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Acción de gracias por la Beatificación de Fray Leopoldo (Catedral-Málaga)

Publicado: 19/09/2010: 2269

ACCIÓN DE GRACIAS CON MOTIVO

DE LA BEATIFICACIÓN DE FRAY LEOPOLDO

(Catedral-Málaga, 19 septiembre 2010)

Lecturas: Am8, 4-7; Sal 112; 1 Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13.

Fray Leopoldo, hombre de Dios y hermano de los pobres

1. La Beatificación de nuestro paisano Fray Leopoldo es una ocasión para dar gracias a Dios por este gran acontecimiento eclesial. La diócesis de Málaga se alegra y da gracias al Señor, porque un paisano nuestro ha sido proclamado “beato”. La hermosa ceremonia tuvo lugar el pasado domingo en Granada, en el aeropuerto de Armilla.   Miles de fieles acudieron desde toda Andalucía y de otros lugares, para participar en la celebración litúrgica, presidida por el Prefecto de la Congregación vaticana de las Causas de los Santos, como delegado del Papa, y concelebrada por varios obispos y muchos sacerdotes.

2. Como hemos escuchado en la lectura de la carta de Pablo a Timoteo, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). En Fray Leopoldo de Alpandeire se cumplió esta voluntad divina. Siendo un hombre con poca formación intelectual, llegó a la cima de la sabiduría y al conocimiento de la verdad.

El libro del Eclesiástico narra la búsqueda de la sabiduría por parte de un creyente: «Cuando aún era joven, antes de viajar por al mundo, busqué sinceramente la sabiduría en la oración» (Eclo 51 13). Nuestro paisano inició la búsqueda de Dios desde su tierna infancia y su corazón fue creciendo en sabiduría y madurando en sabrosos frutos de amor a Dios y al prójimo. Con su vida dio testimonio de la Verdad, anunciando a Jesucristo como el único «mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5).

3. La vida de Fray Leopoldo es una confirmación de la palabra de Pablo: «Dios ha elegido lo necio del mundo para confundir a los sabios, y lo débil del mundo escogió Dios para confundir a los fuertes. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios y lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se pueda gloriar en presencia de Dios» (1 Co 1, 27-29).  El santo transparenta en su vida la santidad de Dios, dejando resplandecer la belleza divina a través de sus palabras y acciones. La santidad redunda también en beneficio de los demás y no sólo en provecho propio. Decía un genio de la música, Gounod, que “una gota de santidad vale más que un océano de genio”.

Los santos son hombres verdaderos, auténticos, plenamente realizados, que han dejado una huella duradera y un recuerdo dichoso en la historia. Quienes conocieron a Fray Leopoldo, cristianos y no creyentes, pudieron apreciar la riqueza de su vida y de sus virtudes; todos se enriquecieron de la santidad, que manaba de su alma.

La sabiduría de Dios, que es la que vive el cristiano, le hace ser más sabio que cualquier otro sabio del mundo. Sintonizar con la Sabiduría divina es llegar al conocimiento de las cosas, de Dios y de los hombres.

4. La llamada a la santidad está presente en toda la Sagrada Escritura. El Señor nos invita a todos a la santidad; y quien lo hace es tres veces Santo: «Seréis santos, porque yo soy santo» (l Pe 1, 15-16); por ello debemos buscar con todo ahínco la santidad. Por ello debemos buscar, con todo ahínco, la santidad.

El Concilio Vaticano II retoma esta idea y nos recuerda que todos en la Iglesia están llamados a la santidad, que se manifiesta en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles: “Se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos” (Lumen gentium 39). Así lo vivió Fray Leopoldo.

5. La santidad puede conllevar fenómenos extraordinarios, pero no se necesario que los realice; “santo” no se identifica con “milagrero”. En la vida del Beato Leopoldo, sencilla y humilde, como en la de tantos otros santos, no se registran hechos prodigiosos (éxtasis, visiones, milagros); y, sin embargo, la gente percibía en él una intensa presencia de Dios.  La santidad es ante todo un don, una gracia; y es obra de la Trinidad: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 11).

El santo es quien ha respondido fielmente a esta gracia divina y ha permitido que el Espíritu Santo penetre en su alma y la transforme, según la imagen de Jesucristo recibida en el bautismo. Todos los cristianos hemos recibido la imagen de Cristo. ¡Cuidémosla, sin emborronarla ni desfigurarla con nuestro egoísmo y nuestro pecado!   

6. En una semana de diferencia han sido beatificadas tres personas distintas: Fray Leopoldo, el pasado domingo en Granada; ayer en Sevilla madre María Purísima, de la Congregación de las Hermanas de la Cruz, que fue la séptima superiora general durante casi veinte años y murió tan sólo hace doce años; y hoy mismo, en Birmingham (Inglaterra), el Papa Benedicto XVI declaraba beato al Cardenal Henry Newmann (), que fue anglicano y se convirtió al catolicismo. Tres personas muy distintas; pero todos ellos han sabido percibir la “sabiduría de Dios”. Newmann fue un intelectual; y madre María Purísima tuvo una esmerada educación, llegando a hablar cuatro idiomas.

