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Primera Eucaristía en el Seminario Diocesano (Málaga)

Publicado: 06/03/2009: 1711

PRIMERA EUCARISTÍA CELEBRADA EN EL SEMINARIO DIOCESANO

(Málaga, 6 marzo 2009)

Lecturas: Ez18, 21-28; Sal 129; Mt 5, 20-26.

 

1. Según el libro del profeta Ezequiel, los judíos estaban convencidos de que los pecados de los padres lo pagaban también los hijos. El profeta Ezequiel, sin embargo, trata de convencerles de que cada cual recibirá según su conducta: «¿Por qué andáis repitiendo este proverbio en la tierra de Israel: Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren la dentera?» (Ez 18, 2).

Ezequiel les decía a los judíos: «Si el malvado se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá» (Ez 18, 21). Y si el justo se aparta de los caminos del Señor, morirá (cf. Ez 18, 24).

Cada uno debe asumir su actitud y las consecuencias de sus actos. Los libros sapienciales se plantean el tema de la responsabilidad individual.

Un día, ante un ciego, los discípulos preguntaron a Jesús: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» (Jn 9, 2). Y ya conocemos la respuesta de Jesús: «Ni él pecó, ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3).

2. Para nosotros es clara la doctrina de la responsabilidad individual: el justo vivirá y el malvado morirá; si el justo deja de serlo, morirá; y si el malvado cambia su conducta y se convierte, vivirá.

Esta convicción nos manifiesta que nadie tiene la seguridad de salvarse. Nadie puede presumir, aunque se sienta llamado al sacerdocio, sea sacerdote u obispo, de tener la plena seguridad de su salvación. Además, la salvación es un regalo de Dios, que nos pide cada día actuar obedeciendo su voluntad.

El apóstol Pablo nos exhorta, en este tiempo cuaresmal, a estar siempre sobre aviso: «Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga» (1 Co 10, 12). Debemos, pues, tener cuidado y estar atentos a lo que hacemos. ¿Cuál es tu actitud ante el Señor, cada día? No vale decir: hoy hago una gran penitencia; hoy soy bueno; hoy me convierto; y mañana doy rienda suelta a mis apetencias o a mis gustos, aunque vayan contra la voluntad de Dios. Se nos pide, más bien, una conversión cotidiana.

3. Como ha dicho Ezequiel: Si uno fue bueno y ya no lo es, muere. Pero muere porque en él ya no está la vida de Dios. Y si antes estaba muerto y se convierte, ahora vive, porque permite que la vida de Dios esté dentro de él.

Hay unas consecuencias inmediatas de la conducta humana. Aunque haya un juicio final, hay también una inmediatez en esta vida. Si uno acepta a Dios en su vida; si uno intenta que su conducta sea adecuada a la voluntad de Dios, la vida divina se hace presente en su vida; la luz de Dios ilumina su vida.

Si alguien, con su misma conducta, está emborronando la imagen de Cristo dentro de él, y está poniendo oscuridad en su corazón, eso es ya una forma de muerte. Por ello, en la medida en que nosotros aceptamos o rechazamos la voluntad de Dios, estamos en vida o estamos en muerte.

4. Este es el camino cristiano y el camino cuaresmal. Vamos hacia la Vida; vamos hacia el encuentro definitivo con el Señor; pero, en cada Cuaresma el Señor nos invita a replantearnos cómo va nuestra vida y cómo estamos abiertos a la vida de Dios en nosotros.

Partiendo de Ezequiel, esta tarde el Señor nos invita a vivir. Y, ¿qué significa vivir? Abrirse a la presencia de Dios en nuestra vida; aceptar su palabra; aceptar su voluntad; vivir de acuerdo con su luz y su Verbo revelado, y no según mi palabra o mis deseos. Vivir de acuerdo con el Señor es vida; vivir de acuerdo con mi propia voluntad no es vida, sino vaciedad.

Le pedimos al Señor que nos ayude a hacer buen discernimiento; que nos ayude a seguirle a Él; a aceptarle cada día de nuestra vida, sin interrupción. El Señor quiere que cada día seamos como los justos, que viven de la fe y del amor de Dios. Esa es la invitación que el Señor nos hace esta tarde, a través de las palabras de Ezequiel.

5. Hoy celebro la Eucaristía con vosotros, por primera vez en el Seminario. No es el primer encuentro que tengo con vosotros, pero sí la primera Eucaristía.

Quiero dar gracias a Dios, en primer lugar, por vuestra presencia en el Seminario. Por la respuesta generosa, al menos provisional, que habéis dado a la llamada del Señor. Espero que este “sí” inicial, que es vida para vosotros, sea un “sí” cotidiano ininterrumpido durante toda vuestra vida.

