DiócesisHomilías Mons. Dorado

Santa María, Madre de Dios

Publicado: 01/01/2008: 674

1.- Comenzamos el año celebrando la Fiesta de Santa María, Madre de Dios, con el deseo de que Ella esté siempre presente en nuestro vivir diario.

Es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el Nacimiento del Salvador, desee comenzar el Año Nuevo Civil bajo la protección maternal de María, Madre Salvador y Madre nuestra.

Toda la grandeza de María proviene del don gratuito de la elección divina y del lugar que ocupa en la historia de la Salvación: María es la Madre de Jesucristo, la Madre de Dios. La Virgen.

La Madre de Jesús, aparece en la profesión de Fe de la Iglesia desde la época apostólica. Los evangelistas Mateo y Lucas dicen que fue escogida por Dios como Madre del Mesías Salvador, del Hijo de Dios. El texto de la Carta a los Gálatas 4,4-7, que hemos proclamado en la Segunda Lectura de la Santa Misa, nos recuerda el significado de la Navidad y qué es el misterio fundamental del cristianismo: el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Y advierte delicadamente San Pablo que la autenticidad con que Dios se incorpora a la familia humana, requiere la cooperación de una Mujer: su Madre, María, es la Madre del Señor, la que concibió a su Hijo, Jesús de Nazaret, por obra del Espíritu Santo, de tal manera que la Iglesia la confiesa Virgen antes, en y después del parto. Y dado que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, es verdaderamente Madre de Dios. Así lo definió el Concilio de Éfeso el año 431, y el de Calcedonia, el año 451, como una verdad fundamental de nuestra Fe. El dogma de la Maternidad divina de María es, en el fondo, el dogma de la divinidad de la persona de Cristo.


2.- La fiesta de María Madre de Dios al principio del año y en el ambiente de Navidad, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en la Historia de la Salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa por la cual recibimos al Autor de la Vida. Y es, asimismo, como dice Pablo VI, ocasión propicia para renovar la adhesión al Príncipe de la Paz, recién nacido; para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico; para implorar a Dios, por mediación de la Reina de la Paz, el don supremo de la Paz, en este año que tiene como lema “Familia humana, comunidad de Paz”, con el que nos recuerda el Papa en su Mensaje que “también los pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los miembros de la única familia humana”.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María, la Madre de Dios. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de Madre. Ella cuidará nuestra Fe y nuestra Esperanza. Ella, la Mujer del silencio y de la escucha, nos hará dóciles al Espíritu y nos acompañará en nuestro Programa Pastoral Diocesano.


3.- El recuerdo de la Virgen, su presencia en nosotros, tiene para los cristianos una importancia capital. Con su presencia manifiesta y subraya una serie de rasgos importantes de nuestra Fe y en nuestra vida cristiana:

  la presencia amorosa de Dios en nosotros y en la historia de la humanidad antes de que nosotros demos el primer paso o hagamos el primer esfuerzo,

  la dimensión vocacional de nuestra vida, como respuesta a una providencia y a una llamada de Dios, que cuenta con nosotros para algo concreto,

  el valor eminente de la fidelidad, del seguimiento, de la imitación de Cristo, incluso en los momentos tenebrosos y duros de la vida,

  la estima de los valores morales por encima de todo.

La virgen es un revulsivo para nuestra sociedad materialista y autosatisfecha, y es un bálsamo para el hombre angustiado que busca una humanidad verdadera, un camino definitivo y una fortaleza soberana más fuerte que la muerte.

Ella ha sido y es para los cristianos no sólo modelo de la Iglesia, sino incluso modelo ideal y horizonte de la humanidad redimida por Dios y Madre de todos los hombres.


4.- Hoy, la Liturgia de la Iglesia, nos dirige estas palabras como una invitación que da sentido a esta Fiesta:

“Celebremos la maternidad de la Virgen maría... Adoremos a su Hijo Jesucristo, el Señor”.

Hoy es un día para la veneración profunda, al recordar y venerar la singular dignidad de la Virgen, convertida por obra y gracia del Espíritu Santo, en Madre del Verbo encarnado.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia Ella: su fidelidad y entrega a la Palabra de Dios, su identificación con los pequeños y los pobres, su adhesión a las opciones de su Hijo, su presencia servidora en la Iglesia naciente y, antes que nada, su servicio de Madre del Salvador, hacen de Ella la Madre de nuestra Fe y de nuestra Esperanza.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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