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Visita Pastoral a la parroquia de San Miguel (Málaga)

Publicado: 23/03/2014: 16161

VISITA PASTORAL
A LA PARROQUIA DE SAN MIGUEL
(Málaga, 23 marzo 2014)

Lecturas: Ex 17, 3-7; Sal 94; Rm 5, 1-2. 5-8; Jn 4, 5-42.
(Domingo Cuaresma III-A)

1. En este tercer domingo de Cuaresma, según narra el libro del Éxodo, el pueblo de Israel, en su marcha por el desierto, experimenta una sed abrasadora y murmura contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17, 3).

El ser humano tiene sed de muchas cosas: de felicidad, de amor, de alegría, de amistad, de verdad, de paz, de libertad. Pero se abrasa por no poder alcanzar estos bienes deseados. Cuando tenemos sed física nos quema la garganta; cuando tenemos sed espiritual, nos quema el corazón. Tal vez el hombre no sabe buscar adecuadamente y en vez de acudir al manantial de agua viva, va a beber en aguas infectadas de ideas y de modas contrarias al amor de Dios; se abreva en aguas putrefactas, que le llevan a la muerte. Esta es una experiencia común.

El papa Juan Pablo II, que próximamente será canonizado, denunció muchas veces la “cultura de la muerte” que se estaba adueñando de nuestra sociedad (cf. Ecclesia in Europa, 95); y la solía contraponer a la «cultura de la vida». Centraba el drama del hombre contemporáneo en el eclipse de Dios, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo: “Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 21).

2. Algo tendremos que hacer los cristianos ante esta situación. La solución está en encontrar el agua viva, que quita la sed que abrasa al hombre. Cuando Moisés se queja por la protesta de su pueblo, el Señor le responde que empuñe el bastón con el que golpeó el río Nilo (cf. Ex 17, 5) y que bastonee la roca de Horeb; de ese modo «saldrá agua para que beba el pueblo» (Ex 17, 6).

El bastón de Moisés hace referencia al madero de la cruz. El agua de vida brota gracias al madero, donde estuvo clavada la salvación del mundo, como reza la liturgia del Viernes Santo; es decir, la vida brota del madero de la cruz de Cristo. No existe otro manantial; lo demás son charcas, a veces infectadas.

El apóstol Pedro nos recuerda que hemos «sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1, 18-19). “La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida (…). Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 21). Hay que recuperar la dignidad del hombre desde el ejemplo y el amor de Cristo. En la sangre de Cristo todos los hombres encuentran la fuerza para comprometerse en favor de la vida. 

3. He venido a esta parroquia en otras ocasiones; pero hoy existe un motivo especial: la Visita pastoral del obispo, que tiene unas características propias. Toda Eucaristía celebrada por un sacerdote la realiza en comunión con su Obispo, como cabeza de la Diócesis.

Pero la Eucaristía presidida por el Obispo tiene un significado eclesial más pleno; porque se reúne a toda la comunidad eclesial: cabeza y miembros. Esta Eucaristía es un signo más pleno de comunión eclesial. No se trata de que sea más ni mejor, sino que es expresión más plena de comunión eclesial. La Eucaristía presidida por el pastor de la Iglesia universal, el Papa, es la expresión máxima de comunión eclesial.

La Visita pastoral es ocasión propicia para profundizar en la verdad de nuestra fe, para hacer resurgir la esperanza en nuestros corazones, para avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, para replantearnos cómo somos testigos del Evangelio entre nuestros contemporáneos, para repensar cómo ayudar a tantas personas a encontrar el manantial de la vida, para que puedan beber agua fresca y saludable, abandonando las charcas de agua turbia y envenenada.

4. Acudamos, queridos fieles, a Cristo, manantial de agua viva; renovemos nuestra fe en él, reavivemos la gracia bautismal, que nos hizo hijos de Dios. Demos gracias a Dios, que nos ha llamado a ser partícipes de su vida; que nos ha concedido pertenecer a su pueblo, que es la Iglesia. Nadie puede pretender ser hijo de Dios y miembro de la Iglesia, sino que es un regalo de Dios. Él nos invita a alabarlo y adorarlo, desterrando de nosotros otros diosecillos, que a veces ocupan nuestro corazón, nos atraen y cautivan. La mentalidad de nuestra sociedad penetra en nosotros, como por ósmosis, y se nos puede pegar como el polvo del camino. Necesitamos momentos de encuentro y reflexión, que nos ayuden a ser más críticos, para ver la realidad desde la luz de Cristo, desde el Evangelio. Este es un ejercicio que hemos de hacer diariamente, para no “despistarnos”; es decir, para no salirnos de la pista o del camino. Los cristianos, a veces, nos despistamos y hemos de “en-pistarnos”, es decir, volver al “Camino”, que es Cristo.

La Visita pastoral es también un encuentro personal entre el pastor y sus fieles; una ocasión para conocerse mejor y estrechar lazos de comunión; para dialogar sobre lo que nos preocupa; para afrontar los retos, que tenemos planteados.

5. En el Evangelio de hoy aparece Jesús hablando con una mujer samaritana, junto al pozo de Sicar (Jn 4, 5-6). Los judíos no podían hablar con los samaritanos, ni beber en sus vasijas; sin embargo, Jesús se atreve a pedirle agua a la mujer samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7). Tendríamos que recuperar la dimensión esponsal de esta expresión. En el contexto socio-cultural de aquella época las palabras de un varón a una mujer, en la fuente o el pozo, pidiéndole agua, tenían un significado esponsal y se convertían en una auténtica declaración de amor; así se refleja en otros textos bíblicos.

