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Miércoles de ceniza (Catedral-Málaga)

Publicado: 25/02/2009: 1952

MIÉRCOLES DE CENIZA

(Catedral-Málaga, 25 febrero 2009)

Lecturas: Jl 2,12-18; 2 Co 5,20—6,2; Mt 6,1-6.16-18.

La Cuaresma, tiempo para Dios

 

1. Comenzamos hoy, miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal que nos llevará a la celebración gozosa de la Pascua.

San Pablo nos exhorta a aprovechar el tiempo de gracia y redención: «Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación» (2 Co 6, 2). La Cuaresma es un tiempo de gracia, en el que podemos saborear mejor el amor misericordioso de Dios para con nosotros; un tiempo especial, para reorientar nuestra vida; un tiempo fuerte, en el que la llamada de Dios debe sacudir nuestras almas adormecidas; un tiempo de vigilia, en el que hemos de estar despiertos y esperanzados anhelando su venida liberadora; un tiempo de conversión, en el que debe resonar en nuestros corazones la invitación que nos hace el Señor de volver de nuevo hacia Él, dejando de lado lo que nos aparta de su camino.

Necesitamos el tiempo de Cuaresma, como tiempo de gracia y salvación, porque el hombre, por naturaleza, vive con diversa intensidad los momentos de su vida; y es necesario que haya tiempos especiales, de mayor hondura, que nos recuerden los aspectos más importantes y fundamentales de nuestra vida. Por esta razón celebramos de modo especial ciertos acontecimientos: el aniversario de nuestro nacimiento, de nuestro bautismo, del matrimonio, el día del santo propio. De este modo tomamos mayor conciencia de las cosas significativas e importantes para nosotros. Necesitamos ritmos en la vida y toques de atención, para no caer en la monotonía y para no desviarnos del camino que nos lleva a Dios y a los hermanos.

Estas celebraciones se hacen de forma familiar o comunitaria, como un momento de encuentro, para estrechar los lazos personales; no suelen celebrarse individualmente, porque el hombre está llamado a una vida de relación con los demás. También la expresión religiosa tiene una dimensión comunitaria. Hemos sido convocados por el Señor. Venimos hoy a celebrar juntos este tiempo de gracia, que el Señor nos ofrece para nuestra salvación.

2. El profeta Joel nos ha invitado a dirigir nuestro corazón hacia Dios: «Ahora -oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto» (Jl 2, 12). La conversión a Dios implica la renuncia a nuestra propia voluntad, a nuestros deseos mundanos y a nuestros caprichos. Hemos de ayunar de aquello que obstaculiza nuestro encuentro con el Señor.

La dirección de nuestra vida puede desplazarse, casi sin darnos cuenta y por influjo de las tentaciones, hacia nuestros propios intereses, en vez de seguir la voluntad de Dios. Nuestra vida puede ir dando la espalda a Dios en vez de contemplar su rostro. Por nuestra debilidad y por nuestra condición de pecadores necesitamos recordar que Dios nos ama y espera nuestro regreso. Este es el sentido del tiempo cuaresmal, en el conjunto del año litúrgico.

3. El profeta amonestaba al pueblo de Israel: «Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» (Jl 2, 13). No se trata, pues, de realizar meros signos externos, sino de vivir en profundidad una nueva relación con Dios. Como dice el Papa Benedicto XVI: “Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios” (Mensaje para la Cuaresma de 2009, 11.XII.2008).

La Cuaresmanos invita a gozar de la misericordia de Dios; a abandonarnos en sus manos y a saborear su perdón; a volver a llamarle Padre;  a escuchar de nuevo su Palabra; a llenar nuestro corazón de su presencia; a dirigir nuestra mirada hacia su rostro y convertirnos de nuevo; a reconocer nuestra pequeñez y debilidad; y a experimentar su gran amor para con nosotros.

La imposición de la ceniza expresa nuestra condición de pecadores y el deseo de convertirnos. En el momento de la imposición escucharemos que sacerdote nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Se nos invita a enderezar nuestra vida y a rectificar la dirección de la misma; a sintonizarla con la voluntad de Dios; a retomar el camino que habíamos abandonado; a revisar las actitudes de nuestro corazón, para ver si corresponden al amor generoso de Dios y a las necesidades de nuestros hermanos. Esta es la invitación que nos hace hoy el Señor.

4. La Cuaresma es tiempo para Dios. Él nunca se cansa de corregirnos, de ayudarnos, de tendernos su mano y de reanimarnos en nuestras humillaciones y fracasos. Dios es siempre el Padre amoroso, que se inclina hacia nosotros para levantarnos y a quien podamos contemplar, mirando el rostro de su Hijo Jesucristo. Dios espera pacientemente siempre nuestro regreso.

La Cuaresmaes tiempo para dejarnos moldear por el Espíritu de Dios, a quien la tradición llama “dedo de la mano derecha del Padre”. Dejemos que Él intervenga en nuestra vida y realice la obra maravillosa que tiene prevista para nosotros. Con su acción salvadora cicatriza nuestras heridas, reconforta nuestra debilidad y nos hace hombres nuevos. Secundemos la exhortación de San Pablo: «Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 9-10).

Acojamos como don este tiempo de gracia y hagámoslo tiempo para Dios. Busquemos lo esencial y dejemos tantas ocupaciones que llenan nuestra vida. En medio de nuestra agitada actividad, encontremos tiempo para Dios; que la inmediatez de las cosas no nos haga perder de vista lo importante y fundamental de nuestra vida. En este tiempo cuaresmal debemos dar prioridad a las cosas de Dios.

5. Entre las prácticas que el mismo Jesús nos ha invitado con su ejemplo (cf. Mc 1, 35; Mt 4, 2) y la Iglesia nos propone para este tiempo están, sobre todo, la oración, la limosna y el ayuno:

La oración implica dedicar tiempo a Dios, para escuchar su Palabra, para contemplar sus maravillas, para pedirle perdón, para alabarle y adorarle, para agradecer sus dones.

El ayuno contribuye a dar unidad a la persona, le ayuda a evitar el pecado y a progresar en la intimidad con el Señor. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2009).

La limosna significa compartir los bienes con nuestros hermanos y ayudarlos en sus necesidades, al estilo del buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, 15). Como dice San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3, 17).

Estas acciones han de hacerse secreto, para que Dios, nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompense (cf. Mt 6, 4).

Vivamos, pues, esta Cuaresma como tiempo para Dios, con oración, ayuno y limosna. Aprovechemos este tiempo cuaresmal como un camino hacia la Pascua de Cristo, para compartir con Él su pasión y resucitar con Él a una vida nueva.

¡Que la Virgen María, la Madre del Señor, nos ayude a vivir este tiempo de gracia como tiempo para Dios! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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