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Domingo de Resurrección (Catedral-Málaga)

Publicado: 12/04/2009: 1631

Domingo de Pascua de Resurrección

(Catedral-Málaga, 12 abril 2009)

Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

Buscad los bienes de allá arriba


1. Estamos celebrando, queridos hermanos, el día más importante de todo el año litúrgico: la gran Fiesta de la Pascua. A todos vosotros, mi felicitación en este día y mi invitación a que vivamos como hombres pascuales, como hombres renovados por la Pascua de Jesús.

Un fraternal saludo a mi hermano en el episcopado, D. Fernando, a los ilustrísimos miembros del Cabildo Catedral y demás ministros del altar. Y a todos vosotros, estimados fieles, mi deseo de que vivamos una feliz Pascua de Resurrección.

2. El apóstol Pablo entiende que hay dos modos de vivir: Una manera es poner el corazón en las cosas de la tierra, sin mayor horizonte que lo inmediato y la satisfacción de los propios deseos, haciéndose colaboradores de la injusticia al servicio del pecado (cf. Rm 6,13). Quien vive de este modo está muerto, aunque aparentemente crea estar vivo, porque sus obras son de muerte.

El Papa Juan Pablo II nos advirtió de la presencia de dos culturas opuestas en nuestra sociedad: “En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 95 [1995]).

La “cultura de la muerte”, que nuestra sociedad propone y propaga, es una estructura de pecado: “Estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte». Esta estructura está activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia” (Evangelium vitae, 12).

3. En vez de vivir según esta “forma cultural de muerte”, se nos exhorta a los cristianos, sobre todo en este tiempo pascual, a ofrecernos a nosotros mismos a Dios como “muertos retornados a la vida” y nuestros miembros como armas de justicia al servicio de Dios (cf. Rm 6,13).

Existe una contraposición: Quien vive la cultura de la muerte, creyendo estar vivo, está muerto; quien vive la cultura de la vida, muriendo al pecado, vive resucitado. Esto se entiendo sólo a la luz de la Pascua de resurrección del Señor.

4. Existe otra forma de vivir, que San Pablo nos presenta. Debemos anhelar las cosas del cielo y comportarnos como hombres resucitados: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1). Se trata de vivir en el seguimiento de Cristo, valorando desde el Evangelio las cosas de la vida.

La luz pascual, que la resurrección de Jesucristo arroja sobre el mundo y sobre la vida humana, es la óptica a través de la cual se aprecian los valores auténticos y las verdades fundamentales: «Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef 5, 8-9).

5. Aspirar a las cosas de arriba y no a las de la tierra (cf. Col 3, 2) significa, en primer lugar, ser buscadores de la verdad. Algunos piensan que no existe una Verdad objetiva, inmutable y posible de conocer por el hombre; por eso defienden el relativismo y consideran las simples opiniones como fuente de sabiduría; pero no son fuentes de sabiduría, sino más bien pozos de agua estancada y tal vez putrefacta. Busquemos la Verdad, que para el cristiano es Cristo (cf. Jn 14,6).

En segundo lugar, aspirar a las cosas de arriba significa, según San Pablo, ser amantes de la justicia. Ésta no se refiere a la justicia derivada de las leyes de derecho positivo, sancionadas por una comunidad política, que pueden ser leyes injustas; se refiere más bien a la justicia que proviene de Dios y que hace justos y santos. La justicia de Dios es siempre justicia salvadora, santificadora, liberadora, redentora. Este sentido de la justicia está inscrita por el Creador en el corazón del hombre y es iluminada por la revelación de Dios. El hombre, con sus propias fuerzas, no puede alcanzar la luz, que ilumina las cosas desde Dios.

Aspirar a las cosas de arriba implica también vivir sumergidos en la bondad y en el bien, que no se refiere a lo que un individuo considera subjetivamente bueno para sí, pero puede ser dañino para otros; sino que se refiere a la bondad que dimana de Dios; este bien es objetivamente conocible y no puede dañar a otros; si daña a otros, ya no es un bien, sino un deseo egoísta.

6. Pablo de Tarso, apóstol de las gentes, nos invita de modo apremiante, en este año paulino, a buscar lo que desea el Señor: «Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas» (Ef 5, 10-11).

Su exhortación es clara: No sólo hay que evitar las obras de las tinieblas, sino incluso denunciarlas. Sabemos por experiencia que esta denuncia nos acarrea incomprensiones y ataques; pero los cristianos hemos de estar dispuestos a vivir como hombres pascuales, mirando a las cosas de allá arriba e iluminando las cosas de la tierra con la luz de Cristo Resucitado.

Muchos no aceptan esa luz, simbolizada hoy en el Cirio pascual, porque les molesta y pone en evidencia un estilo egoísta. Se nos invita a salir de ese estilo, porque Cristo «murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5,15). Cristo resucitado nos invita a vivir para Él, renunciando a vivir para nosotros mismos.

Para el cristiano, que acepta por la fe la luz divina, su mirada queda ilumina y vida enriquecida.

7. Si resucitamos con Cristo, presente en la Eucaristía, y comulgamos con Él participando en este sacramento, obtenemos una vida santa y una comunión íntima de fe y amor.

Puesto que Cristo ha resucitado, rescatándonos del pecado y de la muerte, nuestra vida le pertenece: «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos» (Rm 14,8). La nueva vida en Cristo, que nos otorga el bautismo, nos inserta en la misma vida de Cristo y nos permite desenvolvernos en un ambiente de amor y de luz.

Él nos ha rescatado del poder del pecado y nos ha liberado de las cadenas que nos ataban. Hemos muerto con Él a la vida de pecado y hemos resucitado con Él a una vida nueva, que «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); es una vida “en Dios”: en la verdad, en la bondad, en el bien, en la justicia, en la libertad. Nuestro destino está unido al suyo; nuestra naturaleza humana está unida a la suya; Él nos ha divinizado y glorificado. Cristo nos ha abierto la puerta de los cielos definitivamente y nos invita a sentarnos con Él a la derecha del Padre.

8. Queridos hermanos, pidamos a Cristo Resucitado que podamos llevar una vida santa, iluminada por la luz de su Resurrección. Busquemos, con ahínco, las cosas de arriba, donde está Cristo a la derecha del Padre; y pongamos todo nuestro empeño en vivir como hombres pascuales. De este modo seremos agradecidos al gran amor de Dios, manifestado en su Hijo Jesús, mediante su muerte y resurrección.

¡Que la Virgen María, mujer auténticamente pascual, que vivió la alegría de la resurrección de su Hijo como fiel discípula, nos acompañe en nuestro caminar! Amén.

Autor: Delegación MCS

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