, fue constituido en ministro de este gran Sacramento. Desde entonces su vida como sacerdote ha estado señalada por las palabras de Jesús: “Este es el Cuerpo que se entrega por vosotros. Esta es la sangre que se derrama por vosotros y por todos los hombres”.

Cuando celebramos el Memorial de la Pascua de Jesucristo, la Iglesia, por la fuerza del Espíritu Santo, se siente fortalecida en la fe, la esperanza y la caridad. Y contempla con agradecimiento la promesa de la vida eterna que le es ofrecida por Dios.

Con el Salmista, rezamos:

“Preparas ante mí una mesa,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa…
Y habitaré en la Casa del Señor
por años sin término”.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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