DiócesisHomilías Mons. Dorado

Triduo de la Cofradía de Estudiantes

Publicado: 13/02/2008: 513

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15)


Triduo de la Cofradía del Santo Cristo Coronado de Espinas y Ntra, Señora de Gracia y Esperanza (Estudiantes)

Iglesia del Santo Cristo

Os invito a escuchar y responder a las preguntas del Santísimo Cristo. Son las mismas que Él dirigió a sus discípulos y a sus seguidores y que nos repite hoy a nosotros, porque su Palabra es eterna. Son preguntas esenciales, que nos enfrentan con nosotros mismos y nos remiten a lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra vida. Preguntas que nos descubren nuestra verdad y nos invitan a encontrarnos con su Verdad.

(Lectura de Mt 16, 13).


1.- En el Evangelio que hemos proclamado hoy, Jesús Nazareno, el Cristo, se dirige a todos y cada uno de nosotros y nos plantea un interrogante decisivo: ¿quién soy yo para los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de nuestra tierra; y quién soy yo para vosotros?, ¿qué significo en vuestra vida?

Una pregunta en dos tiempos y que nos afecta muy directamente a nosotros en nuestra doble condición de discípulos y de apóstoles de Jesucristo y del Evangelio. La actualidad perenne del Santísimo Cristo nos invita a nosotros a contestar a la pregunta que Jesús Nazareno dirigió al grupo de sus seguidores y devotos: ¿quién es el Cristo para los hombres y mujeres de esta tierra y para el resto de los españoles?

Es un sondeo de opinión sobre una cuestión trascendental, de vida o muerte, para los hombres de hoy si de verdad creemos que Jesucristo es, como Él mismo ha dicho, el Camino, la Verdad y la Vida; el único Camino, la única Verdad y el único lugar donde hay Vida. ¿Quién dicen los hombres que soy yo?, ¿qué dice el pueblo sencillo, el mundo intelectual, los jóvenes, los obreros y los turistas que nos visitan?

La respuesta probablemente será un inventario más completo y más plural del que aparece en el Evangelio.


2.- Personalmente me atrevo a contestar que nuestro pueblo, en gran parte, profesa la fe católica y cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Así aparece en los estudios sociológicos realizados recientemente: la mayoría de los padres siguen bautizando a sus hijos, los llevan a la catequesis y a los sacramentos y quieren para ellos una educación cristiana en las escuelas. En nuestro catolicismo popular aparece, ante todo, la presencia básica y decisiva de elementos de verdadera fe cristiana, aunque con frecuencia estén deformados.


Creo que hay un rico caudal y un gran rescoldo de fe católica en una gran parte de nuestros ciudadanos. Nuestro pueblo ha vivido durante muchos siglos una verdadera alianza de fe cristiana y cultura. La fe se expresaba en unas determinadas formas de vida personales, familiares, profesionales, sociales y políticas inspiradas en el Evangelio y en la doctrina de la Iglesia. Por otra parte, la cultura y el ambiente social, sobre todo en sus formas morales y familiares, contribuía a transmitir la fe, las convicciones morales derivadas de ella y las formas cristianas de vida. Así hemos vivido durante siglos y así se expresa en las reacciones espontáneas de la mayoría de los fieles católicos, sobre todo de alguna edad.


3.- Pero esta historia de nuestro pueblo, digna de toda admiración y aprecio, que no debemos olvidar, tampoco nos permite ignorar que esta situación está cambiando profundamente. Una serie de cambios lentos y profundos han provocado la elaboración y la difusión, primero callada, luego fulgurante y conflictiva, de nuevos hábitos culturales que ya no proceden de la fe cristiana ni concuerdan fácilmente con ella. Esta nueva cultura ni es fruto de la fe ni concuerda con ella. Más bien es fruto de una visión atea de la vida y contribuye a suscitar escepticismo, desinterés y rechazo hacia los planteamientos religiosos. Este modelo de cultura laicista, favorecida desde algunas instancias de poder, desde algunos importantes medios de comunicación social, principalmente de naturaleza estatal, así como desde una determinada enseñanza y desde no pocas disposiciones legislativas de los últimos años, arranca las raíces religiosas del corazón del hombre.

El hombre que vive con esta mentalidad se olvida prácticamente de Dios, lo considera sin significado para su propia vida, o lo rechaza para terminar adorando los más diversos ídolos. Para una mentalidad de este tipo, Dios y lo religioso es, en todo caso, un asunto que pertenece a su vida privada, un puro dato cultural o una bella expresión folklórica. Lo que está en la entraña de nuestra situación actual es la suplantación de una vida humana comprendida a la luz de Dios y vivida delante de Él, por una vida vivida sólo ante el mundo, el yo y su entorno inmediato, sin horizonte de absoluto ni de futuro.

