DiócesisHomilías

Presentación del Señor (iglesia de la Concepción-Málaga)

Publicado: 02/02/2009: 1811

JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA

(iglesia de la Concepción-Málaga, 2 febrero 2009)

Los consagrados, testigos del amor de Dios en el mundo

Lecturas: Ml 3,1-4; Flp1, 3-6.9-14.21; Lc 2,22-40.

 

 1. El lema de la Jornada de la Vida Consagrada para este año resalta la centralidad de Jesucristo en la conciencia y en el quehacer de las personas de especial consagración: “Si tu vida es Cristo, manifiéstalo”. Está inspirado en la carta de San Pablo a los Filipenses: «Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia» (Flp 1, 21).

Pablo, tras su encuentro personal con el Señor Jesús resucitado, abandona todo lo que para él era importante y primordial hasta entonces, para hacer de Cristo el centro de su vida. A partir de ese momento, nada tiene ya valor, comparado con el sentido que le ha dado la persona de Jesús: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8). Ojala pudiéramos decir nosotros estas palabras.

Su vida será una entrega total al Señor, llevando a cabo la misión a la que fue llamado, que él mismo reconoce y nos dice en la carta a los Romanos, al inicio: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de Dios» (Rm 1, 1). El anuncio del Evangelio se convierte para él en la motivación de su vida y dará sentido a todo su quehacer.

Pablo descubre incluso desde la fe que la propia muerte ofrece motivos de gran confianza; tras el derrumbamiento de la tienda corporal, espera el encuentro con Cristo y dice: «Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Co 5, 8).

En este Año Paulino estamos invitados a conocer mejor la figura del gran evangelizador de las gentes, Pablo de Tarso, y a profundizar en sus escritos. Es lógico, pues, que hoy, en esta fiesta de la Presentación del Señor, fiesta litúrgica en la que celebramos la Jornada de la Vida Consagrada, hagamos referencia a esta doctrina y a la actitud del gran Saulo de Tarso.

2. Deseo expresaros mi afecto y mi gratitud a quienes vivís la especial consagración, mediante la profesión de los consejos evangélicos. Gratitud no sólo por vuestro trabajo y colaboración, sino, sobre todo, por vuestra presencia en la Iglesia malacitana.

Parafraseando a Pablo: «Doy gracias a Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría» (Flp 1, 3-4). Ciertamente, queridos consagrados, sois un regalo para la Iglesia y, por tanto, sois motivo de acción de gracias a Dios y de alegría en el Señor.

El gran número de consagrados en nuestra Diócesis no siempre puede facilitar una cercanía y una relación personal, que todos desearíamos; pero sabed que os llevo en el corazón y estoy muy cercano a cada uno de vosotros. Espero visitar poco a poco vuestras comunidades y compartir juntos nuestras ilusiones y esperanzas.

En este inicio de mi pontificado en Málaga quiero ofreceros mi persona, mi dedicación y mi afecto a todos vosotros.

3. El Espíritu Santo ha otorgado gran variedad de sus dones carismáticos para la edificación de la Iglesia. Vosotros sois una concreción de esos dones; cada familia religiosa ha recibido un carisma fundacional, que el Señor ofrece generosamente para el crecimiento de todos los fieles, y no solamente para vuestro crecimiento personal.

Pedimos a Dios, con San Pablo, «que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús » (Flp 1, 6). El Señor, queridos consagrados, sólo os pide que seáis fieles al carisma fundacional recibido.

Hoy hemos encendido las velas significando que la Luz de Cristo ilumina nuestras vidas y queriendo expresar con ello que nuestra vida queremos darla, ofrecerla en oblación, quemarla minuto a minuto por el Señor y por los hermanos.

En esta fiesta de la Presentación del Señor, Él os pide que el carisma recibido lo iluminéis con la Luz de Cristo, por si acaso se hubiera oscurecido; que lo limpiéis, por si acaso, con el paso del tiempo se hubiera cubierto de moho; que lo purifiquéis, por si acaso se le hubieran adherido otros elementos ajenos al mismo.

