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Fiesta del bautismo del Señor (Catedral-Málaga)

Publicado: 11/01/2009: 2135

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

(Catedral-Málaga, 11 enero 2009)

Lecturas: Is42,1-4,6-7; Sal 28; Hch 10,34-38.; Mc 1,7-11.

 

1. Hemos escuchado en el Evangelio de San Marcos que Jesús se acerca a las aguas del Jordán, donde Juan está bautizando, para recibir ese mismo bautismo de Juan, que es un bautismo de agua y de penitencia.

Jesús, el Hijo de Dios, va como uno más y se pone en la fila de los pecadores, para recibir el bautismo del perdón de pecados (cf. Mt 3,13). Va con la humildad y sencillez propias suyas, pero Juan Bautista lo descubre y manifestada su gloria y su grandeza.

La humildad se aprecia en ambos: Juan declara que él no es digno de desatar la correa de las sandalias del Mesías (cf. Mc 1,7), manifestando que es un simple precursor y dando testimonio de que Aquel, a quien bautiza, es el Mesías, esperado de los pueblos.

La manifestación se hace patente, no sólo por el testimonio  de Juan, sino también por parte de Dios. Una paloma, figurando el Espíritu Santo, y una voz desde el cielo manifiestan que Jesús de Nazaret es Hijo de Dios: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).

Hoy, pues, celebramos la manifestación del Señor Jesús como Rey del Universo, como Señor de la gloria, como Hijo de Dios. Nos encontramos en el último día de las fiestas Navideñas; con la fiesta del Bautismo del Señor se concluye el tiempo de Navidad y la liturgia conmemora la vida pública de misión y de actividad mesiánica. Ahora Jesús, ya adulto, es manifestado ante todos los pueblos como Hijo de Dios.

2. El profeta Isaías nos ha recordado el estilo de actuar del Siervo de Yahvé, que es el mismo que va al Jordán a ser bautizado por Juan. Ese Siervo de Yahvé, que Isaías lo presenta como el elegido en quien Dios se complace, como Aquel que dicta ley para las naciones (cf. Is 42,1), tiene un estilo sencillo, como dice el profeta: «No vociferará, ni alzará el tono y no hará oír en la calle su voz; la caña cascada, quebrada, no partirá y la mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia, no desmayará ni se quebrantará hasta implantar en la tierra el derecho» (Is 42, 2-4).

El estilo de Jesús, el Hijo de Dios, es actuar de una manera callada, sencilla y humilde; no se presenta glorioso y fuerte. Es Dios Padre quien lo manifiesta como realmente glorioso y poderoso; pero Jesús se presenta como uno más, como uno de nosotros. Es un hombre que no vocifera; que respeta incluso aquello que es débil; que no apaga una mecha humeante, que está apagándose en segundos; que no quiebra lo que es débil o está cascado.

3. En su bautismo Jesús nos enseña su forma de actuar y su forma de vivir. El cristiano debe ser seguidor suyo y actuar como Jesús: No ser prepotente; no ser orgulloso; ponerse en la fila con los últimos; no gritar ni imponerse por la fuerza; respetar lo enfermo, lo sencillo, lo no nacido, lo débil aunque esté apagándose.

Este es un estilo distinto al modelo de sociedad en que nos encontramos, que quiebra lo que está débil, que mata la vida incipiente en el seno materno, que también quiere cortar la vida débil, anciana o enferma. Son dos estilos incompatibles entre sí.

Los cristianos no podemos ajustarnos a las modas. Hemos de vivir a la luz del Evangelio, que es la luz de Cristo. Esa luz ilumina la realidad, la vida propia, la familia, la sociedad, la política, la economía. Esa luz de Cristo, recibida en el bautismo, nos ilumina a cada uno de nosotros. Y hemos de seguir el ejemplo y el estilo de Jesús. Vivir con ese estilo produce muchos frutos buenos.

Los frutos son, como dice el profeta Isaías, que el Señor ha hecho al Siervo de Yahvé alianza del pueblo y luz de las naciones; los frutos son también: abrir los ojos a los ciegos, sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas (cf. Is 42,7).

4. Cristo viene a liberarnos y a salvarlos; Cristo viene a iluminarnos. El cristiano está llamado a ser esa misma luz entre los hombres; y ser signo e instrumento de liberación.

