DiócesisHomilías Mons. Dorado

Solemnidad De Santa María Madre de Dios

Publicado: 01/01/2007: 471

Convergen en este día 1º de enero la Fiesta del Año Nuevo, la Octava de la Navidad, la Solemnidad de Santa María Madre de Dios y la Jornada de la Paz.

En la Liturgia de la Iglesia, el año nuevo es simplemente el día octavo después de la Navidad, después del Nacimiento del Señor. Y sólo en eso está su importancia. En esta subordinación del comienzo del Año Civil bajo el misterio de la Fe y de su nuevo Inicio, se advierte claramente la transformación del tiempo que se opera mediante la Fe. Sin la fe nuestro calendario no es otra cosa que la medida de las rotaciones de la tierra en torno a sí misma y en torno al sol. Día y año son dimensiones puramente mecánicas, expresión de una marcha circular que siempre se repite de nuevo.

La Fe transforma el tiempo. Su unidad de medida no son las rotaciones de los astros, sino las acciones salvadoras de Dios, en las cuales Él nos aplica su corazón. Los dos grandes acontecimientos que proporcionan al tiempo su nuevo eje y le dan su valor salvífico son el Nacimiento y la Resurrección del Señor. A partir de estos hechos de Dios surgen las Fiestas Cristianas que no tienen nada que ver con las órbitas descritas por los astros.

La repetición de las Fiestas es la expresión de lo inagotable del amor de Dios. Así, el comienzo cristiano que significan las Navidades pone también un nuevo contenido frente al juicio del año civil: es, ni más ni menos, que la posibilidad siempre nueva de retornar a la bondad del Dios Encarnado y de convertirnos en hijos de Dios y de vivir de nuevo a partir de ella.

El día Octavo después de la Navidad tiene, en la Liturgia y la legislación de Israel, un significado bien determinado: es el día de la circuncisión y de la imposición del nombre; esto es: el día de la aceptación legal en el pueblo de Israel. El día octavo de la vida de Jesús significa que Él se naturalizó legalmente con su pueblo, que fue incorporado especialmente a la Comunidad de Israel: así Dios se naturalizó en nuestro mundo y recibió su nombre, que define su vocación y su misión. Jesús, en hebreo, significa “Dios salva”, “Dios está con nosotros”. Quien tiene a Dios con él, no teme. La Octava de Navidad significa que ese Niño, nacido y naturalizado entre nosotros es el que lleva nuestra historia humana hacia Dios. Así, el día Octavo se convierte en el signo de la Esperanza cristiana. La vida del Niño es más fuerte que la muerte; y en medio del tiempo que pasa se halla el nuevo comienzo, que ha entrado en la marcha del Amor Divino.

Por eso, en el umbral del nuevo año, nos presenta la Iglesia las palabras de la Carta a los Gálatas, en las que el Espíritu clama: “¡Abba, Padre!”, y pone ante nosotros estas palabras como una expresión de confianza que nos debe ayudar a introducirnos, consolados y animosos, en un futuro de cuyos caminos nada sabemos.

También la frase siguiente nos ofrecerá esperanza para lo que ha de venir: como hijos somos libres y como hijos somos herederos. Así debe aparecer el contenido último de nuestro futuro; seremos señores de todo, como herederos que seremos de Dios. Ciertamente no se puede decir más a un hombre.

Al mismo tiempo, el texto de la Carta a los Gálatas nos recuerda el significado de la Navidad, que es el misterio fundamental del Cristianismo: el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Y advierte delicadamente San Pablo que la autenticidad con que Dios se incorpora a la familia humana requiere la cooperación de una mujer, su Madre: Santa María, Madre de Dios. Toda la historia y la grandeza de María se concentran en el momento en que recibió y aceptó la vocación de ser Madre del Mesías, Hijo de Dios.

En Ella pone sus ojos el Papa Benedicto XVI en el Mensaje que nos dirige este año para celebrar la Jornada Mundial de la Paz, al que ha puesto como lema: “La persona humana, corazón de la Paz”.

Termina así:

“Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos –aún entre peligros y problemas- con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante oración por toda la humanidad, a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo, nuestra Paz. Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la Paz, e ilumine nuestros ojos para que sepamos reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón de la Paz”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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