DiócesisHomilías Mons. Dorado

Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor

Publicado: 15/01/1995: 813

Clausura del Año Internacional de la Familia                        


1.- "Familias de los pueblos, aclamad al Señor". Esta invitación del Salmo que se acaba de proclamar (96, 7) expresa admirablemente nuestros sentimientos y nuestros deseos: alabar a Dios por el don precioso del matrimonio y de la familia.

Es cierto que nos hemos reunido para clausurar, con la celebración de esta Eucaristía, el Año Internacional de la Familia. Pero clausurar este año no significa, para nosotros, cesar en nuestra actividad de dar a conocer con obras y con palabras la grandeza y los valores de la familia en general y de la familia cristiana en particular. Por el contrario, es una invitación a seguir trabajando con redoblada esperanza desde ese impulso que ha sido la reflexión compartida y los estudios rigurosos que se han realizado dentro de la Iglesia -y también fuera- durante este Año Internacional de la Familia.

Si miramos lo que ha sido la celebración de este Año Internacional de la Familia para los españoles, a primera vista nos sentimos tentados por el desaliento y por la tristeza. Se ha pretendido dar estatuto de matrimonio, y hasta reconocer el derecho a adoptar niños, a las uniones de homosexuales y de lesbianas; se ha intentado ampliar la legalización de esa aberración ética y humana que es el aborto, hasta dejar la decisión sobre la vida y la muerte de los niños en gestación al arbitrio de las madres; se ha criticado con tremenda dureza la postura de la Iglesia en la Conferencia del Cairo, desvirtuando su pensamiento y su apoyo al desarrollo de los más pobres de la tierra; se ha continuado con una legislación mezquina a la hora de apoyar con ayudas económicas, como se hace en otros países de Europa, a los matrimonios que desean tener más hijos...

Y sin embargo, la reflexión y la búsqueda no han sido del todo inútiles. Aunque no es fácil descubrir las causas, vemos que la sociedad española está reaccionando desde sus cimientos. Según recientes estudios (Fundación Santa María), la familia es la institución más valorada por nuestros jóvenes, que la consideran la base más firme para el desarrollo personal, para el equilibrio interior, para la plenitud y para la estabilidad
emocional de la persona. Se trata, como es natural, de una familia diferente, pero de una familia basada en el amor, en el diálogo, en la confianza, en la fidelidad, en la autoridad compartida y capaz de asumir el nuevo protagonismo de la mujer.

De una familia que, a tenor de lo que piensan nuestros jóvenes, entiende que "el tiempo dedicado a la educación de los hijos es la labor más importante de los padres, aunque ello suponga ganar menos dinero".

Como ciudadanos y como cristianos, nos alegramos de esta valoración y descubrimos en ella un signo de la presencia del Espíritu. Pues nosotros, iluminados por la fe, sabemos que "la salvación de la persona y de la comunidad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47). Hoy sabemos que la persona humana sufre graves quebrantos en su equilibrio emocional, en su capacidad de relacionarse, en su integración en la sociedad y en su forma de afrontar satisfactoriamente la vida si no ha nacido y no se ha educado en una familia sana y bien integrada. Por eso nos alegramos con todas las personas de buena voluntad a la vista de todo lo que ayuda a dar solidez a esta comunidad de vida y de amor; y de todo lo que favorece a la familia, ya que la familia es el único lugar adecuado donde pueden nacer, desarrollarse y educarse de una forma sana y equilibrada las nuevas generaciones.

Pero no ignoramos que "la dignidad de esta institución" se ve hoy "oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones" aún más graves como es el aborto (GS 47). Debido a ello también, tenemos que mirar hacia adelante y convertir esta "clausura" en punto de partida de un redoblado esfuerzo. Somos muchos quienes nos preguntamos qué podemos y debemos hacer por la familia.