La difusión de este modo ateo de vida ha producido el actual desfondamiento moral y los desórdenes y desorientaciones consiguientes.


4.- La inadecuación entre fe y cultura tiene graves repercusiones sobre la vida religiosa de los creyentes y crea dificultades pastorales no experimentadas anteriormente. Los cristianos viven en un ambiente pagano, adoptan confiadamente costumbres paganas, poco a poco ellos mismos se van sintiendo extraños en el ambiente cristiano de sus padres. Adoptan con facilidad opiniones y estilos de vida nacidos de los ideales paganos de la nueva cultura, que no pueden ser aceptados por la Iglesia.

Este conflicto lleva a muchos a desconfiar de la Iglesia. La fe deja de ser tranquila y segura, los creyentes dejan de frecuentar las celebraciones dominicales de la Eucaristía y los Sacramentos, y su vida se parece más a la de todo el mundo que a la de los verdaderos cristianos.

La sociedad nueva ejerce un poder de seducción que muchos cristianos no son capaces de resistir; y el mismo entusiasmo de ciertas manifestaciones religiosas públicas no siempre se traduce en un cambio de vida más cristiana. Y unas fiestas que no nos hacen mejores, no son verdaderamente cristianas.


5.-  En esta nueva situación vuelve a adquirir actualidad la pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta pregunta no deberíamos olvidarla; sería bueno que la dejáramos llegar a nosotros un día tras otro, como proviniendo del mismo Cristo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Es decir, ¿quién es el Nazareno para mí? En vuestra manera de vivir, en vuestro comportamiento moral, en vuestra manera de tratar a la gente, en vuestro comportamiento familiar, profesional y público, ¿qué estáis diciendo con vuestra vida que soy yo?, ¿qué significo yo en vuestra vida?

Una pregunta del Nazareno, la más importante, a la que tendríamos que responder, no con lo aprendido de memoria: sólo vale la respuesta personal, la respuesta que se da con el corazón, con la vida.

Él les va a explicar a continuación lo que significa ser cristiano, seguirle, ser devoto o cofrade: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera ganar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.

Palabras que chocan con las que estamos permanentemente escuchando, metidos en esta matriz socio-cultural.


6.- En esta situación, la palabras del Nazareno son una llamada a ser más cristianos, más convencidos, más convertidos, más arraigados en las verdades fundamentales de la fe; llamada a que tengamos la fortaleza suficiente para profesar, practicar y anunciar la fe en este nuevo mundo cultural en el que estamos viviendo, siendo capaces de evangelizarlo, de recrearlo desde la fe, en vez de sucumbir a su poder de seducción.

Cristianos capaces de inventar otras formas de vivir en este mundo nuestro del desarrollo y de la tecnificación, del derroche y la pobreza, del bienestar y del aburrimiento.

El Nazareno, creo yo que nos exige comunidades, cofradías, parroquias o grupos de cristianos, por lo menos, realmente convertidos a Él y a su Evangelio, que vivan en este mundo, sin evasionismos, pero respetando de verdad la lógica interna de la vida cristiana (oración, desprendimiento, generosidad, fidelidad, primacía de Dios y de lo sobrenatural, misión apostólica comprometida, presencia evangélica en la vida pública, …).

Dispuestos a organizar su vida desde la originalidad de la fe vivida intensamente, sin dejarse domesticar por los gustos y las modas de la época que no sean compatibles con la inspiración soberana del Evangelio de Jesucristo.

En fin, hacen falta cristianos ganados enteramente por el Evangelio de Jesucristo, que tengan una experiencia religiosa y apostólica muy de primera mano, que vivan muy directamente el atractivo de Jesucristo viviente, que es el Evangelio perenne de Dios a los hombres.

Por ello necesitamos que venga sobre nosotros el Espíritu Santo, que Él nos transforme en hombres de certezas, de iniciativas, de entrega, de firmeza y de esperanza; entusiastas, desprendidos, fieles hasta la muerte.

Y todo ello se cumplirá bajo el manto maternal de la Virgen María, madre y maestra de la fe, de la fidelidad, de la esperanza firme, que atrae infaliblemente la gracia y el poder de Dios sobre nosotros.

Santísimo Cristo:

Tú llamas a seguirte. Y arrancas a los hombres de los suyos.

Tú llamas a seguirte. Y pides vender todo y darlo por nada.

Tú llamas a seguirte. Y pides perder la vida, perderlo todo.

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo!

¡Tú solo tienes Palabras de Vida eterna!

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