DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo de Pentecostés. Ciclo C

Publicado: 27/05/2007: 615

1.- Estamos celebrando la gran Fiesta de Pentecostés. Sucedió un día como hoy, según nos cuenta la Primera Lectura de la Misa. El Espíritu Santo vino sobre los discípulos, los primeros cristianos, y transformó su corazón.

Unos dicen que fue como ese viento de abril, que zarandea las espigas para que puedan abrirse y granar; otros hablan de lenguas de fuego que incendiaban con el amor de Dios el corazón de los discípulos; y algunos lo comparan con la lluvia de otoño que va empapando la tierra para que acoja la semilla y fructifique.

Porque viento, fuego y agua son tres imágenes de que se sirven los autores del Nuevo Testamento para hablarnos del Espíritu Santo. Fue entonces cuando los discípulos perdieron el miedo y se echaron a la calle a decir que Jesucristo está vivo, ha resucitado y que nos salva por la fe.


2.- El Espíritu Santo era la gran promesa de Dios para los tiempos mesiánicos. Y Jesús se lo había recordado muchas veces: recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos en todos los rincones de la tierra. El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros y os ayudará a entender mi vida y mis palabras. Él será vuestro defensor y vuestro guía para que no perdáis la esperanza y no erréis el sendero a lo largo de la historia y de la vida.

Nosotros confesamos en el Credo que es Señor y dador de Vida. Es el aliento de Dios que transforma el corazón de los creyentes.

  Él llenó de amor el corazón de San Juan de Dios y de Madre Teresa de Calcuta.

  Él dio la fortaleza a los mártires como Monseñor Romero, Enrique Vidaurreta y Juan Duarte.

  Él dotó de audacia y creatividad a los fundadores como San Juan Bosco y San Vicente de Paúl.

  Él oraba en los místicos y les dio el calor que se observa en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila.

  Él suscitó y sigue suscitando hombres y mujeres providenciales para mostrar la novedad del Evangelio.

3.- Su presencia se advierte por:

a) la alegría y la paz que infunde en los que le acogen;
b) por la bondad y grandeza de alma que reflejan; por la mansedumbre y la humildad que los adorna.

Cuando se olvidan del Espíritu Santo, las comunidades cristianas y los que las forman, se tornan intransigentes, rutinarios, legalistas y aburridos. Tienen buena organización y medios de todo tipo, pero allí falta el frescor del Evangelio, el ardor de la esperanza, la libertad contagiosa y el amor entrañable.

Fue en un día como hoy. Los jefes de los judíos se empeñaban en silenciar a los cristianos; pero ellos se echaron a la calle para obedecer a Dios y no a los hombres. También ahora los poderosos pretenden que callemos, que reservemos la Buena Noticia de Jesucristo y de su Evangelio para la vida privada y vivamos en el mundo como si Dios no existiera. Quizás necesitemos un nuevo Pentecostés que nos lance a la calle a proclamar el Evangelio en la familia, en el barrio, en el trabajo, en la vida pública y en todas partes donde se encuentre un cristiano. “No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo” (EN, 75). “… Él es el agente principal de la Evangelización…” “El mundo exige a los evangelizadores que hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible…” (En, 76).

“El Señor quiere hacer germinar la semilla del Reino a través de los ministros del Evangelio… y de nosotros depende que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto”.

“Ojalá que el mundo actual pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes  han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” (EN, 80).

“Hablemos de Dios y del hombre; y así decimos todo”. (Ratzinger).


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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