Recuperando la dimensión esponsal, tengamos presente que la Iglesia es la esposa de Cristo; y los fieles somos miembros de esa esposa; nuestras almas son “esposas”. Estamos en un lenguaje poético, pero también teológico; somos “esposas” de Cristo; la mujer samaritana era “esposa” de Cristo.

6. En el encuentro con la Samaritana en el pozo, aparece el tema de la “sed” de Cristo, que culmina con el grito en la cruz: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Ciertamente esta sed, como el cansancio, tiene un fundamento físico. Pero Jesús, como dice san Agustín, “tenía sed de la fe de esa mujer” (In Ioannis Evangelium, 15, 11), al igual que tiene sed de la fe de todos nosotros. Dios Padre le envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor. Para ofrecernos este don Jesús pide nuestra fe. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; toca a su corazón y espera con paciencia su respuesta (cf. Benedicto XVI, Angelus, 27.03.2011).

Jesús nos invita a una relación de amistad y de intimidad con él, que tendrá su cumbre en la hora de su muerte, cuando exclame: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Ni el agua que pide a la samaritana, ni la sed que expresa en la cruz tienen sólo significación físico; más bien se convierten en una invitación a unirnos a él esponsalmente, formando un solo cuerpo con Él; esta realidad es la que acontece y se realiza en la Eucaristía.

7. Me alegro de tratar este tema en una parroquia en la que me consta su preocupación pastoral por la familia y que está haciendo experiencias pastorales pioneras, que apoyo totalmente.

Sería bueno, pues, que recuperáramos esta imagen esponsal, como nos recuerda san Pablo, quien refiere el amor de Cristo a su Iglesia (cf. Ef 5, 23-25). Hay aquí un tesoro, que no hemos explotado suficientemente.

A los que trabajáis en este campo, os animo a que profundicéis teológicamente en esta realidad esponsal de la Iglesia; a que ayudéis a tantas personas de nuestra sociedad, que no aprecian el matrimonio ni la familia. Nuestro testimonio es necesario en nuestra sociedad, que estaría indudablemente peor, si no hubiera cristianos. Os animo a seguir trabajando en este campo.

8. Jesús, en el diálogo con la mujer, va llevándola con arte, gracia, con método y pedagogía divina desde las realidades más concretas y banales hasta las realidades espirituales más sublimes. La mujer se extraña de que le pida de beber; y Jesús le responde: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva» (Jn 4, 10).

De la sed física pasa a la sed de cosas celestiales. Jesús le dice: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 13-14).

Lo mismo hace Jesús cuando le pregunta la mujer sobre el lugar del templo: si en Garizim o en Jerusalén. La respuesta es que hay que adorar a Dios en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 21-23); hay que adorarlo de corazón.

9. Este puede ser un ejemplo de nuestras conversaciones con nuestros contemporáneos. ¡Cuántas veces nos hacen preguntas aparentemente banales! Y critican actitudes de la Iglesia y de sus representantes. Nosotros, equivocadamente, utilizamos una pedagogía de la “defensiva”, de la apología. Hemos de aprender del estilo de Jesús. Pregunten lo que pregunten y critiquen lo que critiquen, hemos de dar la vuelta a la pregunta o a la crítica y devolverles la pelota, para que la jueguen nuestros interlocutores. Esto nos lo enseña el Maestro en su diálogo con la samaritana.

De la situación concreta personal de la mujer pasa a la situación espiritual y le descubre el desarreglo de su vida respecto a su matrimonio. La mujer reconoce que no tiene marido (cf. Jn 4, 17) y Jesús le contesta: «Has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad» (Jn 4, 18). Esta situación también es frecuente en nuestra sociedad.

Poco a poco el Maestro va aumentando la sed que hay en el fondo del corazón de esa mujer: sed de bondad, de amor, de verdad, de autenticidad. ¡Ojalá sepamos nosotros ahondar en nuestro corazón y descubrir el anhelo profundo de verdad y de amor, que Dios ha puesto en nuestra alma!

10. Y finalmente, la samaritana dio testimonio entre sus paisanos de la experiencia, que había tenido con el Señor: «En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer» (Jn 4, 39).

Pero después muchos más «creyeron por su predicación» (Jn 4, 41). Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo» (Jn 4, 42).

¿Cómo damos testimonio de nuestra experiencia de fe? ¿Cómo explicamos a nuestros paisanos la maravillosa experiencia de habernos encontrado con el Maestro? Nuestro testimonio puede ayudar a nuestros paisanos a replantearse su relación con el Señor. El objetivo no es que se queden con nuestro testimonio, sino que puedan encontrarse con Jesús; y que puedan decir que ahora ellos creen por el encuentro personal con Cristo. ¡Ojalá aprendamos de la pedagogía del gran Maestro, Jesucristo!

Le pedimos al Señor que seamos buenos discípulos, buenos creyentes y buenos testigos. Y pedimos a la Santísima Virgen María que nos ayude a vivir con alegría la fe y el amor a Dios y a los demás; y que nos haga valientes testigos de Cristo Resucitado.

Amén.

Autor: diocesismalaga.es

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