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Fiesta de los Santos Ciriaco y Paula, Patronos de la ciudad de Málaga (Parroquia Santos Mártires – Málaga)

Publicado: 18/06/2010: 2125

FIESTA DE LOS SANTOS CIRIACO Y PAULA
(Parroquia de los Santos Mártires Ciriaco y Paula-Málaga, 18 junio 2010)

Lecturas: Sab 3,1-9; Sal 125, 1-6; 1Ped 4, 13-19; Mt 6,19-23.

La vida de los justos está en manos de Dios

1. El libro de la Sabiduría, que hemos escuchado, nos ha recordado una verdad, que tenemos poco presente o tal vez olvidamos con frecuencia: «la vida de los justos está en manos de Dios» (Sb 3,1).

¿Quién es el justo? Según una corriente de pensamiento, que recorre la Biblia, el justo sería aquel que cumple íntegramente todos los mandamientos divinos. El justo sería quien se asemejase a Dios, en cuanto que es modelo de integridad en su función de conducir a su pueblo y de retribuir su conducta, castigando o recompensando las obras de los individuos.

 Pero tenemos experiencia (supongo que todos los presentes la tienen) de que no somos capaces de cumplir la ley entera; por tanto, la justicia no nos puede venir de ser buenos cumplidores de la ley.

San Pablo nos recuerda que la ley nos hace conocer el pecado: «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado» (Rm 3, 20).

Nuestros santos Patronos, Ciriaco y Paula, cuya solemnidad estamos celebrando, tampoco se justificaron por el cumplimiento de la ley. La ley es un simple pedagogo para llegar hasta Cristo: «Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, (…). De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe» (Gal 3, 23-24).

2. Pero, después de la llegada de Jesucristo, ya no se está bajo el dominio del pedagogo, sino que se inicia la etapa de la fe en Cristo, que justifica y salva: «Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gal 3, 25-26). El justo vive de la fe.

El cristiano, que ha sido revestido de Cristo en el bautismo (cf. Gal 3,27), goza de la vida divina, que inhabita en él; permanece como sumergido en la vida de Dios, que lo envuelve; reposa en los brazos de Dios, que le sostienen. Su vida está en manos de Dios, que lo hace su hijo, lo ama, lo cuida, le perdona su pecado, lo alimenta con el pan del cielo y le hace partícipe de su vida divina.

Esto es la vida de gracia, que, según San Pablo, se opone al pecado: «Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia» (Rm 6, 14).

El Espíritu de Cristo vivifica al cristiano, liberándole del pecado: «Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2).

3. La Iglesia, queridos hermanos, nos ofrece la lectura del libro de la Sabiduría en esta solemnidad litúrgica de los santos Ciriaco y Paula, mártires, Patronos de nuestra ciudad de Málaga, para que caigamos en la cuenta de lo necesario que es fiarnos de Dios y entender así que “la vida de los justos está en manos de Dios”.

Sin embargo, tenemos la tentación de pensar que nuestra vida la tenemos en nuestras manos; que somos los dueños de la misma, para hacer de ella lo que nos plazca; que podemos forjarnos un proyecto personal a nuestro antojo. Esta manera de pensar corresponde a una sociedad, que ha dado la espalda a Dios y, en su orgullo, piensa que puede vivir sin Dios. Pero nada más lejos de la verdad.

El justo es aquel que se deja guiar por Dios, su Padre y Creador. El pensamiento bíblico presenta también otra visión más profunda de la justicia, dándole un sentido más amplio y un valor más religioso. Considera que la integridad del hombre es tan solo el eco y el fruto de la justicia soberana de Dios, de la maravillosa delicadeza con que conduce el universo y colma a sus criaturas de bienes. Esta justicia puede ser alcanzada por la fe.

 4. Nuestros santos Patronos, Ciriaco y Paula, pusieron sus vidas en las manos de Dios y éste fue el único modo de no perderla; aunque aparentemente se la quitaron. Ellos no perdieron la vida, aunque un verdugo se la arrebatara.

 Nos decía el libro de la Sabiduría: «La gente insensata pensaba que morían» (Sb 3,2); lo piensan así quienes no tienen la sensatez de la sabiduría de Dios. Quienes ejecutaron a nuestros mártires, pensaban que la tierna vida de estos dos jóvenes llegaba a su término definitivo; pero ignoraban que seguían viviendo en Dios.

Los verdugos creían que hacían una gran hazaña, arrebatando la vida de estos jóvenes, pero no sabían que Dios les sostenía y que su vida se prolongaba hasta la eternidad: «Consideraban su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción» (Sb 3,2-3). Los asesinos pensaban que todo había terminado para los jóvenes cristianos; pero ellos gozan de la paz eterna en el paraíso (cf. Sb 3,3). ¿Dónde están ahora esos verdugos?; ¿quién conoce su nombre?; ¿qué recuerdo nos queda de ellos? Sin embargo, los santos Ciriaco y Paula continúan vivos; no sólo en nuestro recuerdo, sino que su vida permanece en verdad viva en las manos de Dios.

Los santos mártires Ciriaco y Paula dieron testimonio de su fe en Cristo Jesús. El Señor «los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto» (Sab 3,6). Sus vidas, escondidas en el regazo amoroso de Dios no se han perdido; el Señor los recibió en su seno de Padre.

Ahora ellos gozan de la gloria reservada a los santos. Como dice san Pablo: «Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rm 8,18). Y nosotros les rendimos hoy homenaje por la bravura de su acción y por la acertada actitud que tuvieron. Fueron hombres sensatos; encontraron el sentido de la vida. Los insensatos no lo encuentran y creen que su vida está en sus manos.

 5. El ejemplo de los santos mártires, Ciriaco y Paula, nos anima a vivir con mayor profundidad nuestra fe y a dar valiente testimonio de ella. San Pedro, en su primera carta, nos exhorta a ello: «Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis. Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor  y estad siempre dispuestos para dar razón de vuestra esperanza a todo  a quien os la pidiere» (1 Pe 3, 14-15).

Queridos malegueños, ¿estáis dispuestos a dar razón de vuestra fe en Cristo Jesús a quien os la pida? ¿Seríais capaces de explicar por qué creéis, por qué os fiáis de Dios y por qué ponéis vuestra vida, como nuestros Patronos, en las manos de Dios? ¿O tal vez os encontráis en el grupo de los “insensatos”, que no saben siquiera por qué viven? Espero que el Señor nos conceda a todos la “sensatez” y la sabiduría del creyente.

¡Que el Señor nos conceda ser testigos fieles de su grandeza y de su amor hacia los hombres! ¡Que seamos los santos del tercer milenio, como Ciriaco y Paula lo fueron en los inicios del siglo IV!

San Pablo, en su carta a los Romanos, nos anima a no tener miedo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?» (Rm 8, 35).

Pidamos a nuestros santos Patronos, Ciriaco y Paula, la gracia de saber poner nuestra vida en manos de Dios; de saber fiarnos de Él, que siempre cumple su Palabra; de ser generosos, ofreciendo nuestra vida al servicio de la Verdad y del Evangelio; y de renunciar a lo que nos impide seguir a Jesucristo.

¡Que la Virgen María, nuestra Madre, nos ayude a vivir con gozo el sabernos hijos de Dios y a poner en sus manos nuestra vida! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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