En la primera lectura, Malaquías dice que el Señor, cuando entra en el Templo, hará una purificación y será como un fundidor que refina la plata. Es un hermoso ejemplo de lo que la Iglesia y los consagrados hemos de hacer con los dones recibidos y lo que hemos de hacer con nuestra vida. Al oro, para que se aquilate, para que esté más limpio y para sea más puro, se le hace pasar por fuego; es decir, se le “puri-fica”. Purificar no es un simplemente limpiar de polvo o de herrumbre; se purifica sólo cuando se pasa por fuego. El oro bruto, sacado de la mina, tiene impurezas y debe ser licuado; tiene que perder toda la ganga, todo elemento extraño; y de ese modo queda más limpio, más valorado, más purificado.

En esta fiesta de la Presentación del Señor, a la que se añadió también la purificación de la Virgen, se nos invita a que seamos purificados; a que nos dejemos quemar por el fuego del Espíritu de Cristo; a que limpiemos mejor nuestra vida, nuestro corazón, nuestras almas, el carisma que el Señor nos ha regalado. Sólo de esa manera podrá producir mejores frutos.

4. El lema de este año, en el subtítulo, nos habla del testimonio de amor: “Los consagrados, testigos del amor de Dios en el mundo”.

La vida consagrada es expresión del amor de Dios. Juan Pablo II, en la exhortación pos-sinodal “Vita consecrata”, dice: “Podrá haber históricamente una ulterior variedad de formas –en la vida consagrada y en los carismas–, pero no cambiará la sustancia de una opción que se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor Jesús y, en Él, a cada miembro de la familia humana” (Juan Pablo II, Vita consecrata, 3).

Donde se fundamenta la vida consagrada es en el amor a Cristo, que después se expresará en los consejos evangélicos; los consejos son una simple expresión de este amor. Los consejos en sí no son el amor a Dios, sino la forma en que uno se ofrece y se consagra a Dios. El fundamento y la raíz es el amor a Dios; y en Él, el amor a Jesucristo; y en Cristo, el amor a toda la familia humana. No sólo a la familia religiosa, ni a la familia personal, ni a la familia diocesana, sino a toda la familia humana. El carisma tiene vocación universal.

5. Al igual que San Pablo, hoy pido al Señor en este año paulino: «Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables» (Flp 1, 9-10).

Esto quiere decir que se puede crecer en el amor; que se puede crecer en la actitud oblativa; que se puede crecer en sensibilidad; que se puede crecer en penetración del conocimiento de Dios.

En Juan, el evangelista, conocer a Dios equivale a amar a Dios. Podemos profundizar en el conocimiento de Dios y, por tanto, puede crecer nuestro amor a Dios. No pensemos que, por llevar décadas en la vida consagrada, ya hemos alcanzado el grado de amor que corresponde a la vida consagrada. En el amor no hay límites; el ejemplo y la medida, como dijo Jesús, es el Padre celestial: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). ¿Quién es capaz de amar como Dios Padre? Nos queda, pues, un gran trecho a todos.

6. La única moneda de amor tiene dos caras: Dios y los hermanos. El servicio a los hermanos, sobre todo a los más pobres, es la otra cara de la moneda del amor. El Papa Juan Pablo II decía: “Evidencia con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo” (Juan Pablo II, Vita consecrata, 5). No podemos separar ambos amores.

Cada uno de vosotros pertenecéis a una familia religiosa y, por tanto, habéis recibido un don carismático: quienes en la vida contemplativa, quienes en la vida activa de muy diversas formas (enseñanza, atención a enfermos, a niños, trabajo pastoral, ministerio sacerdotal); cada uno tienen un campo específico. De todos ellos damos hoy gracias a Dios. Cada uno es un regalo para nuestra Iglesia y para nosotros. Hoy pedimos al Señor que nos llene de sus frutos, como dice la carta a los Filipenses: «Llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (Flp 1, 11).

