DiócesisHomilías Mons. Dorado

V Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Publicado: 28/03/2004: 551

1. Cuantos comenzamos la Cuaresma, con el rito de la imposición de la Ceniza, recibimos una invitación del Señor que nos decía: “Conviértete y cree el Evangelio”. Con estas palabras tan impresionantes se nos invitaba de nuevo a buscar el rostro del Dios Vivo, a recibir agradecidos su misericordia y su perdón y a caminar por la senda de las Bienaventuranzas.

Se nos quería decir que todos somos pecadores y necesitamos cambiar de vida, abrir el corazón al amor de Dios y ordenar nuestra conducta.

Un aspecto esencial de la conversión consiste en el reconocimiento de los propios pecados: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra a la mujer adúltera”, le dice el Señor a los letrados y fariseos en el Evangelio de hoy. Sólo quien se reconoce pecador descubre el sentido salvador de la Vida, la Muerte y la Resurrección del Señor. Si olvidamos que murió por nuestros pecados y nos ha reconciliado con Dios, terminamos por convertirle en un simple reformador social, en un hombre ciertamente extraordinario, pero nada más. Entonces olvidamos que es el Hijo Unigénito de Dios vivo, que se ha hecho hombre para hacernos partícipes de la vida divina mediante el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo.

El drama de nuestro tiempo consiste en que el hombre ha perdido el sentido del pecado y ya no consigue comprender el misterio de Cristo. Por este motivo, con palabras proféticas del Papa Juan Pablo II, “ante la pérdida del sentido del pecado y la creciente mentalidad caracterizada por el relativismo y el subjetivismo en el campo moral, es preciso que en la comunidad eclesial se imparta una seria formación de las conciencias” (IE, 76).

2. Si olvidamos la experiencia del perdón de Dios, vaciamos de contenido la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo y perdemos la capacidad de perdonar. Sería una dolorosa pérdida para todos, pues sabemos que una sociedad por justa que sea, si olvida el sentido del perdón se deshumaniza y se endurece. Por lo demás, el reconocimiento de nuestros propios pecados y la experiencia vivida del perdón, lejos de disminuir nuestra grandeza, nos lleva a crecer en humanidad, en comprensión y en vida evangélica.

Como Obispo y hermano vuestro en la fe, os invito a que profundicéis en el sentido redentor y misericordioso de la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, para que os acerquéis con humildad y con confianza al Sacramento de la Penitencia. Abrid vuestra vida a la misericordia que os trae Jesús y dejad que os diga: “Tampoco Yo te condeno. Anda, verte en paz y en adelante no peques más”.

“Devuélveme la alegría de tu salvación”.
Que esta Eucaristía nos ayude a sentirnos perdonados y a saber perdonar, como rezaremos dentro de unos momentos en el Padre Nuestro.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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