DiócesisHomilías

Restauración del templo y salones parroquiales (Parr. San José-Estepona)

Publicado: 13/07/2013: 2439

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la restauración del templo y salones parroquiales (Parr. San José-Estepona) celebrada el 13 de julio de 2013.

REATURACIÓN DEL TEMPLO Y SALONES PARROQUIALES

(Parr. San José-Estepona, 13 julio 2013)

Lecturas: Dt 30,10-14; Sal 68,14-34.36-37 /Sal 18,8-11; Col 1,15-20; Lc 10,25-37.

1. El libro del Deuteronomio, que hemos escuchado, recuerda al fiel creyente la importancia de escuchar la voz de Dios, expresada en sus mandamientos. Dios habla de muchas maneras, para adoctrinarnos, para animarnos, para salvarnos, para decirnos cómo nos hemos de comportar. A veces escuchamos a los cristianos expresar su dificultad en aceptar los mandamientos de Dios, porque piensan que no les ofrecen la felicidad; buscan la felicidad a su modo, sin hacer caso de lo que Dios dice.

En realidad el Decálogo son diez palabras de vida; quien las observa se llena de prosperidad, como dice el Deuteronomio: «El Señor, tu Dios, te hará prosperar en todas tus empresas (…), si escuchas la voz del Señor, tu Dios, observando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el libro de esta ley, y si vuelves al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 30,9-10). Si tienes presente a Dios, que te ama, y que no puede hacerte daño jamás, no hay que tenerle miedo; como tampoco debe temer un hijo a su buena madre.  Frente a quienes dicen que los mandamientos de Dios son unas normas pesadas e imposibles de cumplir, el mismo Señor nos dice que son preceptos que están a nuestro alcance: «Porque este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable» (Dt 30,11). Con la fuerza del Señor podemos vivir estas “Diez Palabras”, que nos dan vida; no son prohibiciones, que nos quitan la felicidad o la libertad; más bien son palabras de vida; y quien las cumple vive mejor que quien no las cumple. Nos hemos de convencer de esto. 

2. En el corazón guardamos lo que amamos, los tesoros más valiosos (de amor, de experiencias humanas, de buenos recuerdos); en nuestro corazón guardamos lo que queremos preservar, lo que cuidamos con esmero para que nadie lo estropee; guardamos lo que deseamos mantener siempre disponible para la mirada interior. El Señor nos anima a guardar su Palabra en nuestro corazón, como un tesoro. Sus mandamientos son palabras de vida, si los cumplimos: «El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas» (Dt 30,14). Por tanto, los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón y dan vida, como hemos rezado en el Salmo

3. El Evangelio de hoy nos plantea la pregunta sobre quién es mi prójimo. Un maestro de la Ley quiso poner a prueba a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10,25). Jesús, conociendo su intención, le contestó con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» (Lc 10,26).

Y cuando el experto en la Ley respondió adecuadamente: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27), Jesús le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida» (Lc 10,28). Es como si le respondiera: “Te sabes la lección; ahora vívela”. «Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). A veces nos sabemos la lección de memoria; sabemos muy bien qué nos pide el Señor; pero solemos regatearle, para salir con la nuestra y nos conceda lo que deseamos.

4. El relato evangélico está centrado en torno a un personaje sin nombre, al que llamamos “prójimo”, porque, practicando la misericordia con un desconocido, se portó con él como “prójimo suyo”, se hizo cercano a él, se le aproximó. Si consideramos a la luz de la fe nuestra historia personal y la historia de los cristianos, nos damos cuenta de que aquel hombre abandonado, herido y medio muerto, somos cada uno de nosotros, redimidos del pecado y de la muerte. Nuestro prójimo es Cristo, el Señor, que se acercó a nosotros para curarnos y salvarnos.

San Pablo nos ha dicho que Cristo es nuestro prójimo: «Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, ¡haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20). “Reconciliar”, “hacer la paz”, es la forma concreta en que Dios Padre, por Cristo, practicó la misericordia con nosotros; se ha acercado a nosotros y se ha hecho nuestro prójimo.

5. El primer prójimo de cada uno de nosotros es Dios Padre, que nos ama y se acerca a través de su Hijo. Dios se ha hecho cercano a nosotros en su Hijo Jesús. En Cristo Dios se acercó a los pobres, a leprosos, endemoniados, paralíticos, ciegos, sordos y mudos (cf. Mt 11,5); se acercó a las ovejas descarriadas de la casa de Israel (cf. Mt 15, 24; 18,12), a los que vivían sin esperanza. Cristo es el Buen Samaritano, que se compadece del que yace medio muerto (cf. Lc 10,33); que se acerca y le venda las heridas; y lo lleva a una posada para cuidarlo (cf. Lc 10,34).

Cristo Jesús se acercó a nosotros: nos purificó con su sangre, nos justificó con su redención (cf. Rm 8,30), nos santificó con las aguas bautismales (cf. Rm 6,4); nos dio su Espíritu Santo (cf. Rm 5,5; Ef 1,13); nos salvó por su gracia y nos dio la vida divina; nos hace resucitar de la muerte del pecado (cf. Rm 8,11; 1 Co 6,14). Por eso Dios nos sienta en los cielos en Cristo Jesús (cf. Ef 2,5-6).

