DiócesisHomilías Mons. Dorado

Santa María de la Victoria, patrona de la diócesis

Publicado: 08/09/2008: 507

S.I. Catedral

1.- Introducción:

Celebramos hoy, día del cumpleaños de la Santísima Virgen María, la fiesta de Santa María de la Victoria, Patrona de toda la Diócesis de Málaga.

Se trata de un acontecimiento religioso singular, que no puede quedar reducido a la repetición, siempre bella y emotiva, de una costumbre que forma parte de nuestra Ciudad.

Como acontecimiento religioso tiene su origen y su explicación en la fe cristiana secular de nuestro pueblo. Y sólo alcanza su sentido profundo cuando se celebra desde la fe. Precisamente es lo que pretendemos todos los aquí reunidos: celebrar esta fiesta desde la fe: para que nos ayude a “fortalecer nuestra fe y transmitirla a los demás”, como nos recuerda nuestro Programa Pastoral Diocesano. La fe es el gran don de Dios que hemos de aprovechar para nuestra santificación personal y para nuestra misión pastoral en nuestra Iglesia de Málaga. Si esta celebración no nos ayuda a ser más creyentes y mejores evangelizadores, si no nos acerca más a nuestro Padre Dios y a nuestros hermanos, los hombres, me temo que sea una celebración vacía, sin fe.

La Virgen es siempre portadora de un Mensaje, de una Palabra de Vida. Y es bueno que cada uno nos preguntemos en el silencio del corazón: ¿Qué quieres de nosotros, Santa María de la Victoria, Madre y Señora de Málaga? ¿Qué palabra traes para cada uno de nosotros, tus hijos?


2.- Una Nueva Evangelización:

La Iglesia entera está comprometida en estos años en la apasionante tarea de “proponer” la fe a la sociedad actual.

También nosotros queremos intensificar el esfuerzo evangelizador: empezando por la evangelización de nosotros mismos, de los bautizados. Urge que centremos cada día más nuestra fe en la persona de Jesucristo Resucitado: “Haced lo que Él os diga”. Urge que nos abramos al Espíritu Santo, Señor y dador de Vida. Se trata de ayudar a cada persona a que conozca a Jesucristo, a que haga una opción personal por el Evangelio y a que alcance una experiencia viva de Jesucristo.

Y junto a esta fe personalizada y a esta experiencia de Dios, tenemos que capacitarnos a nosotros y a todos los cristianos para que seamos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a los hombres y mujeres de hoy. Que sepamos por qué creemos en Dios y quién es el Dios de quien nos hemos fiado. Que podamos leer con gozo la Palabra de Dios contenida en la Biblia. Que conozcamos, meditemos y asimilemos los contenidos fundamentales del Dogma y de la Moral, resumidos en el Catecismo de la Iglesia Católica. Que sepamos armonizar nuestra condición de personas creyentes con la dimensión de hombres de nuestro tiempo. Y todo ello, sin complejos y sin ambigüedades.

Se trata de una evangelización en profundidad que nos va a exigir a todos un notable esfuerzo. Un esfuerzo de reflexión, de estudio y de difusión, capaz de ser tomado en serio por los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Frente a una cultura laicista, que quiere marginar a Dios por decreto, por ideología o por consigna, tenemos que crear una cultura abierta a Dios a la trascendencia, por la fuerza misma del pensamiento y del testimonio de nuestra vida.

Es hora de que todos, los sacerdotes y los seglares, estudiemos a fondo nuestra fe para enriquecer a nuestro mundo con una renovada presentación de Jesucristo y del Evangelio.

Necesitamos un laicado, un clero y una vida religiosa con una fuerte experiencia de oración, con un conocimiento teológico sólido y actualizado y con un espíritu apostólico creativo y renovador.


3.- Hacia una renovación de toda la Iglesia diocesana:

Si queremos ser mensajeros de Jesucristo y del Evangelio en nuestros días, tenemos que avanzar hacia una renovación de toda la Iglesia diocesana y de nuestras parroquias y asociaciones.

La Iglesia, que somos todos, tiene que saber auscultarse a sí misma; tiene que saber preguntarse hasta qué punto está respondiendo a Dios y hasta qué punto está sirviendo a los hombres, especialmente a los más pobres.

Las dos pasiones que dan vigor a la Iglesia y a nuestra vida son la pasión por Dios y la pasión por los pobres. Personalmente estoy persuadido de que la falta de vigor evangélico de la Iglesia no se debe sólo a unas leyes hostiles, ni a una cultura secularista y desfavorable a los valores cristianos; se debe también a nuestra mediocridad; a la debilidad de nuestra pasión por Dios; a la pobreza de nuestra vida de oración y de nuestra actitud contemplativa.

Pienso que hoy Dios es la gran cuestión pendiente, incluso entre los cristianos practicantes. Y cuando digo Dios, no me refiero sólo a la doctrina sobre Dios; me refiero también a esa profundidad personal última cuyo descubrimiento vivo nos hace verdaderamente humanos y libres. Me refiero a esa presencia acogedora y desconcertante que transforma el corazón del hombre.

Esta experiencia apasionada de Dios no nos aleja de la vida ni de la historia de los hombres. Antes bien, la pasión auténtica por Dios nos lleva de forma casi natural a la pasión por los más pobres.
Lo acabamos de escuchar en el Evangelio que se ha proclamado. La Virgen es, ante todo, la mujer creyente: “Bienaventurada Tú, que has creído”. El gran elogio del Señor es que la grandeza y la felicidad de la Virgen es que escucha la Palabra de Dios y la cumple.

La experiencia que proclama la Virgen, esa experiencia que alegra su corazón y que llena su boca de cantares agradecidos, la impulsa a proclamar el amor preferencial de Dios por los pobres; ese amor que se hace pan y libertad en las manos grandes y acogedoras de Dios.


4.- Conclusión:

Os lo decía al principio: la Virgen es siempre portadora de un mensaje, de una Palabra de Vida.

Es hermosa nuestra alegría y nuestra fiesta. Son hermosos nuestros cantos y nuestras flores. Pero la Virgen nos dice que la fuente de nuestra plenitud y de nuestra alegría sólo puede estar en la fidelidad a Dios y al hombre hermano. En descubrir todo lo que Dios ha hecho por cada uno de nosotros y en ponernos manos a la obra para que todos los hombres tengan un puesto en el gran Banquete de la Vida, especialmente los emigrantes, los ilegales, los parados sin subsidio de desempleo, los enfermos crónicos y los ancianos desatendidos.

No se trata de un sueño utópico, sino de un mensaje vivo de nuestro Padre Dios. Y podemos llevarlo a la práctica, podemos conseguirlo. Es lo que nos dice el nombre de nuestra Patrona, a quien llamamos convencidos: “Santa María de la Victoria, Madre y Abogada nuestra”.

“Que se alegre tu Iglesia. Señor, y se goce en el nacimiento de la Virgen María, que fue para el mundo esperanza y aurora de salvación…”.

Pienso que estas palabras, tomadas de la oración final de la Misa, expresan bien los sentimientos de todo el mundo cristiano en el día de hoy. Y de manera especial, la de sus hijos malagueños, que nos hemos congregado para honrar a Santa María de la Victoria.

Son palabras de alegría y de gratitud por el nacimiento de Aquella a quien el pueblo cristiano llama “Estrella de la mañana” y aurora, porque anuncia que ya está cerca el nacimiento del Sol de Justicia, Jesucristo.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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