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Ordenación de presbíteros (Catedral-Málaga)

Publicado: 23/06/2012: 1966

ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS

(Catedral-Málaga, 23 junio 2012)

Lecturas: 2 Cro24, 17-25;Sal88; Hch20, 17-18.28-32.36; Mt 6, 24-34.

1. Estimados hermanos en el Episcopado, queridos presbíteros, amados diáconos Serafín y Mariano, que vais a recibir el sagrado orden del presbiterado, fieles todos.

Según el libro de los Hechos san Pablo envió desde Mileto recado a Éfeso, para que vinieran los presbíteros de la Iglesia(cf. Hch20, 17). Una vez reunidos, les dijo: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes, para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo» (Hch20, 28). Supongo que los presbíteros, al oír estas  de Pablo, valorarían su significado tan importante y asumirían con gran responsabilidad y temor la tarea que les pedía.

El Señor os coloca hoy, queridos Serafín y Mariano, como pastores de su rebaño, para que lo cuidéis, lo alimentéis y le proporcionéis los cuidados que necesite. Tened en gran aprecio esta grey, porque ha sido adquirida con la sangre de Jesús (cf. Hch 20, 28); es su propiedad, no la vuestra; y es también el encanto de sus ojos. Él ama a sus ovejas infinitamente más que nosotros. Esto puede darnos mucha confianza en el ejercicio de nuestro ministerio.

2. En vuestra tarea no van a faltar las dificultades y las pruebas, como anuncia san Pablo a los presbíteros: «Yo sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño» (Hch20, 29). Se refiere el apóstol a personas extrañas a la comunidad cristiana, que intentan destruir la Iglesia. El pastor debe defender a sus fieles de la ferocidad de estos lobos depredadores, que siempre existen.

Pero también debe estar atento a las insidias y ataques, que puedan producirse dentro mismo de la comunidad, como dice Pablo: «Incluso de entre vosotros mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos en pos de sí» (Hch20, 30). Se refiere a la perversión de la sana doctrina, que algunos puedan exponer; partiendo de métodos equivocados, o no usados adecuadamente, se puede llegar a una desviación doctrinal o a una herejía.

Vuestro servicio implica también desenmascarar estas posiciones doctrinales, que se alejan de la verdadera fe de la Iglesia y hacen daño al rebaño de Cristo.

Como san Pablo, deseo encomendaros a Dios y a su palabra de gracia, «que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia con todos los santificados» (Hch20, 32). En el Rito de la Ordenación le pedimos a Dios que lleve a feliz término lo que él ha comenzado. Ésa es mi plegaria hoy por vosotros y por todos los presbíteros de nuestra Diócesis. ¡Que Él os mantenga en la fidelidad al servicio, que nos ha encomendado!

3. El segundo libro de las Crónicas, que hemos escuchado, narra la valentía de Zacarías, hijo del sacerdote Yehoyadá, que fue capaz de denunciar la conducta de su pueblo, cuando se apartaba de los mandamientos de Dios y adoraba los falsos dioses (cf. 2 Cro24, 17).  El rey Joás y los jefes del pueblo, descontentos con esta denuncia, mataron a Zacarías apedreándolo en el atrio del templo (cf. 2 Cro24, 21).

A veces resulta arriesgado para el profeta, o para el sacerdote, denunciar una conducta desviada del pueblo en medio del cual vive. Pero el cumplimiento de la misión encomendada está por encima de los miedos y de los riesgos, que hay que correr, aún con peligro de ser rechazado o de perder la propia vida; así han dado testimonio tantos santos a lo largo de la historia de la Iglesia. El servicio al pueblo de Dios exige, a menudo, intrepidez y valentía, para comunicar el mensaje evangélico. Pero Dios no abandona a su servidor. Las palabras de Zacarías se cumplieron: Al año siguiente un pequeño ejército de arameos invadió Judá y Jerusalén y exterminó a todos los jefes del pueblo, enviando el botín al rey de Damasco (cf. 2 Cro24, 23). Ellos abandonaron al Señor y éste les abandonó a ellos.

 El sacerdote tiene la seguridad de que la mano de Dios está con él y que su fuerza le sostiene. Queridos candidatos al presbiterado, cuando os veáis en situaciones difíciles, confiad en el Señor, que siempre estará a vuestro lado y os sostendrá en la misión confiada.

4. El Señor Jesús, según el Evangelio de Mateo, expone la imposibilidad de servir a dos amos a la vez: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero»(Mt6, 24).

