DiócesisHomilías Mons. Dorado

Vigilia de la Inmaculada

Publicado: 07/12/2006: 535

Parroquia de Santa Mª de la Amargura, Málaga

(Lc 1, 26-40)

María, un testimonio de escucha, acogida y entrega

1.-“No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios”. Estas palabras del evangelio según San Lucas iluminan el sentido de esta Vigilia. Pues nos hemos reunido en torno a la Madre, para decirle que la amamos, para compartir su esperanza, para darle gracias porque aceptó ser la puerta por la que entró en nuestra historia y en nuestra vida Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios. Por Ella, los hombres hemos encontrado la luz de la fe y tenemos la posibilidad de participar de la vida de Dios. El Dios que es Amor puro, Bondad infinita, Belleza desbordante, Misericordia sin condiciones.

Todos hemos comprobado alguna vez que, en la medida en que nos acercamos a Él, nuestro espíritu se inunda de su amor, de su bondad, de su paz, de su belleza y de esa misericordia que nos impulsa a trabajar por los más pobres y a servir a todos con obras y con palabras. Gracias a Santa María, hemos conocido a Jesucristo y hemos encontrado en Él la vida en plenitud, la verdad que nos hace libres y el camino que nos conduce a la meta de la existencia humana.

En medio de este silencio, os invito a que os sumerjáis en toda la profundidad de ese misterio que conmovió el corazón de la joven María: “Concebirás en tu seno y dará a luz a un hijo al que pondrás por nombre Jesús, será llamado Hijo del Altísimo”. Son palabras impresionantes. Es normal que María, como mujer y joven, tuviera miedo; pero su fe la llevó a poner su confianza en Dios y se convirtió en la puerta por la que el Hijo de Dios vino la tierra para compartir nuestra condición humana y hacernos partícipes de su vida. Por eso, cada día y cada minuto, millones de católicos le decimos que es una bendición de mujer, que es bendita entre todas las mujeres.

Y hoy nos toca a nosotros llevar adelante esa historia de salvación: convertirnos en la puerta por la que Jesucristo llegue al corazón de nuestros hermanos. Cuando oigo lo que dicen de esas concentraciones de fin de semana que llamáis “el botellón”; de los jóvenes que se autodestruyen a sí mismos con el alcohol y la droga; y de la indiferencia ante Dios y el Evangelio, me pregunto cómo podríamos nosotros abrir sendas para ir a ellos y decirles que Dios los ama y que el Evangelio es la plenitud del hombre. Sé que no es cometido fácil, pero tal vez nuestra mayor dificultad para llevar a Jesucristo a nuestros hermanos consista en que carecemos de una experiencia viva de Dios y de la confianza de María. Por eso, me dirijo en especial a vosotros, los jóvenes: sacerdotes, religiosas y seglares. Porque estáis llamados a ser los apóstoles de vuestros compañeros en medio de un mundo cultural cerrado a Dios y a los valores cristianos.

Hoy nos toca a nosotros ponernos a la escucha y que abrir el corazón a Dios, por si nos dice, como dijo a María, que nos alegremos pues hemos sido elegidos para llevar a Jesucristo a nuestros hermanos; para ser testigos del amor de Dios y de la luz de la fe en un mundo envuelto en tinieblas, que no logra hallar el Camino, la Verdad y la Vida. Si oís su voz en lo más hondo del alma, no tengáis miedo, porque es señal de que habéis encontrado, como María, el favor divino. ¡Habéis sido elegidos para ser la puerta por la que Jesucristo entre en el corazón de muchas personas que, sin saberlo, le buscan como a tientas.

2.- ¿Cómo puede ser eso, si no conozco varón? Estas palabras de la Virgen indican que María se sintió desconcertada ante la llamada divina, porque la misión recibida le resultaba humanamente imposible. Y en verdad que lo era, por eso respondió el Ángel que confiara y acogiera al Espíritu Santo, que vendría sobre Ella, porque cuando Dios encomienda a alguien una misión, le proporciona también los medios necesarios para llevarla a cabo.

Es la acción eficaz de la gracia divina, que viene en ayuda de nuestra debilidad. Pero esta ayuda sobrenatural no nos dispensa de poner en juego los talentos que se nos han dado y de ejercitar con ahínco nuestras mejores energías. Por eso, el Plan Pastoral Diocesano que orienta nuestros esfuerzos, insiste en la necesidad de fortalecer la fe: la vuestra y la mía. ¡Sois los discípulos de Jesucristo y los evangelizadores del siglo XXI, y tenéis que vivir y proclamar la fe a la intemperie, sin otros apoyos que la fuerza del Evangelio! Os corresponde a los jóvenes abrir nuevos caminos de evangelización y es natural que os preguntéis, igual que María: ¿Cómo puede ser eso? Os respondo: Dios ha cumplido su parte al darnos el Espíritu Santo; ahora os corresponde a vosotros fortalecer vuestra fe.

