DiócesisHomilías

Retiro a las Cofradías y Hermandades (Casa Diocesana-Málaga)

Publicado: 22/02/2009: 1776

EUCARISTÍA DE RETIRO A LOS MIEMBROS DE COFRADÍAS Y HERMANDADES

(Casa Diocesana-Málaga, 22 febrero 2009)

Lecturas: Is 43, 18-19. 21-22. 24b-25; Sal 40; 2 Co 1, 18-22; Mc 2, 1-12.

El desierto transformado

 

1. Hemos escuchado un texto del profeta Isaías, que se podría titular como una tesis doctoral que se publicó sobre Isaías: El desierto transformado. Isaías aplica esa imagen para referirse al pueblo de Israel; y, por tanto, se puede aplicar también a cada uno de nosotros.

El Señor ha sido capaz de trasformar un desierto árido, estéril, reseco y sin vida. Dios es capaz de mandar la lluvia y hacer fertilizar el desierto, trasformándolo en un jardín. Dios advierte por medio del profeta: «Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo » (Is 43, 19). Nos hace caer en la cuenta de que algo está ya brotando. ¿No veis que está creciendo algo nuevo, donde parecía que no podía haber vida? ¿No ves que estoy haciendo crecer algo nuevo? Porque Dios es capaz de trasformar el desierto en un jardín.

2. San Pablo en la carta los Corintios afirma que Jesús es la Palabra afirmativa y salvífica del Padre: «Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí» (2 Co 1, 19). Jesús es el “sí” del Padre; el “sí” a la Alianza prometida; el “sí” a las promesas; el “sí” al amor; el “sí” al perdón; el “sí” a la vida; ése es Jesús. Todo eso lo ha demostrado con el gesto de entregar la vida por nosotros, como decíamos en la reflexión espiritual del Retiro.

Jesús envía el Espíritu Santo, ha dicho Pablo, que nos ha ungido: «Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2 Co 1, 21-22).

Jesús es llamado el “Mesías”, el “Ungido”; Él nos ha ungido con su Espíritu. En el bautismo hemos recibido la unción del Espíritu; por tanto, hemos recibido la fuerza del Espíritu, que nos capacita para vivir como hijos de Dios. Esa fuerza del Espíritu es la que trasforma en vida nuestra miseria, nuestro pecado y nuestro desierto. En la preparación para la gran fiesta de la Pascua deberíamos ser como el desierto que se deja transformar.

3. En el Salmo responsorial hemos dicho: «Señor, perdónanos, porque hemos pecado contra ti» (Sal 40). El único capaz de perdonar nuestro pecado es Dios; y, por tanto, si le pedimos perdón al Señor, trasformará con su Espíritu nuestra vida y nuestro desierto, que se convertirá en un jardín, lleno de árboles frondosos con frutos.

Parece que no nos acabamos de creer que Dios pueda transformar nuestro desierto y pensamos que los buenos frutos los hacemos nosotros. Queremos ser buenos, pero, como no lo conseguimos, nos desanimados; y como caemos siempre en los mismos defectos y pecados, pensamos que no podemos sacar nada de nosotros mismos.

Si confiamos en nuestras fuerzas, volvemos a caer. ¿Por qué no confiamos de una vez en el Señor y en su Espíritu, que se nos ha regalado como don, y dejamos que transformen nuestra vida? En nuestra oración deberíamos decir: “Señor, aquí estoy; me voy a dejar trasformar por tu Espíritu”.

Debemos ser como el barro moldeable en manos del alfarero. Debemos ser arcilla dúctil, flexible, para que el gran Alfarero moldee su imagen en nosotros. Pero nos obstinamos en ser nosotros los creadores de nuestra imagen. Queremos ser los protagonistas de nuestra historia; pero constatamos que eso no funciona y que así no llegamos a ninguna parte.

4. El Espíritu Santo es llamado por los santos Padres “el dedo de Dios”, “el dedo de la mano diestra del Padre”. Dejemos que los dedos del Espíritu nos moldeen a imagen de Cristo; dejémosle que trabaje libremente en nosotros.

Hemos de hacer silencio, para que Dios actúe en nosotros. Hemos de reconocer nuestro pecado, para que Él nos perdone. Ante el Señor somos criaturas; reconozcamos nuestro pecado y permitamos que el Espíritu haga maravillas en nosotros, como las hizo en María la Virgen.

La imagen de Isaías es muy bella. Somos como un desierto, que el Señor es capaz de trasformar; pero nos cuesta dejar que nos trasforme. Hay que dejarle actuar; y eso se puede hacer de muchas maneras: pidiendo perdón, escuchando y meditando su Palabra, acercándonos a la Eucaristía, haciendo silencio contemplativo.

