Publicado: 18/04/2003: 474

1. Toda la mente y el corazón de la Iglesia están hoy concentrados en su Señor Crucificado. La Cruz lo llena todo. A ella alzamos nuestra mirada conmovida, agradecida, comprometida. Pero no con sentimientos de tristeza y menos de angustia, sino de celebración serena y esperanzada: la comunidad cristiana proclama la Pasión del Señor y adora la Cruz como el primer acto de la glorificación de Jesucristo y de la salvación del hombre.

Contemplamos la Cruz desde la luz de la extraordinaria claridad que fluye de la Resurrección. En ese muerto hay una carga gozosa de esperanza pascual y de victoria. Es el grano de trigo que muere y da mucho fruto.


2. El color de los ornamentos es rojo, color de mártires, y no el morado o el negro, para recordarnos pedagógicamente que no estamos en unos funerales o en unas exequias, ni guardando luto. Cristo Jesús se ha entregado voluntariamente a la muerte, en nombre de toda la humanidad, para salvar a todos.


3. El himno a la Cruz, que cantamos hoy con aires de triunfo y de victoria, aunque parezca una paradoja o una ironía cruel, nos invita a mirar a la Cruz con ojos de júbilo. La Cruz no es, sin más, un instrumento de escarnio, ni termina en la muerte ni en el fracaso. “Dulce árbol donde la vida empieza, con un peso tan dulce en su corteza”. En la Cruz comienza la Vida y la regeneración del Universo. La Cruz marca el final de la esclavitud y del pecado:

“Dolido mi Señor por el pecado de Adán, que mordió su muerte en la manzana, otro árbol señaló de flor humana que reparase el daño paso a paso”.

La Cruz marca el fracaso y la ineficacia de todo un conjunto de pretendidos valores como el poder, el odio, la violencia, el egoísmo, la mentira, la frivolidad, la explotación del hombre, … y el nacimiento de un nuevo orden de cosas, cifrado y resumido en las Bienaventuranzas de la pobreza, de la limpieza de corazón, del amor a la justicia, de la mansedumbre.


4. El Cristo de la Cruz no es un fracasado en su enfrentamiento y lucha a muerte contra el mal, que Él ha experimentado como algo poderosamente devastador y de un espesor y de una densidad sobrehumanas. La historia de la Pasión es la historia de la desdicha en la que se acumulan todas las dimensiones del dolor físico, psíquico y social. Él no sólo ha soportado una tortura corporal de increíble crueldad, sino que ha padecido el fracaso de su misión, el aparente abandono de Dios, la negación de los que fueron sus íntimos, el descrédito público de su causa, la befa escarnecedora de sus pretensiones.

En esta situación es donde Dios se nos revela como es: como Aquel que lo vence asumiéndolo solidariamente y transmutándolo en semilla de resurrección. Justamente porque existe el mal es creíble como Dios un Crucificado; ésa es la expresión de un Dios que ama incondicionalmente al hombre. Pero como el mal no puede ser la última palabra, ese Crucificado convalida su credibilidad en tanto en cuanto es también y para siempre “Aquel a quien el Padre resucitó de entre los muertos”.

En la Cruz es cuando Jesús se nos revela como Mesías y Salvador, porque es ahí, en la Cruz, donde vence a la muerte y al pecado. Por eso el himno de la Cruz comienza de esta manera:

“Cantemos la belleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero; y un Redentor que, en trance de Cordero, sacrificado en Cruz, salvó la tierra”.


5. Acerquémonos hoy respetuosamente ante la Cruz, símbolo del amor de Dios y de nuestra vida y de nuestra fe. Percibamos en lo más profundo de nuestro corazón el mensaje que hoy nos ofrece.

Ahora, cuando adoremos la Cruz de Cristo, le daremos gracias de todo corazón por haber ofrecido su vida por nosotros. Podemos decirle como San Pablo: “me amó y se ofreció por mí, para librarme de las tinieblas de este mundo e iluminar mi corazón con el resplandor del amor de Dios y de las alegrías del Cielo”.

Señor, queremos estar junto a tu Cruz, queremos estar junto a Ti, que te ofreces por nosotros; junto a Ti, que eres el Salvador del mundo, como Juan y como María, como la Iglesia fiel del mundo entero y de todos los tiempos, como los buenos cristianos que encuentran en Ti la victoria sobre el pecado y el signo irrevocable del amor de Dios que nos perdona y nos conduce hasta la vida eterna.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo. A Ti honor y gloria por los siglos de los siglos.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

 

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