Hay muchas cadenas que nos atan y atan al hombre de hoy, de las que hay que liberarle. Hay muchas tinieblas y cegueras, de las que hay que salir.

¡Dejémonos iluminar por la luz de Jesús! ¡Dejemos que Él sea nuestro camino y que, caminando con Él, podamos realizar esas obras buenas que el hombre de hoy necesita!

5. Es interesante conocer el contexto de la lectura de los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado hoy. Pedro hace un discurso en casa de Cornelio (cf. Hch 10,24-25); es decir, un judío predica en casa de un pagano. Les estaba prohibido a los judíos juntarse con los paganos. Cornelio, centurión romano, no es un creyente en el Dios de Israel, pero tiene una visión. Pedro, a su vez, tiene también una visión, que le empuja a marchar con los paganos, para anunciar la Buena Nueva de Jesús.

En ese contexto, Pedro dice en casa de Cornelio que él ha percibido cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder; y cómo pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con Él (cf. Hch 10,38).

Esta salvación no está reservada sólo a los judíos, sino que es ofrecida a todo el mundo: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos» (Hch10, 34-36).

Gracias a la manifestación de Dios a todos los pueblos, también nosotros, hijos de esta tierra malacitana, hemos conocido a Jesús. También nosotros éramos paganos respecto a la mentalidad judía. Y gracias a la predicación del Evangelio a los gentiles, también nosotros hemos escuchado la Buena Nueva de Jesús.

Si nosotros hemos conocido a Jesús, el Hijo de Dios, a través de la predicación de otros creyentes, ahora tenemos que predicar a otros paganos la misma Buena Nueva, para que puedan  conocer a Jesús. Nuestra predicación y testimonio darán a conocer la Buena Noticia del Evangelio del Señor a otros, para que sean iluminados por la fe.

6. En esta fiesta del bautismo del Señor, Él mismo nos invita a ser pregoneros de la Buena Noticia; a proclamarla a todo gentil o a todo cristiano cuya fe está apagada, o está muy débil, o está perdida. Cerca de nosotros hay cristianos con una fe muy debilitada; la luz que recibieron en el bautismo debería ser renovada, para que les iluminara la vida. También nos toca a nosotros renovar la luz de la fe, que recibimos en nuestro bautismo.

Esta fiesta del bautismo del Señor nos anima a renovar la gracia y los compromisos bautismales. En esta celebración renovaremos de la fe bautismal.

Jesús es presentado en su bautismo, en el Jordán, como Hijo de Dios; la voz desde el cielo dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). También hoy a nosotros se nos dice: Jesús es el Hijo amado de Dios, escuchadle. Abrid vuestros oídos a su Palabra; ensanchad vuestro corazón para recibirle; escuchad su voz, para oír lo que nos dice. Su palabra da vida y es luz para el hombre; su palabra es fuente, que brota hasta la vida eterna, como le dice Jesús a la samaritana (cf. Jn 4,14).

7. Agradezcamos hoy a Dios el que nos haya hecho hijos adoptivos suyos en Cristo Jesús. El bautismo nos ha regalado el perdón de los pecados y nos ha limpiado en las aguas; hemos sido ungidos con la fuerza del Espíritu Santo, igual que Jesús fue ungido por el Espíritu y quedó lleno de Él. Nosotros, en el bautismo primero y después en la confirmación, recibimos la fuerza y la unción del Espíritu, que nos hizo hijos de Dios y miembros de la Iglesia; al tiempo que nos convirtió en intrépidos evangelizadores.

Demos, pues, gracias a Dios por el bautismo que hemos recibido como regalo; por la filiación divina adoptiva; por ser miembros de la Iglesia y por la fuerza que hemos recibido con la unción del Espíritu.

Termino con un texto de San Hipólito, referido al bautismo de Jesús y al bautismo de todo fiel cristiano: “El que desciende con fe a este baño de regeneración renuncia al diablo y se entrega a Cristo, reniega del enemigo y confiesa que Cristo es Dios, se libra de la esclavitud y se reviste de la adopción; y vuelve del bautismo tan espléndido como el sol, fulgurante de rayos de justicia, y lo que es el máximo don, se convierte en hijo de Dios y coheredero de Cristo”.

Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen, Santa María de la Victoria, nuestra Patrona, para que nos ayude a vivir cada día con mayor conciencia de que somos hijos de Dios y con mayor compromiso de lo que supone la gracia bautismal.

Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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