DiócesisHomilías Mons. Dorado

Santa María, Madre de Dios (Vigilia de Oración)

Publicado: 01/01/2008: 862

1.- La Iglesia nos invita hoy, 1 de enero, a celebrar a María, Madre de Dios; nos presenta también sus mejores deseos para el Año Nuevo y nos propone la Jornada Mundial de la Paz con el lema “Familia humana, comunidad de Paz”.

Todos estos motivos se conjugan bien: María, Madre de Dios, es la Reina de la Paz. María, Madre de Dios, nos trae los mejores deseos del Señor e infunde en nuestra vida paz, alegría y, sobre todo, amor.


2.- La Primera Lectura está tomada del Libro de los Números y ha sido elegida para desear un buen año a los fieles. Es la bendición sacerdotal: Dios prescribe a Moisés que transmita al sumo Sacerdote Aarón y a sus hijos la fórmula de bendición sacerdotal.

Una bendición es un deseo de bien; la bendición sacerdotal es un deseo de un gran bien, basado por completo en la relación con Dios. Bendecir significa en el Antiguo Testamento, poner a una persona en una relación positiva con Dios. Y una vez establecida, todas las cosas se orientan hacia el bien.

La bendición se realizaba en el Antiguo Testamento invocando el nombre de Dios sobre la persona; y la bendición sacerdotal consiste precisamente en invocar el nombre de Dios sobre los israelitas. En el texto hebreo se repite tres veces el nombre revelado de Dios, nombre que los judíos no pronuncian nunca por respeto. Este nombre se traduce por “Señor”.

En consecuencia, los sacerdotes deberán decir: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor te muestre su nombre y te conceda la Paz”. Y termina con estas palabras: “Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré”.

Esto nos permite comprender la importancia de la relación con Dios.

Nosotros, tal vez, no estemos suficientemente convencidos, pero si queremos que el nuevo año sea de verdad un año feliz, positivo, debemos estar atentos a la relación con Dios; debemos desear que el nombre del Señor se invoque verdaderamente sobre nosotros, no sólo con una fórmula, sino con una adhesión plena de amor a su voluntad amorosa.


3.- María nos obtiene la bendición del Señor, precisamente porque es su sierva, una persona completamente dócil a Él. María nos dice también a nosotros, como a los criados de las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Nos enseña la docilidad al Señor. En este sentido es nuestra Madre, Madre de nuestra vida espiritual.

La Segunda Lectura presenta el único texto en que San Pablo habla de María, que dio a luz al Hijo de Dios. El apóstol emplea una fórmula solemne: “Cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer… para que rescatase a los súbditos de la Ley y nosotros recibiéramos ser hijos por adopción”. Se expresa aquí el Misterio de le Encarnación, a través del ministerio esencial de una mujer, María. Para que pudiéramos recibir la filiación adoptiva de Dios, era necesario que Él enviase a su Hijo al mundo haciéndole nacer de una mujer.

Esta relación filial con Dios se manifiesta con la presencia en nosotros del Espíritu del Hijo, que grita: “Abba, Padre”. María es Madre de Dios porque concibió por obra del Espíritu Santo; con su maternidad nos obtiene el don del Espíritu Santo, para que nosotros podamos entrar en una relación filial con el Padre.

San Pablo extrae la conclusión que de esto se deduce: “De modo que no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo eres heredero por disposición de Dios”. Esta perspectiva para este nuevo año es muy positiva para nosotros.


4.- El Evangelio de hoy es el mismo de la segunda Misa de Navidad: nos refiere que los pastores se dirigen sin vacilación al establo, donde se encuentran María, José y el Niño, acostado en el pesebre.

Este encuentro de los pastores con María y con el Niño nos hace comprender el sentido profundo de la maternidad de María. Ella dio a luz a su Hijo, que es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios, que se pone en una situación de extrema pobreza: está acostado en un pesebre.

Los pastores están entusiasmados; refieren lo que les han dicho del Niño, o sea, que es el Salvador, Cristo, el Señor. Esto constituye un motivo de gran alegría para ellos y para todo el pueblo.

La gente queda admirada por lo que dicen los pastores. María, en cambio, guarda todas estas cosas meditándolas en su corazón. María no es una persona superficial, sino profunda, que acoge todo lo que viene de Dios. No sólo las palabras de Dios, sino también los acontecimientos, con docilidad filial y con amor generoso.

El Evangelio termina con una alusión a la circuncisión de Jesús. Los niños debían ser circuncidados ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se les imponía el nombre. “Al octavo día, el tiempo de circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de que fuera concebido”.

María es la Madre de Jesús, es decir, al Madre del Salvador, la Madre de Cristo, la Madre del Señor. ¡Cuánta confianza debemos tener en Ella, puesto que es la Madre de Jesús, la Madre de Dios!

Celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y nuestros corazones están rebosantes de alegría, de confianza y de paz. Oremos para que el influjo de María pueda extenderse cada vez más a nuestro mundo, que tan necesitado anda de alegría, de confianza y de paz. Oremos en particular por todos los países donde no reina la Paz, para que pueda establecerse en ellos y facilitar a todos la unión con Dios y con los hermanos en el amor.

El Papa termina su Mensaje con estas palabras: “Invito a todos los hombres y mujeres a que tomen una conciencia más clara sobre la común pertenencia a la única familia humana y a comprometerse para que al convivencia en la tierra refleje cada vez más esta convicción de la cual depende la instauración de una Paz verdadera y duradera”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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