5. Cristo, el Ungido, nos ha ungido con su mismo Espíritu. Queridos hermanos, dejémonos trasformar por el Espíritu. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, Cristo, el Ungido de Dios, aparece curando a un paralítico.

Las imágenes del “desierto transformado” del profeta Isaías y la “curación del paralítico” del Evangelio de hoy parecen muy distintas, pero subyace en ellas el mismo tema: la transformación.

En el desierto de nuestra alma nunca crecerá una flor sólo con nuestro esfuerzo; pero si renunciamos a ser los dueños de nosotros mismos, podremos transformarnos en un jardín hermoso, permitiendo al Señor que nos cultive.

La imagen del paralítico es similar. El paralítico no tiene actividad; no se vale por sí mismo; no puede moverse por sí solo. Nuestro pecado nos paraliza y nos impide ser fecundos. Nuestra parálisis, es decir, nuestro pecado, es como una cadena que nos ata, que nos aprisiona y que nos impide movernos. Al igual que el desierto es estéril, la parálisis es estéril.

Pero si dejamos que la Palabra de Dios y la fuerza de Jesús rompan las cadenas, a las que estamos atados, entonces quedaremos libres. Nuestros caprichos nos atan; nuestros pecados nos atan. Tenemos que dejar que el Señor rompa nuestras cadenas. Debemos buscar la voluntad de Dios, como hizo Jesús; y pedir que se haga su voluntad y no la nuestra.

6. ¿Cómo podemos vivir realmente con la libertad de los hijos de Dios? ¿Cómo podemos hacer obras buenas? ¿Cómo salir de nuestra parálisis y ser hombres libres, con la libertad de Cristo? Él ha vencido ya el pecado y la muerte; su victoria es la nuestra. Con Él podemos quedar libres de las cadenas que nos atan; con Él podemos salir de la situación de esclavitud, a la que nosotros mimos nos hemos amarrado.

Cristo cura al paralítico de una enfermedad física (cf. Mc 2, 11-12). En la meditación del Retiro hemos comentado que hay tres niveles o dimensiones de la salud: la salud física, la salud psíquica y la salud espiritual. El hombre necesita gozar de las tres dimensiones.

La curación del paralítico es de la salud física, pero está indicando la sanación de la salud psíquica y espiritual. Jesús le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2, 5). El paralítico, que está encadenado y paralizado físicamente, cuando es curado, también queda sanado como persona y como hijo de Dios. Las curaciones que hace Cristo no son simplemente curaciones físicas de enfermedades; sino que Cristo sana y salva de modo completo todas las dimensiones del ser humano: física, psíquica y espiritual.

7. Anosotros hoy nos ofrece el Señor su curación. Repitámosle en nuestro interior: “Señor, si quieres puedes limpiarme. He pecado; lo reconozco; pero perdona mi culpa y mi pecado; hazme un hombre libre, que viva con alegría y gozo pascual.

El cristianismo no es una ideología, sino que es vida. El cristiano se encuentra con Cristo y sale totalmente sanado de este encuentro. Por eso se dice del cristiano que no puede ser un hombre triste; porque, aunque pase por el dolor, por el sufrimiento y por la enfermedad, su vida puede estar llena de la paz de Dios. El cristiano es un hombre libre, lleno de gozo interior.

La Eucaristíaes un encuentro con Cristo crucificado-resucitado. El altar del sacrificio es símbolo de la cruz de Cristo, donde Cristo se ofrece nuevamente. Nos encontramos con Cristo crucificado, que ha resucitado, y le pedimos, en este encuentro eucarístico con Él, que trasforme nuestro desierto en un vergel, en un hermoso jardín; le pedimos que cure nuestra parálisis y que nos libere de las cadenas de nuestro pecado.

8. La Virgen María fue una mujer plenamente libre. A pesar de las características de la sociedad en que vivía y de la situación de la mujer en aquella época, Ella aceptó el plan de Dios en su vida, aunque no le resultara nada fácil; no pudo resultarle fácil en su entorno social la experiencia de maternidad, que tuvo que vivir.

Ella es nuestro modelo de cómo aceptar a Jesús en nuestra vida, en esta sociedad, donde reina el relativismo y se desprecia la existencia del Absoluto.

Pidamos al Señor, en esta Cuaresma, poder vivir la libertad de los hijos de Dios y prepararnos a la gran fiesta Pascual.

¡Que la Virgen María nos acompañe en este camino de Cuaresma hacia la Pascua! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo