DiócesisHomilías Mons. Dorado

Solemnidad San Pedro y San Pablo, Apóstoles. Apertura del año Paulino

Publicado: 29/06/2008: 552

S.I. Catedral

1.- Celebramos la fiesta de los dos grandes apóstoles San Pedro y San Pablo.

En el Evangelio que hemos proclamado se nos presenta a Pedro que tiene una inspiración divina y proclama a Jesús de Nazaret como el Mesías, el Hijo de Dios Vivo; y recibe de Jesús la misión de ser la piedra sobre la que edificará su Iglesia.

La Segunda Lectura nos presenta al apóstol San Pablo en el final de su vida, que prevé su condena y su ejecución, aunque al mismo tiempo proclama que el Señor le librará.


2.- El fragmento del Evangelio leído en esta solemnidad es muy importante y sirve de gozne a todo el relato evangélico de los tres evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas: la primera parte del Evangelio es un camino hacia este episodio: Jesús se revela a sí mismo con su enseñanza, con sus milagros, con su misericordia. Después de este episodio empezará a hablar de su Pasión y de su Resurrección.

La gente, tras haber contemplado la gran cantidad de milagros que ha hecho, empieza a hablar mucho de Jesús. Éste plantea a sus discípulos esta pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”. Jesús emplea esta expresión, “Hijo del hombre”, para referirse a sí mismo.

Los discípulos responden: en todas las respuestas se pone de relieve la importancia de Jesús. Todos hablan bien de Él. Después les pregunta a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro, inspirado por el padre, responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”. Jesús hace tomar conciencia de que es Dios quien le ha inspirado. Esta revelación le viene del Padre celestial.

También nosotros debemos ser conscientes de que nuestra fe es un don de Dios, que nos permite reconocer al Hijo de Dios bajo la naturaleza de un hombre que es semejante en todo a los otros hombres, excepto en el pecado. Jesús dice a Pedro: “Pues yo te digo que tú eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia”.


3.- La misión de Pedro debía realizarse a través de muchas dificultades y obstáculos. La Primera Lectura nos refiere las dificultades enormemente preocupantes en las que parece que Pedro será condenado a muerte y ajusticiado. Sin embargo, la Providencia vela por él. También la Iglesia vela, porque San Lucas nos refiere que “la Iglesia rezaba fervientemente a Dios por él”. La Providencia vela y lleva a cabo esta liberación maravillosa. Un ángel toca a Pedro en el hombro y le dice: “Levántate, aprisa”. Pedro, una vez liberado, puede proseguir su misión y la culminación, en Roma, con el martirio.


4.- La Segunda Lectura nos presenta la suerte de Pablo y su certeza de que se salvará. Pablo expresa en este fragmento de la Segunda Carta a Timoteo su conciencia de encontrarse al final de su propia vida, que resume con estas palabras: “He peleado la noble pelea, he terminado la carrera… Sólo me espera la corona de la justicia que el Señor, como Juez Justo, me entregará aquel día”.

Las circunstancias en que se encuentra Pablo, que de por sí son muy negativas y más preocupantes que nunca, las considera el apóstol la conclusión normal de su propia misión, que no tiene el aspecto de una derrota, sino de una liberación. Por eso dice: “El Señor, sí, me asistió y me dio fuerzas para que por mi medio se llevase a cabo la proclamación, de modo que lo oyera todo el mundo; y me arrancó de la boca del león”.

Pablo fue liberado durante su proceso en el sentido de que el Señor le ayudó a triunfar de todas las demandas y las insidias que le lanzaron sus adversarios. Y ahora proclama: “El Señor me librará de toda mala partida y me salvará en su reino celeste”. Vemos aquí que la salvación de la que habla Pablo no es ya una salvación en el tiempo, a nivel humano, sino una salvación para la vida eterna.

Pablo concluye con estas palabras: “A Él la gloria por los siglos de los siglos”. Sabe que su misión acabará en el martirio, pero sabe también que el martirio no es una derrota, sino la conclusión triunfal de una misión extremadamente fecunda.

La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo nos introduce en la alegría y en la confianza. Sabemos que el Señor vela sobre nosotros, que la Providencia guía a la Iglesia; que los Apóstoles Pedro y Pablo continúan intercediendo por ella y guiándola por los caminos de la historia.

La Iglesia prosigue su camino a pesar de las circunstancias negativas, las dificultades y los peligros; y nosotros debemos seguir adelante con confianza, con fe en Dios y con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia fundada por Cristo sobre el apóstol Pedro.


5.- En esta Eucaristía, nuestra diócesis de Málaga, en comunión con toda la Iglesia, celebra la Apertura del Año Jubilar, dedicado por iniciativa del Papa, a San Pablo Apóstol.

Según los historiadores, Pablo nació en torno al año 10 después de Jesucristo. Y al celebrar el segundo milenio de su nacimiento, Benedicto XVI desea que conozcamos más a fondo a esta gran figura de la Iglesia, “el personaje de los orígenes del que tenemos más información”, después de Jesús de Nazaret. Él dice de sí mismo que “fue alcanzado por Cristo Jesús” en el camino de Damasco (Fil 3, 12).

Además de ayudarnos a conocer a esta figura tan importante de la Iglesia y enriquecernos con la indulgencia plenaria, el Año Paulino nos enseñará a profundizar en la fe y en el conocimiento de Jesucristo, a evangelizar a los alejados y a los paganos. Sin olvidar y tener en cuenta la dimensión ecuménica de este Año Jubilar, como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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