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Misa Crismal (Catedral-Málaga)

Publicado: 20/04/2011: 2270

MISA CRISMAL

(Catedral-Málaga, 20 abril 2011)

Lecturas: Is 61, 1-3.6-9; Sal 88; Ap 1, 5-8; Lc 4, 16-21.

 

1. El texto evangélico de san Lucas, proclamado hoy en la liturgia de la Misa Crismal, presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo el libro del profeta Isaías y explicando su sentido: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

En el pueblo donde el Maestro se había criado y crecido, desde su infancia, instruye a sus paisanos sobre la acción salvadora de Dios para con el pueblo de Israel. El anhelo de libertad y de paz se cumple con la presencia del Mesías; la Buena Nueva de salvación no sólo es anunciada y proclamada de modo profético, sino que se cumple realmente con la llegada del Ungido de Dios.

Jesús, enrollando el volumen de Isaías lo devolvió al ministro, se sentó y proclamó de modo solemne: «Hoy se cumple esta Escritura, que acabáis de oír» (Lc 4, 21). Él es el cumplimiento de las promesas, que Dios hizo a su amado pueblo, a la heredad que cultivó con tanto primor.

2. En muchas ocasiones el pueblo que el Señor sacó de Egipto, con mano firme y poderosa (cf. Ex 13, 9), había sido amenazado de exterminio por el mismo Dios, o por los pueblos circunstantes, a causa de su mala conducta. Pero la oración ferviente de los intercesores, Moisés (cf. Nm 14, 19, Dt 9, 26), Ester (cf. Est 4, 17), Salomón (cf. 1 Re 8, 30-34) y los profetas (cf. Dn 9, 19), impidió el cumplimiento de esa amenaza, como nos recuerda el profeta Joel: «Perdona, Señor, a tu pueblo, y no entregues tu heredad al oprobio» (Jl 2, 17).

Somos, como ha dicho el profeta Isaías: sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios(cf. Is61, 6). La misión, cuyo cumplimiento proclamó Jesús en la Sinagoga de Nazaret, se perpetúa en el ejercicio ministerial de los sacerdotes. Hoy sigue realizándose la Buena Nueva de salvación en el nuevo pueblo de Dios, en la nueva heredad del Señor, a la que los sacerdotes servimos.

Jesucristo nos invita hoy a todos los sacerdotes, que ejercemos nuestro ministerio representándole como Cabeza y Pastor, según palabras del Papa Juan Pablo II (cf. Pastores dabo vobis, 15), a cuidar con solicitud del pueblo, que nos ha encomendado: se trata de su pueblo, de su heredad, de aquéllos por los que Él, Buen Pastor, ha dado la vida (cf. Jn 10, 11). El pueblo, a quien servimos, es hijo de Dios.

3. El Concilio Vaticano II nos ha recordado que la misión de los sacerdotes es edificar la Iglesia; en esta tarea los presbíteros “deben comportarse, no según el beneplácito de los hombres, sino conforme a las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana, enseñándoles y amonestándoles como a hijos amadísimos, según las palabras del Apóstol: «Insiste a tiempo y a destiempo, arguye, enseña, exhorta con toda paciencia y doctrina»(2 Tm, 4, 2 )” (Presbyterorum ordinis, 6).

Los grandes cambios sobrevenidos en la sociedad en el último tercio del siglo XX, que han influido en la vivencia de la fe y en la tarea de la transmisión de la misma, y la permanencia al mismo tiempo de ciertas formas de religiosidad, ancladas a un estilo de sociedad mayoritariamente católica, han llevado a una desazón interior de quienes trabajan en el campo pastoral y han hecho necesario plantearse un modo nuevo de realizarlo, como nos exhortaba el Papa Juan Pablo II al hablar de la “nueva evangelización”, adoptando nuevos métodos y nuevo ardor (cf. Discurso a los Obispos de Méjico con motivo de la Visita “ad limina Apotolorum”, Vaticano, 2 [11 de junio de 1994]).

Siguiendo estas exigencias en aras de la edificación de la Iglesia, nuestra Diócesis malacitana está inmersa en un proceso de renovación, que abarca diversos ámbitos pastorales.

4. En primer lugar, hemos emprendido la delicada tarea de replantear una catequesis infantil, más adecuada a las circunstancias de nuestro tiempo. No resulta fácil cambiar de método y de estilo pedagógico, cuando se ha utilizado durante varias décadas.

Deseo expresar mi más cordial felicitación a todos los presbíteros, porque os habéis implicado en primera persona para llevar adelante esta renovación. Tras las primeras reticencias, muy normales en estas circunstancias, os habéis puesto en manos del Espíritu y os habéis lanzado a la aventura, confiados en la gracia del Señor y apoyados en los hermanos del Presbiterio diocesano. También quiero agradecer la colaboración desinteresada de tantos colaboradores y catequistas, que han secundado a sus pastores y han aceptado el reto de esta renovación. ¡Enhorabuena a todos!

