DiócesisHomilías Mons. Dorado

Evangelizar en familia, desde la familia y en favor de la familia

Publicado: 12/01/1999: 623

Homilía del Obispo en la Catedral. Día de la Familia


1.- "Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán", nos acaba de decir san Marcos en el evangelio que se ha proclamado (1,9). Y es que el misterio de Belén es demasiado grande, y necesitamos tiempo para acogerle en la inteligencia y, sobre todo, en el corazón. Durante varios días, la Iglesia nos ha ido exponiendo en la Liturgia quién es ese Niño que ha nacido, cuál es su misión y qué nos aporta a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Os ha nacido "un salvador, que es el Cristo Señor", dijo el ángel a los pastores la noche de Navidad (Lc 2,11). Es el Salvador de todos los pueblos, pregona silenciosa la estrella de los Reyes Magos, conduciendo hasta Belén a estos sabios, que dedicaban su vida a buscar la verdad (Cfr Mt 2,1-18). El es el Hijo de Dios, "nacido de mujer", dice san Pablo, "para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4,4-5). Así nos lo ha recordado la fiesta de Santa María, Madre de Dios.

Con el Bautismo de Jesús termina hoy el tiempo de Navidad. Y termina manifestándonos quién es verdaderamente el Niño que ha nacido en Belén. "Tu eres mi Hijo amado" grita la voz del Padre (Mc 1,11). "Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma sustancia que el Padre", decimos en el Credo. No se trata únicamente de que sea un hombre excepcional: es Emmanuel, Dios con nosotros. El que tiene la plenitud del Espíritu Santo, ese Espíritu que san Juan vio descender en forma de paloma por un desgarrón del cielo (Cfr Mc 1, 10) y del que nosotros confesamos también que es "Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas".

En Jesús de Nazaret, nos dice la fiesta de hoy, Dios se ha hecho hombre y compañero de camino para siempre. El que no conoció pecado, se hizo uno más con nosotros. Hoy baja hasta el Jordán, a mezclarse con los pecadores que buscan la misericordia y el perdón de Dios. Pronto le veremos ir al encuentro de todas las personas marginadas y de todos los que necesitan ayuda humana y espiritual. Para vencer el dolor, la muerte y el pecado desde dentro (Cfr Flp 2,7-9).


2.- "En el bautismo de Cristo en el Jordán, has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo", vamos a decirle a Dios en el prefacio. Pues desde muy antiguo, la tradición cristiana ha visto en el bautismo de Jesús la institución del sacramento del bautismo. Como dice san Máximo de Turín, "Cristo se hace bautizar no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua... Cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente" (Sermón 100, en la Epifanía).

También cuando los evangelistas nos hablan del bautismo de Jesús, nos están hablando de nuestro bautismo. En el fondo de este relato evangélico, nos presentan el Misterio de Dios en toda su deslumbrante grandeza trinitaria; y el misterio de la salvación del hombre por la fe y por el bautismo.

Injertado en Jesucristo por la fe y el bautismo, el creyente ve cómo brota en su interior el "hombre nuevo": descubre que está lleno del Espíritu Santo; que la fe, la esperanza y la caridad son fuerzas misteriosas que le impulsan a trabajar por la paz y por la justicia; que dejándose llevar por el Espíritu, se ve liberado él mismo para amar a Dios y al hombre, y para anunciar a todos, con obras y con palabras, el Evangelio de Dios.

Ese Dios que, en Jesucristo, se nos manifiesta lleno de mansedumbre. Como nos ha dicho el profeta Isaías en la primera lectura (Cfr Is 42, 1-7), "no gritará ni voceará por las calles". El quiere reavivar la fe mortecina y sacar al indeciso de sus dudas, pues "la caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará". Profundamente seductor, es también respetuoso con la libertad del hombre.  

Pero está lleno del Espíritu y por eso es soberanamente firme en las cosas de Dios. El "no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra": el derecho y la justicia de Dios que son también el auténtico derecho y la justicia auténtica del hombre.

3.- "Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones" (Is 42, 6). Sabemos bien que estas palabras sólo se le pueden aplicar a Jesucristo en su sentido más pleno. Pero por voluntad de Jesucristo, se le aplican también a todo el Pueblo de Dios, a la Iglesia, sacramento universal de salvación.   Hoy nos toca a nosotros, los bautizados, derribar los muros de la injusticia y de la pobreza; proclamar y alentar en nuestro mundo la implantación de los derechos humanos; abrir las prisiones injustas y ser testigos de la luz.

Casi dos mil años de historia nos ponen de manifiesto que el Señor ha cumplido su palabra a través de todos los hombres y mujeres que han sabido responder a los desafíos de su tiempo: abriendo colegios para los más abandonados, levantando hospitales
cuando no lo hacían los gobiernos, ofreciendo espacios de vida para los niños sin hogar y para los ancianos sin apoyo y creando residencias para los enfermos terminales del SIDA, en nuestros días.

También hoy vemos al Papa Juan Pablo II como el gran abanderado de los derechos humanos. En una situación histórica tan compleja, ha sabido ganarse la confianza de los creyentes y de muchos no-creyentes: tratando de reavivar la fe vacilante y tratando de promover el derecho entre los pueblos. Y ha sabido poner a toda la Iglesia en pie de misión, de cara al año 2.000.

Siguiendo su llamamiento a una nueva evangelización, también nuestra Iglesia Diocesana se ha puesto en marcha. Hoy estáis aquí las familias, convocadas por el Secretariado de Pastoral Familiar. Vosotras, queridas familias, sois la Iglesia en cada hogar, una "iglesia doméstica", como dice el Vaticano II (LG 11). Por eso, nuestro Proyecto Pastoral Diocesano cuenta con vosotros y os alienta "a que los matrimonios y las familias vivan la dimensión familiar... (conscientes de que) es necesario recrear la familia cristiana de nuestros tiempos. (Pues) la familia está llamada a ser una comunidad cristiana doméstica, verdadera célula de la sociedad y de la Iglesia y foco de auténtico testimonio cristiano" (pág. 122).

En breve, va a salir a la luz el Directorio de Pastoral Familiar para las Diócesis de Andalucía Oriental. Un instrumento
de trabajo pastoral que la Iglesia pone especialmente en vuestras manos. Pero que sólo resultará útil si la familia trata de vivir como tal familia el Evangelio. ¿Y cómo hacerlo? Os voy a ofrecer algunas sugerencias concretas:

La primera, que recobréis la vida de oración en el seno de la familia. Las fórmulas pueden ser muy diversas, pero lo importante es que en vuestros hogares se rece y se haga en familia. Dios no puede seguir siendo un desconocido, a quien se visita el domingo en la parroquia. Dios es parte de la familia y debe hacerse más presente en los hogares: orando juntos, comentando la Palabra de Dios, leyendo y dialogando para actualizar vuestros conocimientos de la fe.

         La segunda, que toméis en vuestras manos la catequesis de vuestros hijos. El colegio y la parroquia son una ayuda muy valiosa, pero cada día parece más evidente que la transmisión primera de la fe hay que hacerla en la familia. ¡Nadie como los padres para hablar de Dios a sus hijos! Enseñándoles eso que ayer llamábamos la Historia sagrada y que hoy llamamos Historia de la Salvación; desmenuzándoles las oraciones cristianas básicas; explicándoles con paciencia las Bienaventuranzas y el sentido de cada mandamiento.


         La tercera, que les mostréis con vuestra vida que la unidad del matrimonio, la fidelidad conyugal y la integración de la familia son posibles. Os van a ver al padre y a la madre diferentes, con defectos y con formas distintas de pensar. Pero eso no tiene mayor importancia si aprenden también de vosotros a dialogar, a tener un clima de paz y de confianza, a escucharos mutuamente y a escucharlos, a valorar al otro y a manifestarle ternura, a ceder y a perdonar cuando sea necesario. Sé que todo ello no es fácil, pero sabéis que es posible. Pues tenéis un sacramento vivo y permanente que es el santo matrimonio, acudid a esta fuente de vida que os ha unido en el Señor.

La cuarta, que intensifiquéis la pastoral familiar y que la llevéis al encuentro de la vida concreta. Necesitamos asociaciones familiares fuertes y sin complejos, espiritual y teológicamente bien preparadas, que no se queden en los síntomas, sino que vayan a las causas del deterioro de la vida de familia. Que sin identificarse con ningún partido político, se hagan oir en el Parlamento, en los Sindicatos, en la Enseñanza, ante los medios de comunicación. Necesitamos una pastoral familiar de altos vuelos, con visión de futuro y consciente de su misión en la vida pública. Pues como nos sigue diciendo el Señor por boca de Isaías: El os ha llamado, os ha formado y os lleva de la mano para que seáis luz en nuestro mundo de hoy.

Creo que ésta podría ser vuestra manera concreta de cooperar a la nueva evangelización: en familia, desde la familia y en favor de la familia.

Es lo que vamos a pedir a María y a José, que tuvieron la delicada tarea de crear un hogar cálido y dialogante, donde se inició en la vida, en el amor y en la fe el mismo Jesucristo, cuyo misterio profundo nos descubre la fiesta que celebramos hoy.

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