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Clausura del Año Sacerdotal y de la Ordenación de Presbíteros (Catedral-Málaga)

Publicado: 19/06/2010: 2057

Ordenación de presbíteros en la clausura del Año Sacerdotal en la Catedral de Málaga

ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS

EN LA CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL

(Catedral-Málaga, 19 junio 2010)

Año Sacerdotal: Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote

1. Muy queridos sacerdotes, estimados candidatos al presbiterado, que os acabáis de presentar ante la comunidad cristiana, presidida por el Obispo, profiriendo vuestro “sí” a la llamada del Señor; y querido fieles todos, que os unís a esta iglesia malacitana en su oración y acción de gracias a Dios por la consagración de nuevos presbíteros.

Con motivo del 150 Aniversario del “dies natalis” del santo Cura de Ars, Juan María Vianney, el Papa Benedicto XVI anunció la celebración de un Año Sacerdotal, que fue clausurado en Roma hace una semana por el Papa, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Nuestra Diócesis ha vivido con gozo este Año Sacerdotal, reflexionando sobre la figura de este gran santo y sobre el ministerio sacerdotal; rezando por los sacerdotes y por su santidad de vida; pidiendo al Señor de la mies que envíe operarios a su mies (cf. Mt 9, 38). Todos los fieles cristianos, sacerdotes, personas de especial consagración y laicos, hemos vivido un año especial de gracia, celebrando el don del ministerio sacerdotal, que Cristo regaló a su Iglesia. Quiero agradecer a todos la oración y la adoración eucarística de las comunidades cristianas con esta intención.

Hoy damos gracias a Dios por tantos dones, derramados en este Año Sacerdotal en nuestros corazones, que nos han hecho apreciar en mayor profundidad la riqueza del ministerio sacerdotal y vivirlo con más alegría.

Hemos querido hacer coincidir hoy la Clausura del Año Sacerdotal con la Ordenación de cuatro nuevos presbíteros para nuestra Diócesis malacitana. Damos gracias a Dios por este hermoso regalo, que su bondadoso amor nos ofrece.

2. El lema del Año Sacerdotal, que nos fue propuesto era: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”.El Santo Padre quiso señalar la importancia de la fidelidad en su doble vertiente: la fidelidad de Dios y la del sacerdote.

Por parte de Dios, se puede decir con verdad que Él nunca falla; Él es siempre fiel a su Palabra y a sus promesas. Como nos recuerda san Juan: «Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19). La fidelidad de Dios culmina en la donación total en la cruz de su Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote.

El corazón de Dios es fuente inagotable de amor y de compasión, que se derrama sobre la humanidad. Como dijo el Papa Benedicto en la inauguración del Año Sacerdotal: “Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo, que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito, para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado” (Benedicto XVI, Homilía de Inauguración del Año Sacerdotal,Basílica de San Pedro, 19.V.2009).

Cristo aceptó la voluntad de Dios-Padre y le obedeció con extrema fidelidad. Él cargó con los pecados de los hombres, como hemos escuchado en la lectura del profeta Isaías: «El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 5). Ésta es la fidelidad de Dios.

3. La fidelidad del sacerdote debe inspirarse, por tanto, en la fidelidad de Dios y nutrirse del amor divino; la fidelidad es ante todo un don de Dios; es una exigencia del amor; es un don, que, a su vez, se convierte en tarea.

La vida del Cura de Ars (1786-1859) resplandece por su santidad y es modelo de vida y de ascesis, de piedad y de celo pastoral para todos los sacerdotes. Sobresale su entrega a la predicación y a la catequesis; su amor a los pobres, que le llevaba a privarse de lo necesario para dárselo; su dedicación prolongada al sacramento de la Penitencia, que le hacía permanecer muchas horas diarias en el confesionario; su discernimiento de espíritu y la guía de almas; su amor a la Eucaristía, que alimentaba su caridad pastoral.

Quiero agradecer a todos los sacerdotes vuestra fidelidad a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, vuestra dedicación al ministerio, vuestra entrega diaria a las cosas de Dios, vuestro testimonio fiel de amor a Dios y a los hombres. ¡Que Dios, queridos presbíteros, os colme de sus bendiciones y llene vuestra alma de su alegría y de su amor!

4. En este Año Sacerdotal el Señor nos regala cuatro nuevos presbíteros. Damos gracias a Dios por tan gran regalo.

Estimados candidatos: Jesús-David, Antonio-Jesús, Hermán-Marcel  y Miguel-Ángel. Hoy vais a recibir el don del sacerdocio ministerial, para servicio de la Iglesia y de los hombres.

Uníos a los presbíteros, que hoy, con vosotros, quieren renovar su compromiso sacerdotal. Para vosotros será la primera vez; los presbíteros, en cambio, llevan varios años renovando con fidelidad el compromiso de su ordenación.

Renovamos nuestro sacerdocio, agradeciendo el don del ministerio sacerdotal. Lo renovamos, acudiendo a las fuentes del amor de Dios, gozando de su presencia y haciendo presencia, a la vez, en nuestro mundo del amor divino.

Renovamos nuestro sacerdocio ministerial, actualizando el Misterio pascual de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía. Recuerda san León Magno que "nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo sólo tiende a volvernos en aquello que recibimos" (Sermón12, De Passione 3, 7).

Al inicio de este Año Sacerdotal el Papa Benedicto XVI nos recordaba a los sacerdotes el ministerio centrado en la Eucaristía: “Que al ofrecimiento del cuerpo y de la sangre del Señor, que hacemos en el altar, se acompañe el sacrificio de nuestra existencia. Cada día, tomamos del Cuerpo y de la Sangre del Señor aquel amor libre y puro que nos hace dignos ministros de Cristo y testigos de su alegría. Es lo que los fieles esperan del sacerdote: el ejemplo, es decir, de una auténtica devoción a la Eucaristía; aman verlo transcurrir largas pausas de silencio y de adoración ante Jesús, como hacía el santo cura de Ars” (Homilía en la procesión del “Corpus Christi”, Roma, 11.VI.2009).

Renovamos también nuestro sacerdocio, queridos hermanos, purificando nuestras conciencias de las obras muertas, para rendir culto a Dios vivo (cf. Hb 9, 14). Lo renovamos, cambiando el corazón, despojándonos del hombre viejo y transformando el espíritu de nuestra mente (metanoia) (cf. Ef 4, 22-23). Lo hacemos cuando pedimos perdón al Señor en el sacramento de la Penitencia y ofrecemos también ese mismo perdón a nuestros hermanos.

5. El ministerio del sacerdote es un don de Dios, que hace presente el misterio transformador de la gracia divina. El Cura de Ars es un magnífico ejemplo de vida sacerdotal. En el Prólogo de una de sus mejores biografías, la de FrancisTrochu, dice nuestro querido Beato Don Manuel González: “Si la vida y acción de todo cura (y cuando cito ese nombre me refiero al que lo es ‘opere et veritate’) son siempre un misterio de poder en la debilidad, de riqueza en la pobreza, de influencia transformadora y vencedora en definitiva en la humildad y en el silencio, la vida y la acción de un cura santo, como el Cura de Ars, es misterio sobre misterio”.

El sacerdocio, queridos candidatos al presbiterado, no es un “oficio” sino un “sacramento”. El sacerdote actúa en nombre de Cristo, Cabeza y Pastor, representándolo sacramentalmente (cf. Pastores dabo vobis, 15). En la Homilía de Clausura del Año Sacerdotal decía el Papa Benedicto: “Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio»” (Vaticano, 12.VI.2010). 

El santo Cura de Ars decía: “¡Oh, qué grandeza es el sacerdote! Si lo comprendiera, moriría”.

Pero el ministerio sacerdotal va unido a la vida del presbítero, que se convierte en modelo para bien o en escándalo para mal. Advierte el Beato Manuel González, con su sencillez catequética: “Sí, creo con alegría y esperanza en el poder misterioso del Cura bueno, porque de él, directa o indirectamente, vendrán todos los bienes; y creo con miedo y horror en el poder del Cura malo, porque de él, por comisión, omisión, complicidad o castigo, vendrán todos los males sobre su pueblo”(Prólogo a la biografía El Cura de Ars). ¡Qué gran responsabilidad, queridos sacerdotes, por la misión que Dios pone en nuestras manos!

6. Al final de este Año Sacerdotal hemos de revisar cómo hemos ejercido nuestro ministerio; cómo hemos hecho presente el amor misericordioso de Dios; cómo hemos vivido la llamada a compartir el sacerdocio de Jesucristo; cómo hemos llevado a cabo la fidelidad en nuestro ministerio, a ejemplo de la fidelidad del Sumo Sacerdote.

Jesús os invita a permanecer en su amor (cf. Jn 15, 9). El Santo Cura de Ars resume el ministerio sacerdotal con una hermosa y conmovedora afirmación, recogida en el Catecismo de la Iglesia católica: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (n.1589).

Queridos candidatos al sacerdocio y estimados presbíteros, la Iglesia necesita sacerdotes, que representen sacramentalmente a Cristo. La presencia del sacerdote es necesaria, para el mantenimiento y desarrollo de las comunidades cristianas.

Con vuestro testimonio y alegría en el ministerio sed reclamo para los jóvenes, a los que Dios quiera llamar al sacerdocio. ¡Invitad a los jóvenes a vivir la gran aventura del sacerdocio! No os resignéis ante la ausencia de vocaciones. Creed firmemente que el Señor, si lo pedimos, nos dará vocaciones.

Vosotros, estimados fieles cristianos, sabéis que la vitalidad espiritual de una Diócesis, o de una comunidad cristiana, depende en gran medida de la vitalidad y santidad de sus sacerdotes. Por ello, os pido que siempre, pero especialmente en estos tiempos de inclemencia, arropéis y queráis a vuestros sacerdotes con vuestro afecto y estima. Son muy grandes los dones, que nos llegan a través de ellos. Rezad por ellos cada día. Ellos también os tienen presentes en su oración; pues como ha escrito también el Papa, “la oración es la primera tarea, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes, y el alma de la auténtica pastoral vocacional”.

Hoy es un gran día para nuestra iglesia malacitana. Agradecemos con gozo al Señor el regalo de cuatro nuevos presbíteros y la fidelidad de tantos sacerdotes, que siguen desempeñando su ministerio entre nosotros.

Pedimos a la Virgen, Santa María de la Victoria, nuestra Patrona, que proteja siempre a quienes hoy van a recibir el don del sacerdocio; que acompañe a todos nuestros presbíteros; y que cuide maternalmente de cada uno de ellos. Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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