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Bautismo del Señor (Catedral-Málaga)

Publicado: 12/01/2014: 7011

BAUTISMO DEL SEÑOR
(Catedral-Málaga, 12 enero 2014)

Lecturas: Is 42,1-4.6-7; Sal 28; Hch 10,34-38; Mt 3,13-17.
 

1. Muy querido D. Fernando, Arzobispo emérito de Pamplona, estimados sacerdotes, apreciada familia, cuyo hijo José María va a recibir hoy las aguas bautismales. La liturgia de la Iglesia conmemora hoy el Bautismo de Jesús en el río Jordán. Este momento de la vida de Jesús marca el paso de una larga etapa de silencio y de vida familiar, al inicio de su actividad mesiánica. En el Jordán Dios-Padre revela que Jesús de Nazaret, el Hijo de María, que nació en Belén y fue adorado por los Magos de Oriente, es el Hijo primogénito de Dios.

Jesús fue investido en el Jordán como Mesías ante el pueblo. La investidura estaba prefigurada en la vocación profética del «siervo de Yahvé», como lo profetizó Isaías y hemos escuchado en la primera lectura: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones» (Is 42,1).

Así lo predicaría san Pedro, después de la resurrección del Señor, en casa del centurión Cornelio: «Me refiero a Jesús de Nazaret –decía–, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» (Hch 10,38). Allí se produjo la primera conversión de gentiles al evangelio como fruto de la exposición kerigmática que les proclamó.

En el bautismo de Jesús se manifiesta su divinidad: «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16). Estos son signos elocuentes de la presencia y de la actuación de Dios. La voz desde los cielos proclama la divinidad y la filiación de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17).

2. El estilo de Jesús, el Hijo de Dios, es sencillo, humilde y respetuoso, como dice Isaías: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles» (Is 42,2). Más bien habla al corazón de quienes le quieren escuchar en el silencio. El Verbo de Dios penetra en el alma, como espada tajante; pero no hiere, sino que sana el corazón enfermo.  El profeta sigue describiendo que el Mesías de Dios actúa con delicadeza y respeto, sin quebrar lo débil, ni forzar lo tímido: «La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará» (Is 42,3). A nadie obliga, pero a todos invita. Acoge y comprende a las personas en las situaciones más difíciles y les invita a seguirle. Va con la verdad por delante, pero sin herir ni imponer: «Manifestará la justicia con verdad» (Is 42,3). Es recto y firme, sin ser duro y áspero. Sabe estar con todos y a todos ofrece lo mejor de sí mismo: su vida en rescate por el otro y su amor misericordioso. ¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús! Los cristianos, los bautizados en el bautismo de Jesús hemos de vivir su mismo estilo. Por donde anda pasa haciendo el bien y sanando los corazones desgarrados: «Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). ¡Qué maravilloso ejemplo de amor, delicadeza, misericordia y ternura! ¡Cuánto debemos aprender los cristianos de nuestro divino Maestro!

3. El bautismo de Jesús en el río Jordán produce un gran milagro: el agua se convierte desde entonces en signo de salvación y de redención. Los primeros cristianos se preguntaban por qué recibió Jesús en el Jordán un bautismo de “penitencia y conversión”, tal como predicaba Juan el Bautista (cf. Mt 3,2).
Jesús no necesitaba el Bautismo de Juan, porque era el Hijo de Dios y no tenía pecado alguno. Por eso el mismo Juan se extraña de que le pida el bautismo: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). Pero nosotros, hombres pecadores, necesitamos el bautismo y el pequeño José María también; para quedar lavados del pecado original y que se nos perdonen los pecados personales en el caso del bautismo de adultos.

Como dice la antífona del Magnificat de esta fiesta litúrgica: “El Salvador vino a ser bautizado para renovar al hombre envejecido; quiso restaurar por el agua nuestra humana naturaleza corrompida y nos vistió con su incorruptibilidad”. Este es el maravilloso intercambio, que nos salva y nos transforma. El hombre, dañado por el pecado y revestido de corruptibilidad, puede acceder a la inmortalidad gracias al bautismo de Jesús. Los cristianos profesamos que los bautizados pasan, de manera incoada ya en este mundo, de la corruptibilidad y de la muerte a la gloria de la inmortalidad.