 ¡Que todo vuestro quehacer sea realmente fecundo! Pero que lo sea con los frutos que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios. ¡Cuidado con buscar otros frutos, otras fecundidades y otras modas! Hay que volver a la centralidad de Jesucristo, de la que nos habla tanto San Pablo, en este año paulino: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21). No busquéis otra cosa, por muy bonitos que parezcan los proyectos, o por muy hermosos que sean los programas. Los frutos deben venir de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

7. En la segunda lectura hemos escuchado el texto de Pablo a los Filipenses en el que se nos invita a ser heraldos del Evangelio y a llevar una vida de acuerdo con el mismo; de ese modo, los frutos serán de acuerdo con el Evangelio.

Los trabajos y sufrimientos del apóstol llevan a un progreso del Evangelio. Pablo es para nosotros un ejemplo; y fue un ejemplo también para los contemporáneos suyos. Él mismo nos recuerda: «Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido ha contribuido más bien al progreso del Evangelio, pues el personal del pretorio y todos los demás ven claro que estoy preso por Cristo» (Flp 1, 13).

Todos los trabajos de Pablo por el Evangelio, todos sus sufrimientos, todos sus penalidades, todos sus esfuerzos, sirven todos a la propagación del Evangelio; es decir, a que sea conocido Jesucristo como Buena Nueva; a que sea predicado por Pablo entre los gentiles.

Podemos decir que también tenemos hoy muchos gentiles entre nosotros. No vivimos en una sociedad globalmente cristiana; tampoco ha sido nunca. Una cosa es el cristianismo sociológico, que sí ha podido ver épocas florecientes; y otra muy distinta es la vivencia del cristianismo con todas sus consecuencias. Tenemos una gran tarea por delante, queridos consagrados.

8. El ejemplo de Pablo es para nosotros lo que al mismo tiempo nuestro ejemplo puede ser también para otros. Todas las familias religiosas se quejan, en estos últimos tiempos, de falta de vocaciones. No he oído a ninguna que diga que le sobran vocaciones. Probablemente nuestro testimonio de fe y nuestra vida de consagrados tenga mucho que ver con las vocaciones. Dejamos a parte la posibilidad de que el Señor quiera purificarnos de esta manera. Probablemente nuestro testimonio esté mediatizando también las futuras vocaciones. Sólo tenemos que plantearlo delante del Señor, por si acaso fuera así.

Pablo decía: «De este modo la mayoría de los hermanos, alentados por mis cadenas, a confiar en el Señor, se atreven mucho más a anunciar sin miedo la Palabra» (Flp 1, 14). Ojala, con nuestro testimonio, otros muchos hermanos, confiados en el Señor, se animen a anunciar sin miedo el Evangelio. Esto sería un efecto multiplicador.

9. Ayer, como pudimos ver a través de los medios de comunicación, se otorgaron los “Premios Goya” en el mundo del cine: a los mejores directores y actores, a las mejores películas. No sé si alguien de los presentes ha recibido algún premio Goya; pero no os preocupéis, si no lo habéis recibido. Esos premios son caducos y pasan. Además, dichos reconocimientos premian un esfuerzo, que no suele ser la labor de una vida, sino un trabajo de corta duración. En realidad se otorgan cada año; al año que viene habrá más “Premios Goya”.

Vosotros, queridos consagrados, no vais a tener premios “Goya”; pero vais a tener “Premios Gloria”, que no caducan y son para la eternidad; son, además,  el premio de toda una vida de consagrados. Los premios humanos se los llevan unos pocos; pero los premios que reparte el Señor se lo pueden llevar todos los que participan. Pido al Señor que os conceda a todos el “Premio Gloria”. Esa es nuestra confianza y esa es nuestra oración en esta tarde.

La Virgen María supo vivir como gran discípula del Señor. Le pedimos ahora su maternal intercesión, para que nos ayude a vivir con alegría la vida consagrada; para que sepamos ser buenos anunciadores del Evangelio y fieles testigos de Jesucristo; y para que seamos agradecidos por el carisma que el Señor ha otorgado a cada uno de nosotros. Que así sea.

Autor: diocesismalaga.es

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo