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Salida de los jóvenes en peregrinación hacia Santiago de Compostela (Catedral-Málaga)

Publicado: 25/07/2010: 2328

SALIDA DE LOS JÓVENES EN PEREGRINACIÓN

HACIA SANTIAGO DE COMPOSTELA

(Catedral-Málaga, 25 julio 2010)

Lecturas: Hch 4, 33; 5,12.27-33; 12,2; Sal 66; 2 Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28.

Dialogar, orar y caminar con Cristo

1. Celebramos hoy la solemnidad litúrgica del Apóstol Santiago, Patrono de España; y en el marco de esta fiesta hacemos el envío de los jóvenes, que participarán en la Peregrinación a Santiago. Más de seiscientos jóvenes de nuestra Diócesis, irán a Santiago próximamente.

Queridos jóvenes, vais a emprender el camino, que os llevará hasta la tumba del Apóstol, donde celebraremos la Jornada Nacional de la Juventud, con otros jóvenes españoles y acompañados por los obispos.

Cuando se hace la peregrinación a Santiago, existe la posibilidad de ir certificando el paso por los distintos lugares, a través de un documento que es sellado en los controles por donde se pasa. O, al menos, se puede pedir este Certificado al final de la peregrinación, en el mismo Santiago de Compostela, acreditando de este modo, que se ha hecho la peregrinación. Ese documento ratifica y acredita la presencia del peregrino en Santiago.

Nosotros vamos a hacer otro documento, al inicio del camino. Deseo entregaros, figurativamente, un documento para vuestro viaje a Santiago. Se trata de un documento, que describe lo que vais a hacer en el camino. Al llegar a Santiago, simbólica y espiritualmente, lo entregaréis al Apóstol. Este documento os servirá para orientaros en vuestro camino de peregrinación. Como regla mnemotécnica lo llamamos “documento”, por estar compuesto por las tres primeras letras de esta palabra: es decir “D.O.C.”. Los jóvenes estáis acostumbrados a este término, que se usa con frecuencia en el ámbito de los ordenadores.

2. Con la primera letra “D”, os invito a “dialogar” con Cristo durante la peregrinación. El camino es propicio para el diálogo: con los amigos, con los compañeros de viaje, con los peregrinos con los que uno se encuentra, con jóvenes de otros lugares y naciones.

Se trata, sobre todo, de que “dialogues” con Cristo; procura tener con el Señor un encuentro personal. El Apóstol Santiago fue uno de los Doce Apóstoles, que esperaban el reino de Dios, deseosos de conocer al Mesías, cuya venida se anunciaba como inminente. “A los Apóstoles –comentaba el Papa Benedicto XVI–: “Les basta la indicación de Juan Bautista, que señala a Jesús como el Cordero de Dios (cf. Jn 1, 36), para que surja en ellos el deseo de un encuentro personal con el Maestro. Las palabras del diálogo de Jesús con los primeros dos futuros Apóstoles son muy expresivas. A la pregunta: «¿Qué buscáis?»; ellos contestan con otra pregunta: «Rabbí –que quiere decir Maestro–, ¿dónde vives?». La respuesta de Jesús es una invitación: «Venid y lo veréis» (cf. Jn 1, 38-39). Venid para que podáis ver” (Benedicto XVI, Audiencia, Los Apóstoles testigos y enviados de Cristo, Vaticano, 22 marzo 2006).

Con este texto el Papa Benedicto nos invita a un encuentro y a un diálogo personal con Cristo. “La aventura de los Apóstoles comienza así, como un encuentro de personas que se abren recíprocamente. Para los discípulos comienza un conocimiento directo del Maestro. Ven dónde vive y empiezan a conocerlo. En efecto, no deberán ser anunciadores de una idea, sino testigos de una persona. Antes de ser enviados a evangelizar, deberán "estar" con Jesús (cf. Mc 3, 14), entablando con él una relación personal. Sobre esta base, la evangelización no será más que un anuncio de lo que se ha experimentado y una invitación a entrar en el misterio de la comunión con Cristo (cf. 1 Jn 1, 3)” (Benedicto XVI, Audiencia, Los Apóstoles testigos y enviados de Cristo, Vaticano, 22 marzo 2006).

Os invito, queridos jóvenes, a que escuchéis la voz del Maestro; a que hagáis silencio interior; a que contempléis a Cristo.

Estamos arraigados en la tradición apostólica. El Apóstol Santiago es columna de nuestra fe. Nosotros podemos ser fieles a la tradición eclesial, manteniendo pura la fe, que nos transmitieron los Apóstoles y discípulos del Señor.

Si no hay un diálogo y un encuentro personal con Cristo, ¿cómo podemos hacer experiencia de Él?; ¿cómo podemos ser cadena de transmisión, para que otros conozcan a Jesús?

Es necesario hacer silencio en el camino; y, dentro de ese silencio, entablar un diálogo con el Señor. Nosotros podemos ser, también, cadenas de transmisión de la fe de la Iglesia y testigos ante los hombres del amor de Dios.

3. Con la letra “O” os invito a la “orar” con Cristo. El camino de peregrinación te permite gozar de mucho tiempo de silencio; pero no puede ser un silencio “vacío”. Sabéis que hay religiones que pretenden “vaciar la mente”, para hacer desaparecer la tensión interior. El cristianismo pretende otra cosa; se trata de hacer un silencio de escucha, un silencio de atención, un silencio dialogante, un silencio lleno; es un silencio de presencia del Otro, que llena todo mi ser. El encuentro personal con el Señor se realiza en un clima de oración.

¿Qué tipo de oración? En primer lugar, una oración contemplativa: contemplad las huellas de Dios en la naturaleza, en las personas y en los acontecimientos; contemplad a Cristo, que os acompaña. Si hacéis silencio interior, seréis capaces de escuchar sus pasos, que acompañan vuestros pasos. Ya sabéis lo que le ocurrió a uno, que caminaba junto a Jesús y podía ver sus huellas en el camino, junto a las suyas propias. Continuando el camino, llegó un momento en que sólo veía unas huellas y no encontraba las de Jesús; entonces quedó triste, pensando que Jesús lo había abandonado. Pero siguió su camino con esperanza. Al final del camino, le preguntó a Jesús: “¿Dónde estabas? ¡A mitad del camino me abandonaste! Precisamente cuando yo sentía más cansancio, cuando estaba más agotado, cuando me faltaban las fuerzas, desapareciste; no encontraba ya tus huellas”. Pero el Señor le contestó: “Tú veías sólo unas huellas, pensando que eran las tuyas; pero, en realidad no eran las tuyas, sino las mías; y sólo había unas huellas, porque yo te llevaba en brazos”.

Cuando en el camino encontréis dificultades, cuando sintáis el cansancio, cuando creáis que vuestro corazón está vacío, pensad que Cristo camina con vosotros; mantened la oración de contemplación; haced presencia del Señor en vuestro corazón; meditad los Salmos, que son las palabras que Dios quiere que le dirijamos; alabad y cantad al Señor cánticos e himnos inspirados (cf. Ef 5, 19); pedidle perdón a Dios de vuestros pecados; pedidle fuerzas para el camino. ¡Que vuestro caminar se convierta en una oración. 

4. Y, finalmente, con la letra “C” del D.O.C., os invito a “caminar” con Cristo. Las dificultades del camino: los obstáculos, el cansancio, el sufrimiento no deben paralizaros, sino activar vuestro deseo de avanzar. En un texto precioso de un autor espiritual, se nos dice: No te quedes parado, contemplando los bellos paisajes y olvidándote de la meta, hacia la que te diriges. No te quedes en la cuneta; camina, muévete, vive. Mira a los demás; no te contemples a ti mismo, porque hay personas que necesitan tu ayuda.

El Papa Benedicto XVI recordaba a los jóvenes, en un domingo de Pascua, que Jesucristo es nuestro Rey: “Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad” (Benedicto XVI, Homilía en el Domingo de Ramos, 1 abril 2007).

¡Queridos jóvenes, haced el camino de Jesús! No hagáis caminos personales; no os salgáis del camino verdadero. Quien deja el camino de la peregrinación se extravía geográficamente; pero quien deja el Camino de Jesús, se pierde espiritualmente. Hacer el camino de Santiago es hacer el camino de Jesús: seguir a Jesús como Camino. Cristo es nuestro Camino (cf. Jn 14, 6). Nuestro "sí" a Jesús significa nuestra disponibilidad a ir con él, a dondequiera que nos lleve. El “seguimiento de Cristo” implica toda la existencia cristiana.

El Papa Benedicto nos recuerda: “Al inicio, con los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro, dejarse guiar totalmente por él. Así, el seguimiento era algo exterior y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con qué vivir, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro. Estar a su disposición había llegado a ser ya una razón de vida. Eso implicaba renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios” (Benedicto XVI, Homilía en el Domingo de Ramos, 1 abril 2007).

Lo que acabamos de describir se refería a los apóstoles y discípulos, que siguieron a Jesús por tierras de Palestina. Pero, ¿qué significa para nosotros? ¿Qué significa hacer el camino de Santiago, recorriendo el camino que es Jesús? Todo esto me exige que ya no pueda estar encerrado en mí mismo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente a Cristo, por amor. Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya mi profesión y mi éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. “Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en persona. Siguiéndolo a él, entro al servicio de la verdad y del amor. Perdiéndome, me encuentro” (Benedicto XVI, Homilía en el Domingo de Ramos, 1 abril 2007). Como dice el mismo Jesús en el Evangelio: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35).

5. La madre de los hijos de Zebedeo se acercó al Señor con sus hijos y le hizo una petición: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino» (Mt 20, 21).

Jesús replicó, refiriéndose a los Zebedeos: «¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» (Mt 20, 22). Queridos jóvenes, esta pregunta nos la dirige hoy el Señor de otra forma: “¿Estáis dispuestos a renunciar a vosotros mismos, para encontraros con Cristo y encontrar en él el sentido de vuestra vida? ¿Estáis dispuestos a ser testigos del Señor, como lo fue el Apóstol Santiago y los demás Apóstoles, renunciando a vosotros mismos? ¿Estáis dispuestos a beber la copa del Señor, sabiendo que él lo ha bebido primero?

Jesús contestó a los hijos de Zebedeo: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20, 23).

Y termina diciendo: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20, 26-27). Cristo no ha venido a ser servido, sino a servir  (cf. Mt 20, 28). El que quiera hacer el camino de Santiago y seguir el camino de Cristo debe estar dispuesto a ser el servidor y el testigo. Queridos jóvenes, ¿estáis dispuestos a comenzar el camino de Santiago con esta actitud y disponibilidad?

Cuando lleguéis a Santiago le entregáis al Apóstol vuestro documento (D.O.C.) de haber dialogado con Cristo, de haber orado con Cristo y de haber caminado con Cristo. Seguramente encontraréis de este modo un mayor y más profundo sentido a vuestra vida. Así os lo deseo y así lo pido a Dios.

¡Que el Señor os bendiga y que el Apóstol Santiago os proteja! ¡Que la Virgen de la Victoria, nuestra Patrona, cuide de vosotros en el camino de Santiago, que es un camino físico, pero sobre todo es un camino espiritual! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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