En primer lugar, tratando de conocer cada día más a fondo la fe que profesamos. Lo que aprendimos en las catequesis parroquiales y las reflexiones que se realizan en los grupos apostólicos son insuficientes para afrontar el reto de inculturar la fe y dar razón de nuestra esperanza al hombre de hoy. Igual que no se puede ser un buen profesional sin seguir estudiando y actualizando la formación recibida, los cristianos nos tenemos que tomar más en serio la formación permanente y el conocimiento actualizado del Evangelio que nos salva. De lo contrario caeremos en esa actitud simplista y superficial, muy dañina para el Pueblo de Dios, de elegir nuestra fe y nuestros principios morales de acuerdo con las preferencias o conveniencias de cada uno.

En segundo lugar, para que el estudio no se convierta en una ideología, hay que descubrir la fuerza transformadora de la oración. Empezando por la misa del domingo, que es la oración por antonomasia del cristiano; y continuando con la lectura espiritual de la Palabra de Dios. Hoy tenéis la oportunidad de que, en las parroquias, se ofrecen diversas posibilidades para iniciarse en la oración y en la lectura meditada de los santos evangelios. Y la historia nos enseña que cuando la oración calla o desaparece en la vida de una persona, ésta termina por alejarse de Dios o por caer en el culto a las ideologías.

Y el tercer ingrediente para fortalecer la fe es la práctica del amor evangélico, tal como lo ha presentado Benedicto XVI en su encíclica Deus charitas est. Un amor que engloba ciertamente la amistad, el enamoramiento y el amor entre padres e hijos, pero que madura al contacto con Jesucristo y se transforma en cercanía y servicio cálido a todos, en especial a los más pobres y necesitados. Un amor afectivo y efectivo, que nos lleva a verificar si verdaderamente somos creyentes y seguidores de Jesucristo.

¿Cómo puede ser esto?, se preguntó María y nos preguntamos también nosotros esta noche. Tenemos la presencia del Espíritu, pero sin el fortalecimiento de nuestra fe, no conseguiremos nada, porque somos personas libres y responsables y Dios actúa en nosotros contando con nuestra voluntad, con nuestra inteligencia y con nuestro esfuerzo.

3.- “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña”, nos ha dicho San Lucas. Sostenida por la Palabra de Dios e impulsada con la fuerza del Espíritu, María no piensa ya en sí misma, sino hacerse presente junto a quien necesita su ayuda, porque como nos repetía Juan Pablo II, el hombre es el mejor camino hacia Dios: el servicio al pobre, la cercanía al que sufre y el amor afectivo, eficaz y desinteresado a todos, nos lleva a Dios.
Con su actitud, la Virgen nuestra Madre nos dice que este encuentro de oración que estamos celebrando es una oportunidad espléndida para escuchar la Palabra de Dios y acogerla, pero no debe terminar aquí, en el clima cálido del templo, sino que debemos ponernos en camino hacia el hombre. Ese amigo que se alejó un día de la fe y acepta dialogar sobre ella; esos niños o adolescentes que se nos han confiado en los grupos de catequesis; esas personas a las que servimos desde las cáritas parroquiales o los equipos de pastoral de la salud; incluso esos compañeros de colegio, universidad y trabajo a los que nadie ha invitado jamás a participar en unas catequesis de adultos o en una jornada de oración.

No os quepa duda de que la principal pobreza de numerosas personas jóvenes y adultas es la falta de fe. Como dijo el psiquiatra Víctor Frankl, al no haber descubierto un horizonte de sentido para sus vidas, buscan motivos para vivir en el alcohol, el sexo, la droga y el ansia de tener. O caen en la depresión. Tenemos que ir a su encuentro para decirles con San Pablo que hemos encontrado en Jesucristo nuestra plenitud humana, que la fe es un tesoro capaz de alegrar la existencia y centrar nuestros sentimientos y nuestra vida.

En la medida en que llevéis la Buena Noticia de Jesucristo con el corazón lleno de alegría, dirán de vosotros, igual que decimos de la Virgen, que sois una bendición, porque vuestras palabras de vida harán saltar de gozo a mucha gente, al encontrarse con Jesucristo, nuestro Dios y Salvador.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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