 Dios conoce bien el corazón del hombre y sabe sus limitaciones, su pobreza y pequeñez. Los afectos, que llenan el corazón humano, dirigen su actividad y su conducta. Tener el corazón lleno de Dios implica al hombre entero y potencia sus deseos, obras y proyectos, abriéndolos hasta el infinito. Pero tener el corazón lleno de bienes temporales, de lo material,  obceca la mente y la satura, cerrándola en sí misma y dirigiendo la actividad humana en una sola dirección: acumular y obtener el lucro cada vez más.

El Señor nos invita a vivir centrados en Él: en su alabanza, en su servicio santo, dedicados a sus cosas, preocupados por lo que es importante, centrados en la atención a las personas.

 Las cosas materiales de la vida nos las regala Dios con su providencia amorosa: «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis (…) Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?»(Mt6, 25-26).

Afanarse por los bienes efímeros, poniendo en ellos nuestras ilusiones y energías, resulta una preocupación vana: «Por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso»(Mt6, 32). Nadie puede añadir un minuto más a su existencia, por mucho que se preocupe de su propia vida.

Hemos de buscar el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas, como dice el Señor, se nos darán por añadidura (cf. Mt6, 33). Nuestro corazón debe estar dirigido hacia el Señor, para servirlo a Él y a los hermanos. Nuestro servicio debe ser en la alabanza divina, servicio a la Palabra, servicio en altar (Eucaristía), servicio a los hermanos.

5. El Señor Jesús no vino a ser servido sino a servir (cf. Mc 10, 45). Él está en medio de nosotros como el que sirve (cf. Lc 22, 27). En la última Cena, cuando el Señor instituye el sacerdocio, les da ejemplo del servicio que él desea, ciñéndose la toalla y lavando los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 4-5). El mismo Señor, que ha realizado un trabajo propio de esclavos, como era lavar los pies, entrega a sus apóstoles y también a nosotros, una jofaina y la toalla, para que hagamos como él hizo; a ver cada cual qué hace con esa jofaina y con esa toalla.

Para presidir la comunidad cristiana en el amor, el camino más adecuado es servir y considerarse siempre como el menor. Servir de la mañana a la noche, de sol a sol, sin cálculos ni condescendencias con uno mismo; servir como María, la humilde esclava del Señor, que siempre vela por nosotros y nos mira con especial ternura.

El Señor os llama a servir, queridos Serafín y Mariano; y nos ha llamado a todos nosotros, queridos sacerdotes, haciéndonos partícipes del triplo oficio de Jesucristo: Sacerdote, Profeta y Rey. La Iglesia se hace al mismo tiempo más idónea para el servicio del hombre, al que Cristo Señor llama, cuando dice: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20, 28). Como dijo el papa Juan Pablo II, hoy beato: “La Iglesia cumple este ministerio suyo, participando en el ‘triple oficio’, que es propio de su mismo Maestro y Redentor. Esta doctrina, con su fundamento bíblico, ha sido expuesta con plena claridad, ha sido sacada a la luz de nuevo por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la Iglesia. Cuando, efectivamente, nos hacemos conscientes de la participación en la triple misión de Cristo, en su triple oficio -sacerdotal, profético y real-, nos hacemos también más conscientes de aquello a lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad del pueblo de Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cuál debe ser la participación de cada uno de nosotros en esta misión y servicio” (Redemptor hominis, 18).

6. La Iglesia nos necesita a todos y a cada uno de nosotros. La misma Iglesia, que el Señor instituyó y por la que el Señor derramó su sangre por amor, puesto que  «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25), es la que nos ha engendrado en la fe; la que nos ha regalado la vida verdadera por medio del bautismo; y la que nos invita a vivir una vocación concreta de servicio. El Señor nos llama a servir a su Iglesia, concretada en nuestra iglesia particular de Málaga (cf. Lumen gentium, 23). Amemos a nuestra Diócesis, porque eso significa amar a Cristo, su Fundador, y a nosotros mismos. Comprometámonos con nuestra Diócesis, porque es mostrar el amor que le tenemos a Dios. Trabajemos por edificarla, por hacerla mejor cada día, por vivir en ella con coherencia y fidelidad, porque hacerlo es también amar a María, la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia y Madre nuestra.

No podemos construir ni servir a la Iglesia, si lo hacemos cada cual a su arbitrio y capricho; lo hemos de hacer en comunión y en comunión jerárquica: así lo dice el Concilio Vaticano II (cf. Presbyterorum ordinis, 7).   Pidamos al Señor que nos regale sacerdotes santos, que ofrezcan con alegría y generosidad su vida, al servicio de la Iglesia.

¡Que Santa María de la Victoria nos acompañe siempre en nuestro camino! ¡Que Ella interceda por vosotros, queridos Serafín y Mariano, en esta nueva etapa de vuestra vida, que hoy comenzáis, en el servicio del sacerdocio de Jesucristo! Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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