Quiero agradeceros también a vosotros el “sí”, que habéis dado al Señor; es decir, vuestra generosidad y vuestra respuesta a la llamada del Señor.

6. No hemos de perder de vista que estáis en un tiempo de discernimiento y de formación. Por tanto, hay que ser muy honestos en el planteamiento vocacional. Nadie debe empeñarse en ser sacerdote; más bien hay que ponerse delante del Señor, con mucha humildad y preguntarse: “¿Me llama Dios al sacerdocio? ¿Me pide el Señor que me consagre en el ministerio sacerdotal?”

Esa es la gran respuesta que tenéis que dar vosotros, junto con los superiores. El discernimiento lo hace la Iglesia; no lo hacéis vosotros. Si os ha llamado o no el Señor, es la Iglesia quien lo va a decir. Vosotros debéis ser muy honestos y sinceros, exponiendo la verdad de vuestra vida.

El Señor es quien llama; la respuesta, en cambio, está en vuestras manos. Alguien podría hacerse el sordo a la llamada del Señor. En mi experiencia de trabajo vocacional recuerdo un joven, que me dijo: “Vengo aquí, porque ya no puedo más. He estado enterrando esta llamada del Señor desde que era niño y no he querido hacerle caso; pero es tan fuerte dentro de mí su llamada, que ya no puedo negarla más tiempo. Si el Señor me llama, quiero consagrarle mi vida”.

7. El profeta es llamado por Dios; la respuesta a esta llamada hay que hacerla con honestidad, sinceridad y fidelidad. El tiempo del Seminario es tiempo de discernimiento; al igual que la Cuaresma es tiempo de penitencia y de conversión. Doy gracias al Señor y os agradezco vuestra disponibilidad; os pido que hagáis un camino serio de discernimiento.

Cuando se dice que faltan vocaciones, suelo responder que no es cierto. La vocación es la llamada de Dios; y Dios sigue llamando siempre. La llamada del hombre a la santidad está siempre presente; y la vida consagrada no puede desaparecer en la Iglesia.

Llevamos dos mil años de historia de cristianismo; y, con altos y bajos, la Iglesia ha dispuesto siempre de sacerdotes, para celebrar el ministerio cristiano; sin sacerdotes no se puede celebrar este misterio. Habrá pocos o muchos; serán santos o no; pero los sacerdotes son necesarios y nunca han faltado en la Iglesia.

Dios sigue llamando hoy; os ha llamado a vosotros y sigue llamando a otros jóvenes. Hay muchos jóvenes que siguen recibiendo la llamada de Dios, pero no la escuchan, absortos en otros intereses; o no saben responder; o no quieren comprometerse.

8. Los seminaristas podéis ser una pieza clave en la pastoral vocacional, ayudando a otros jóvenes a discernir la llamada de Dios. Vosotros conocéis y sabéis tratar a los jóvenes de vuestra generación.

En este primer encuentro, además agradecer a Dios que os haya llamado y pedir que os mantenga en fidelidad, agradezco vuestra generosidad y os encomiendo la tarea de ser buenos instrumentos, para ayudar a otros a escuchar la llamada de Dios.

Volviendo a la lectura de Ezequiel, no podemos vivir de glorias pasadas. En Málaga tenemos al beato D. Manuel González, que hizo este Seminario. Aunque hayamos tenido pastores santos y grandes sacerdotes, no podemos dejar de trabajar en la viña del Señor. Él nos pide hoy a cada uno de nosotros, en este inicio del siglo XXI, que seamos santos y que respondamos con fidelidad a la llamada que Dios nos hace a la santidad y, tal vez, al sacerdocio; o mejor, a la santidad en el sacerdocio ministerial.

9. Pedimos la intercesión del beato Manuel y la de todos los santos malagueños. Pedimos, sobre todo, la intercesión de la Virgen María, Madre de los sacerdotes y de todos los fieles cristianos, a la que los seminaristas y los sacerdotes deben tener una especialísima devoción y amor.

La Virgenforma parte de nuestra fe y de nuestra religiosidad. Es algo esencial en la Iglesia; no es casual. Los santos pudieron existir o no; pero la Virgen forma parte del misterio cristiano; forma parte esencial de la Iglesia, como Madre de Jesucristo y de la misma la Iglesia.

Ella, con su maternal intercesión, cuida de sus hijos. Es necesario recurrir a Ella, como Madre de Cristo, nuestro Hermano, y Madre nuestra. La devoción a María debe formar parte de la religiosidad y de la devoción de todo fiel cristiano; más aún, de un seminarista o de un sacerdote. Este tema tendremos ocasión de desarrollarlo en otras ocasiones.

Terminamos, pues, pidiéndole al Señor que nos mantenga en la conversión de cada día y que nos ayude a ser fieles a la llamada, que Él ha hecho a cada uno de nosotros.

Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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