4. Jesucristo, Hijo de Dios y heredero por naturaleza, es cabeza de la Iglesia y otorga a sus miembros el don de la adopción filial. Él es Hijo engendrado; nosotros somos hijos adoptivos. Cuando el hombre participa de la gracia bautismal, se le concede la identidad de hijo adoptivo y amado de Dios.  ¿Por qué tiene que bautizarse un niño pequeño, si no ha cometido ningún pecado personal? Todo ser humano nace dañado en su naturaleza a causa del pecado original o pecado de Adán. El bautismo lava este pecado original, pero además, otorga al bautizado la filiación divina: Dios-Padre nos hace hijos en su Hijo único.
Al inicio de la celebración les decía a los padres del pequeño José María que les felicitaba, en primer lugar, por el don de la vida de un ser humano; la vida humana es el mejor regalo que recibimos; por eso hay que respetar el don de la vida desde el instante de la concepción hasta la muerte natural, tal como nos lo enseña la Iglesia. Las leyes humanas siguen otros derroteros. A los padres del niño que vamos a bautizar les felicitaba, además, por el don del bautismo, que hoy la Iglesia le va a regalar. Queridos padres, el niño es hijo vuestro; pero Dios lo va a hacer “hijo adoptivo suyo”, divinizándole y salvándole.

El sacramento del bautismo no es un rito mágico, sino el encuentro personal del hombre con Dios. Al ser bautizado y profesar la fe en el misterio de Dios y en su revelación histórica en Jesucristo, el hombre puede alcanzar la vida eterna. Al pequeño se le va a entregar la semilla de la vida eterna: la fe, la esperanza y el amor cristiano. Lo simbolizaremos mediante la entrega del cirio encendido.

San Pablo nos recuerda que: «A través del bautismo, pues, fuimos sepultados con él en la muerte, para que al igual que Cristo resucitó de los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros podamos caminar en una vida nueva» (Rm 6,3-4). Vuestro hijo va a recibir hoy una vida nueva.

El papa Francisco, en su catequesis del pasado miércoles, comentando este texto de san Pablo, decía: “¡Así que no es una formalidad! Es un acto que afecta profundamente nuestra existencia. No es lo mismo, un niño bautizado o un niño no bautizado. ¡No es lo mismo! No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros con el bautismo somos sumergidos en la fuente inagotable de la vida, que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una nueva vida, ya no a merced del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con los hermanos” (Audiencia general, 1. Vaticano, 8.01.2014). Queridos padres, recordad estas palabras del Papa Francisco y contadlas a las personas de vuestro entorno: No es lo mismo un niño bautizado, hecho hijo adoptivo de Dios, que un niño no-bautizado. Hay que rechazar esa mala costumbre de no bautizar a los niños pequeños. Las familias cristianas deben bautizar a los niños en su infancia.

El bautismo implica profesar la pertenencia y la filiación divinas; realizar un encuentro con Jesucristo y aceptarlo como Mesías y Salvador; acoger el amor de Dios, manifestado en Jesús de Nazaret; sentirse amado por Dios; vivir la alegría de ser hijo adoptivo de Dios. Los bautizados recibimos así la herencia de Jesús.

5. El bautismo de Cristo nos recuerda que él se revistió de la naturaleza humana y a nosotros nos revistió de su naturaleza divina. La Iglesia nos invita hoy a gozar de la belleza de este hermoso intercambio: hemos sido transfigurados en Cristo; hemos obtenido el traje de la gloria eterna. Él se revistió de nuestra naturaleza humana y nos ha revestido de su divinidad. En el rito bautismal quedará simbolizado a través de la vestidura blanca, que se le impondrá al niño. Hemos recibido la luz de la inmortalidad; hemos conseguido el perdón de los pecados y podemos atravesar la frontera de la muerte con serenidad.

Dios configura nuestra humanidad con su divinidad. Con ello el hombre cambia su perspectiva, para ver las cosas desde Dios. Desde esa perspectiva el amor está por encima de todo; el perdón supera la venganza; lo pequeño resulta grande; lo humilde, enaltecido; lo último pasa a ser lo primero; la actitud de pobreza ante Dios es bendición; la obediencia no es esclavitud, sino signo de libertad; la circuncisión del corazón es plenitud de amor. ¡Qué transformación, si vivimos con profundidad nuestro bautismo! ¡Cuántas categorías humanas y valores quedarían trastocados desde la visión de Dios! Si los cristianos viviésemos la vocación bautismal desde esta perspectiva, transformaríamos completamente el mundo y la sociedad. Los valores que aprecia el mundo no se parecen muchas veces a lo que Dios quiere.

La Iglesia nos invita hoy a renovar nuestro bautismo. Hagamos profesión solemne de nuestra fe, por la que se nos ha concedido la filiación divina. Somos linaje de Dios-Padre y hermanos en Jesucristo, su Hijo.

Pidamos a la Virgen María, la Madre de Jesús, que nos ayude a revivir el bautismo y a ser fieles a nuestro compromiso bautismal.

Amén.
 

Autor: diocesismalaga.es

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