Dios, porque nos ama, se ha hecho nuestro prójimo, dándonos su palabra. Dios se ha hecho cercano a nosotros en Cristo Jesús, que es imagen visible de Dios invisible (cf. Col 1,15); el rostro que conocemos de Dios es el de Cristo, que da su vida por nosotros hasta la última gota de sangre; en la cruz vemos su rostro de amor. Cristo es la bondad de Dios, que nos escucha; es la fidelidad de Dios, que nos ayuda; es la compasión de Dios, que cura nuestras heridas; es la misericordia de Dios, que nos levanta de nuestra postración y miseria. En Cristo Jesús, Dios es pastor, que sale en busca de su oveja perdida (cf. Mt 18,12); Dios es padre, que hace fiesta por el hijo, que estaba muerto y vuelve a la vida, estaba perdido y ha sido hallado (cf. Lc 15,24).

6. Cuando el maestro de la Ley respondió a Jesús que el prójimo era quien había usado de misericordia con el necesitado, Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). El Señor nos invita hoy a ser prójimos de los demás, a acercarnos a los otros. En el evangelio de hoy, junto a la revelación del amor por el que Dios se ha hecho nuestro prójimo, se nos revela también el mandato de Dios de hacernos, por amor, prójimos de todos. Jesús nos invita a hacer lo que hizo el Buen Samaritano: Practicar la misericordia, tener compasión, hacernos prójimos por amor.

Existen muchas maneras de acercarnos a los demás, para hacernos próximos de ellos. Una manera, muy cristiana de ser prójimos, es anunciar el Evangelio y presentar a Jesús a quienes no le conocen. La parroquia tiene sus modos propios de hacerse cercana, próxima, a las personas que desean conocer a Dios, a las personas necesitadas, a los niños, a los ancianos, a los jóvenes, a los extranjeros y turistas. En la parroquia se enseña la doctrina cristiana, se celebra el misterio pascual del Señor, en el que somos curados, se nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre del Señor; en la parroquia se atiende a los más necesitados. El Señor nos invita a hacernos más próximos aún desde las estructuras parroquiales y de modo individual.

7. Hoy queremos dar gracias a Dios por la construcción de los locales parroquiales en esta parroquia de San José, en Estepona. El templo y los locales sirven para acercarnos a los demás y ayudarles a que se encuentren con la persona de Jesús, que es quien salva al hombre y le da la felicidad verdadera. Os invito a todos los feligreses a ser cercanos, próximos, a las personas que llegan a la parroquia en busca de Dios, de amor y de felicidad.

Hoy hemos de hacer memoria de una persona, que se hizo cercana a los demás ofreciendo su herencia para que otros conocieran a Dios y se instruyeran en la vida cristiana. Me refiero a la Sra. María Nadal, natural de Onteniente (Valencia), quien generosamente donó sus bienes, por motivos de su fe católica y comprometida, a distintos legatarios, entre ellos a la parroquia de NªSª de los Remedios de Estepona, para “obras apostólicas, culturales y materiales”, como reza su testamento (1973). Su legado ha contribuido a construir los locales parroquiales de San José, como obra apostólica y cultural de la Iglesia católica; su acción de buena samaritana se perpetúa hoy en esta parroquia y seguirá perpetuándose. Hoy queremos hacer memoria agradecida de su persona.

8. Cuando alguien se acerca a otro, para hacerse su prójimo, el otro puede ser muy diverso; puede tener una ideología distinta de la mía, tener un credo y una religión distintos, una nacionalidad diversa; incluso expresar unos sentimientos contrarios a los míos. La persona, a quien nuestro amor hace prójimo nuestro, puede representar incluso un peligro o una amenaza para nosotros; puede hasta contagiarnos de una enfermedad; puede ser enemigo nuestro. Pero el mandamiento del amor no reconoce excepciones: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37-39).

Mi prójimo es aquel, a quien me acerco para acogerlo, vendarle las heridas, y curarlo. El Señor nos exhorta a ser buenos samaritanos y prójimos de tantas personas abandonadas, heridas, necesitadas de afecto, y ciegos sin la luz de la fe. Espero que la parroquia de San José pueda atender, desde estas estructuras renovadas, a todas aquellas personas que, sin fe o con poca fe, acuden aquí para poder encontrarse con Cristo.

9. El Papa Francisco insiste en que miremos a los más pobres y necesitados y nos dirijamos a ellos; los llama “carne ungida de Cristo”; son verdaderos sacramentos del Señor. Quien los descubre, se acerca a ellos, para ayudarles y aliviarlos; y haciendo esto se llena de alegría interior. El Papa nos invita a vivir al estilo del buen samaritano, siendo servidores, sin creernos dueños y señores, porque el verdadero poder para el cristiano es servir y amar con humildad, con misericordia, con ternura, con bondad, reconociendo la a Cristo en los humillados, en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los niños y en los necesitados, que viven en las periferias existenciales de la vida.

Demos gracias a Dios, queridos feligreses, que nos permite conocerle y amarle; que nos ha regalado a su Hijo Jesús, haciéndose prójimo nuestro, para curar nuestras heridas del pecado y salvarnos, dándonos vida y felicidad.  Pedimos a la Virgen María y a san José, su Esposo, que nos ayuden a vivir con gozo la fe y el amor cristianos y nos ayuden y estimulen a ser prójimos de los demás.

Amén.

Autor: diocesismalaga.es

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo