DiócesisHomilías Mons. Dorado

Sábado Santo. Ciclo C. Cofradía de Mena

Publicado: 10/04/2004: 589

1.- Hoy es el día del gran silencio. La Iglesia, en el Sábado Santo, vela con María, junto al sepulcro de Jesús, aguardando la gran Fiesta, la mayor de las Fiestas, la Resurrección del Señor. Atrás han quedado los días en los que, los unos han recordado el drama del sufrimiento y muerte de Jesús, y lo han hecho de muchas formas, y los otros han anticipado simplemente sus vacaciones de verano.

Quizá la forma más inquietante de celebrar la Semana Santa hoy sea hacer de ella un espectáculo bello y popular. El mayor y más claro indicio de secularización de nuestro país es convertir en espectáculo la infamante y espantosa agonía de un Crucificado por los pecados de todos.

Se comprende lo extraño y repugnante del mensaje de la Cruz para el hombre de hoy y el de siempre. Se entiende que el hombre “moderno” rechace la muerte en Cruz como camino de la salvación y tenga este mensaje por algo sin sentido. Pero de ningún modo se entiende que se pretenda hacer pasar el mensaje de la Cruz por un espectáculo.

Si la fe cristiana no quiere disolverse y desaparecer, habrá de proteger, en toda su fuerza y verdad, el mensaje de la Cruz. Si se llegase a vaciar, en nuestras tierras, el mensaje de la Cruz y la Semana Santa en puro y simple arte, en juego escénico y en folklore, el cristianismo habría muerto en el corazón de nuestros hombres y mujeres.

De esta suerte seríamos responsables los mismos cristianos, por la forma como hayamos recordado, celebrado y, sobre todo, vivido, la muerte del Señor.


2.- El Sábado Santo es el segundo día del Triduo Pascual. Durante el sábado la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando, en la oración y el ayuno, su Resurrección.

Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Es día de contemplación. “¡Dios ha muerto! Lo hemos matado nosotros”. Es el día de la ausencia, de la soledad y del desencuentro. Aún suena en el Calvario el último grito agonizante: “Padre, ¿por qué me has desamparado?”

Y ahora el Cristo de la Cruz descansa en el sepulcro.

Estas horas del sepulcro son “la hora de la Madre”. La Virgen María que en su soledad permanece junto al sepulcro de su Hijo, es la imagen de la Iglesia Virgen, que vela junto a la tumba de su Esposo, en espera de celebrar la Resurrección. El Sábado Santo es un día de honda meditación. No conviene distraer su soledad ni su silencio en otras cosas o en otras devociones que rompan este clima.

Con María hacemos recuento de recuerdos y contemplamos con sus ojos los misterios de la Pasión de Jesús. Ella fue testigo preeminente de la Cruz. La Madre del Hijo de Dios quiere dejarnos testamento. Nadie sabe más de Dios que Ella, porque lo ha llevado en sus entrañas. Nadie como Ella supo ponerse a la escucha del Padre como hija obediente. Nadie como Ella supo oír las enseñanzas del Maestro como discípula aventajada. Dejémosla a Ella que nos cuente la Pasión de Jesús, como la entendió y como la vivió ella. La Virgen de la Soledad, testigo eminente de la primera Semana Santa, adquiere una ejemplaridad para el cristiano. Sus siete dolores o angustias, como nos recuerda el Evangelio, son un itinerario de fe. Siete lecciones de amor y de felicidad. La lección de amor que nos transmite María en la angustia de su soledad junto al sepulcro de su Hijo, se concreta en saber esperar contra toda esperanza. Saber esperar en la renovación de las cosas y particularmente de las personas. El corazón de quien no cree que las personas pueden cambiar y no espera ya en un mañana mejor está endurecido para el amor.

“Oh Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo…
Y que por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en Él que conmigo”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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