2.- "Haced lo que El os diga", acaba de sugerirnos María en el Evangelio, señalándonos a Jesucristo, su Hijo (Jn 2,1-12). No parece casual que Jesús haya inaugurado sus signos mesiánicos en un banquete de bodas. "En Caná de Galilea, nos ha dicho Juan Pablo II en su Carta a las familias, Jesús es como el heraldo de la verdad divina sobre el matrimonio; verdad sobre la que se puede apoyar la familia humana, basándose firmemente en ella contra todas las pruebas de la vida" (n 18).

Vosotros y vosotras, padres y madres, sabéis bien que no es fácil construir un matrimonio y una familia que sean una verdadera comunidad de vida y de amor. A las dificultades derivadas de nuestra naturaleza humana débil y del pecado original, se añaden hoy fuerzas muy poderosas que difunden sin cesar las ideas del divorcio, del aborto, de la infidelidad y de otras deformaciones... Con su propaganda agresiva y a veces insultante tratan de sembrar la duda sobre las mismas posibilidades de un matrimonio fiel y estable; de un matrimonio que sea comunidad de amor y de diálogo, abierto a la vida y transmisor de los valores humanos y cristianos.

Pero nosotros sabemos que el matrimonio cristiano es un sacramento. Y, como nos recuerda el Papa, sabemos que mediante este sacramento, recibido con fe, "el Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó". Sabemos que "el amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente" (Familiaris consortio, 13). Es el mismo amor de Dios, el que el Espíritu Santo derrama en el corazón de los bautizados (Cfr Rm 5,5), "un amor solícito como el de una madre hacia su hijo, tierno como el del esposo por la esposa, pero al mismo tiempo igual y especialmente celoso; ante todo, no es un amor que castiga, sino que perdona; un amor que se inclina ante el hombre como hace el padre con el hijo pródigo, que lo levanta y lo hace partícipe de la vida divina" (Carta a la familias n. 18).

Es el amor que brota del sacramento y que los esposos vais convirtiendo en historia de salvación y de vida. Una tarea ciertamente difícil, pero posible y apasionante cuando se apoya en la práctica de la fe. Pues el hogar cristiano no se improvisa sino que se construye a través de la paciencia llena de ternura, de la capacidad de perdón, del diálogo respetuoso y continuo, de la oración en común, de la confianza generosa y de la creatividad enamorada.

Los esposos y padres sabéis que Jesús es el Buen Pastor que cuida de vosotros y conocéis bien su voz. El os conduce a los buenos pastos del Evangelio, de la fidelidad y de la unidad indisoluble, de los valores cristianos (Jn 10, 1-6). ¡Haced siempre lo que El os diga!  Como os anima el Papa Juan Pablo II, "¡no tengáis miedo de los riesgos! ¡La fuerza divina es mucho más potente que vuestras dificultades! Inmensamente más grande que el mal, que actúa en el mundo, es la eficacia" de los sacramentos (Carta... 18).


3.- "Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor" (Sal 96, 3). Que cada familia sea una pequeña Iglesia (AA 11), donde se proclama la Palabra de Dios, se ora y se viven los valores evangélicos. Para ello, necesitamos una pastoral familiar apostólicamente más activa, más organizada y radicada en las parroquias. "Cada comunidad parroquial, nos ha dicho el Papa, debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar" (Familiaris consortio 70).

Una pastoral familiar asociada, que tenga incidencia en la vida pública. No basta con la buena voluntad, hay que revisar una legislación que hace pagar más impuestos a la familia estable que a las parejas de hecho; que no da facilidades económicas para atender a los hijos y para cuidar a los ancianos en el hogar; que dificulta la enseñanza de la religión en la escuela, esa enseñanza que tan masivamente pedís los padres... (Cfr Familiaris consortio 72)

Una pastoral familiar con incidencia en el mundo de la cultura y de los medios de comunicación. Capaz de superar ya los prejuicios antifamiliaristas de los años sesenta y de "cantar un cántico nuevo" sobre el matrimonio y sobre la familia (Sal 96,1) (Cfr Familiaris... 76)

Miradla a Ella, la mujer decidida, la esposa tierna y amantísima, la Madre desprendida y generosa, presente siempre en nuestras casas para que no se acabe en ningún hogar cristiano el vino de la fe, del amor y de la alegría.

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