5. En segundo lugar, estamos inmersos también en la institución del catecumenado, cuyo decreto firmaré, Dios mediante, el próximo Domingo de Pascua. Son cada día más, gracias a Dios, los adultos no bautizados en su infancia, que piden el bautismo y aceptan a Jesucristo como su Señor y Dios.

La iniciación cristiana de adultos es un gran reto para nuestra iglesia particular. Hay que tener en cuenta que la ignorancia religiosa de un buen número de nuestros fieles, la separación entre fe y vida, es decir, la desconexión entre la práctica religiosa y la conducta moral, la debilidad de la presencia de los católicos en la sociedad y la escasez de vocaciones a la vida consagrada a Dios, ponen de manifiesto las dificultades.

Al igual que os pedí paciencia al inicio de la renovación catequística de los niños, solicito ahora vuestra comprensión y constancia. De nuevo agradezco vuestro buen hacer en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

El anuncio del Evangelio en nuestra sociedad no es tarea fácil; pero contamos con la fuerza del Espíritu Santo y con la maternal y poderosa intercesión de la Virgen Maria. ¡No desfallezcáis en esta hermosa misión, sino más bien manteneos firmes y constantes en ella!

6. Tenemos ante nosotros otros retos pastorales, que nos exigen una atención especial, dada la importancia y la repercusión que tienen en nuestra sociedad. La falta de vocaciones a la vida consagrada nos plantea serios problemas en el cuidado de las comundades cristianas; es necesaria cada día más una mejor atención pastoral a la familia, tanto en la preparación al matrimonio como en el devenir de la vida familiar; la defensa y protección de la vida humana en todas las fases de su desarrollo y existencia, es una tarea que requiere nuestro esfuerzo.

En el presente año pastoral estamos ya implicados de modo especial en el acompañamiento de los jóvenes en su vida de fe y en la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, el próximo agosto. Quiero dar sentidas gracias por vuestra dedicación en este campo y por las iniciativas, que se han llevado a cabo para obtener tan hermoso objetivo.

En orden a vivir mejor la fraternidad eclesial y a manifestarla de manera más clara, estamos también revisando los criterios del ordenamiento económico de la Diócesis. Espero que, después de acordarlos y consensuarlos, sean bien acogidos por todos y podamos llevarlos a la práctica de manera pacífica y fraternal.

7. Todos estos retos pastorales, que estamos abordando y otros más que no enunciamos ahora, son expresión de nuestra voluntad de construir la Iglesia en la unidad, como nos recuerda el Concilio: “Los presbíteros se configuran a Cristo Sacerdote como miembro con su Cabeza, para la estructuración y edificación de todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del orden episcopal” (Presbyterorum ordinis, 12).

Se trata de realizar una obra conjunta en nuestra iglesia particular malacitana; una obra única, en la que todos, fieles cristianos laicos, religiosos y sacerdotes, colaboran armónicamente y trabajan en la implantación del Reino de Dios y en la actualización de la profecía que se ha cumplido en Jesucristo, como nos ha recordado el Evangelio: «Hoy se cumple esta Escritura, que acabáis de oír» (Lc 4, 21).

La celebración de la Misa Crismal, con todo el presbiterio unido a su Obispo, es expresión de la unidad eclesial. Pero la unidad del presbiterio debe manifestarse también en la coordinación pastoral. Es necesaria la unidad en el apostolado, para llevar adelante la misión que el Señor nos confía.

8. En breves momentos los presbíteros renovaréis las promesas sacerdotales, apoyados por la oración de todos los fieles, a quienes agradezco su presencia, su ayuda y su estímulo.

Cada uno de nosotros conoce mejor que nadie sus propias limitaciones y sus infidelidades al Señor en el ministerio sacerdotal; pero Él nos ama, a pesar de todo, y sigue confiándonos la misión de representarle ante los demás fieles.

Queridos presbíteros, os agradezco de corazón vuestra entrega generosa y diaria en el fiel cumplimiento del ministerio sacerdotal.

Quiero agradecer, estimados religiosos y laicos, vuestra presencia, vuestra oración y vuestra colaboración en las tareas pastorales. Vuestra participación en esta celebración de la Misa Crismal es un estímulo y un apoyo para nuestra tarea.

Pidamos a Dios que la celebración del Triduo Pascual nos sumerja a todos en el misterio de Cristo y que salgamos renovados, con ardiente deseo de vivir la alegría pascual. ¡Que el Señor nos conceda a todos permanecer unidos a Él!

¡Que la Santísima Virgen María y los santos sacerdotes de todos los tiempos intercedan por nuestro Presbiterio y por cada uno de nosotros, para que vivamos cada día con fidelidad plena y gozosa nuestro compromiso bautismal y nuestra misión en el ejercicio del ministerio sacerdotal! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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