En cualquier estado y condición el Señor nos llama a todos a la santidad; por tanto, también a ti y a mí Dios nos llama a la santidad; a ser fieles a su voluntad.

7. Podríamos decir que la santidad en Fray Leopoldo se expresa fundamentalmente en dos dimensiones: en primer lugar, como hombre de Dios; y, después, como hermano de los pobres.

Como hombre de Dios su existencia estaba escondida en Dios, mediante la oración, la penitencia y la contemplación de las cosas divinas. Preparaba con esmero la celebración de la Eucaristía; solía estar largos ratos adorando al Santísimo Sacramento; allí desahogaba su corazón al Señor, contándole las alegrías y las penas vividas en ese día; allí intercedía por las personas, con las que se había encontrado en sus andanzas durante la jornada; allí acrisolaba su alma, purificándola de los apegos de este mundo; allí pedía luz y fuerza, para seguir dando testimonio del amor de Dios entre los hombres. Sin esa cercanía a Dios no le hubiera sido posible realizar los gestos de amor a los hermanos.

¿Cómo va nuestra cercanía, nuestra sintonía, nuestra oración con Dios? Porque eso es la base de toda vida cristiana.

Lo extraordinario de su vida está en la cotidianidad de su oración y de su servicio. Nuestro Beato no busca ser noticia, ni tener renombre; por el contrario le pesa cuando hablan bien de él. Es el estilo evangélico, que realiza las cosas sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha (cf. Mt 6, 3). Él es feliz cuando es ignorado, cuando lo dejan de lado, porque sólo le basta saber que su nombre está escrito en los cielos (cf. Lc 10, 20). Muchas anécdotas de su vida, llamadas también “Florecillas”, manifiestan esta actitud de hombre de Dios, humilde y sencillo, al estilo de su Fundador San Francisco de Asís.

8. Como hermano de los pobres Fray Leopoldo pone todas sus energías en el servicio a los hermanos. Sabe acercarse con amor y comprensión, para atender al necesitado, al pobre, al enfermo, al desamparado, al anciano; lo socorre no sólo con bienes materiales, sino con su afecto.

Nuestro Beato aprendió con diligencia la lección del buen samaritano de la parábola evangélica: «acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le  llevó a una posada y cuidó de él»  (Lc 10, 34). Así hizo Fray Leopoldo: se compadecía de las miserias de los demás. Es decir, sabía padecer con;sabía sintonizar con el dolor del prójimo.

Muchas anécdotas a este respecto han contado los testigos en el proceso de beatificación: dar sus alpargatas o sus zapatos a quien no tenía calzado; dar su vestido a quien lo necesitaba; dar su dinero, que acababa de ganar con el sudor de su frente en la vendimia en Jerez de la Frontera. Y después, ya de capuchino en Granada, no sólo pedía para el convento, sino para socorrer a los necesitados.

9. En todas las sociedades ha existido mucho egoísmo e individualismo; tampoco falta en la nuestra, por desgracia; cada cual busca su propio bien, aunque esto suponga daño para el prójimo. Hemos escuchado que el profeta Amós arremete contra los que pisotean al pobre y oprimen a los humildes de la tierra, falsificando las balanzas y haciendo fraude en las medidas (cf. Am 8, 4-7). Todo lo contrario de lo que hacía Fray Leopoldo, quien socorría caritativamente las necesidades de los pobres y ayudaba a los de condición humilde.

Todos los cristianos debemos ser la prolongación de la mano bondadosa de Dios, que da generosamente para todos. Ningún ser humano debe quedar excluido de los bienes necesarios, para vivir con dignidad. Mientras haya una persona en el mundo, que no tenga lo necesario para vivir, no podemos estar tranquilos ni cruzarnos de brazos; no podemos retener lo que decimos que es “nuestro”, porque nos lo ha regalado Dios  y es de todos.

10. Fray Leopoldo sabía perfectamente que no existe cruz solitaria, porque donde hay sufrimiento está Cristo; cuando alguien padece, es Cristo quien sufre. Por eso tomaba el dolor como un instrumento de trabajo. Para él, el Señor y el prójimo forman una unidad estrecha: ama a Dios en el prójimo y ama al prójimo en Dios. El amor concreto de Fray Leopoldo por el Señor y por el prójimo no conoce distinciones; muestra especial cariño con los pequeños, con los enfermos y con los pobres. Existen al respecto muchos gestos suyos de caridad.

En la cripta de la iglesia de los Capuchinos en Granada se puede contemplar una obra artística del religioso capuchino Hugolino de Belluno, que ha tratado de expresar los rasgos más relevantes de la vida y de las virtudes de Fray Leopoldo mediante una serie episodios, como la de un “pobre evangélico”.

Fray Leopoldo optó por el servicio a Dios en los pobres, renunciando a servir al poder y al dinero, como nos ha dicho el Evangelio de hoy: «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc16, 13). Nos encontramos ante una elección: o servimos a uno, o servimos a otro; pero a los dos es imposible.  Damos gracias hoy al Señor por el regalo de su Beatificación de Fray Leopoldo de Alpandeire y pedimos su intercesión, para que sepamos ser, como él, hombres de Dios y hermanos de los pobres.

¡Que Santa María de la Victoria nos ayude con su maternal protección! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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