DiócesisHomilías Mons. Dorado

Viernes Santo. Ciclo C

Publicado: 06/04/2007: 1267

1.- La mirada creyente y conmovida de la comunidad cristiana está hoy centrada en el Crucificado. Se cumplen especialmente en este día las palabras proféticas de Jesús: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. San Juan termina el relato de la Pasión con esta afirmación: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37).

Con estas palabras nos invita hoy la Liturgia a concentrar toda nuestra mente y nuestro corazón en Jesucristo Crucificado. Él es hoy el centro de la mirada de toda la Iglesia.

Saber mirar a Jesucristo con la mirada precisa es capital para una comunidad cristiana, particularmente el Viernes Santo.

La Cruz revela “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de un amor que supera todo conocimiento –el amor va más allá de lo que se conoce- y nos revela la total plenitud de Dios”. “En el misterio del Crucificado se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, el entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (Deus Cáritas est, 12).

2.- El Crucificado es, ante todo, Dios que por amor ha bajado hasta los sótanos de la condición humana. Ha querido vivir en su carne el tener la angustia, la turbación, el tedio, el abatimiento que sentimos todos los humanos. El amor tiende a compartirlo todo. Si en la Cruz fue posible orar, no existe situación humana en la que no pueda brotar el gemido de nuestra plegaria.

El Crucificado es el Dios rechazado por la inconsciencia, la dureza de corazón, el fanatismo, la pasión cegadora y egoísta. No esperemos sus discípulos éxitos fulgurantes ni aceptaciones entusiastas. Él, el Inocente, el Santo, fue expulsado del mundo. Nosotros, signos impuros del verdadero signo de Dios, tenemos más motivos que Él para recibir el rechazo y el desprecio.

El Crucificado, de una manera para nosotros misteriosa, inexplicable, sufre sobre todo por el silencio de Dios Padre. Un silencio tan desolador que le hace gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Dios está intensamente presente en la Pasión de su Hijo, pero en forma incomprensible de vacío. Soportar el silencio de Dios en momentos de abatimiento y de fracaso pertenece al legado de los discípulos del Señor Crucificado.


3.- El Crucificado es, en el sentido más fuerte del término, símbolo de todos los crucificados de la tierra. Las 190 víctimas de Madrid el 11 de marzo, los miles de muertos en Palestina y en Irak, las víctimas provocadas entre nosotros por la intolerancia terrorista de ETA, las mujeres que mueren por al maltrato de su pareja, los miles de muertos por los crímenes abortistas, son prolongación del Gran Crucificado de la historia. Identificarse con la muerte violenta del Señor comporta sintonizar con todos los crucificados de la historia y hacer cuanto esté en nuestras manos, si es posible, para bajarlos de la Cruz y para que no se repitan estas muertes terribles.


4.- Pero nosotros podemos acercarnos hoy a los pies del Crucificado porque su Cruz y su Muerte no son la última palabra. Cuando los responsables de su muerte pronunciaron la última palabra expulsando del mundo al Hijo de Dios, matando al Autor de la Vida, Dios Padre se reservó la última Palabra: Resucitó a Jesús. Desde entonces la muerte no es una fatalidad inexorable. No constituye la última verdad de nuestra vida. La última Verdad del ser humano, su último destino es la Vida eterna después de la muerte. La muerte de Jesús nos ha dado la vida. Por eso el beso de la Cruz es un gesto de agradecimiento; es decirle gracias. “Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo”.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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