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Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

Misa del Domingo de Resurrección en la Catedral · Autor: MARIANO ZAMORA
Publicado: 20/04/2014: 22560

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 20 abril 2014)

                          Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

Muerte y Resurrección: Doble aspecto del Misterio Pascual

1. Hoy nos congregamos para celebrar la Pascua, la fiesta más significativa de nuestra fe. El acontecimiento más importante de la historia de la humanidad ha sido la muerte y la resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios. Para los que creemos en Jesús esta es nuestra gran alegría: resucitado y glorioso, él vive para siempre. La alegría del cristiano se fundamenta en el significado profundo de este hecho histórico, maravilloso y único; y también en el alcance que tiene para todos los hombres, es decir, Dios nos ha salvado y redimido en su Hijo Jesús, quien ha muerto por nosotros y ha resucitado. Ésta es la gran noticia de la Pascua, hermanos, que estamos llamados a vivir y a proclamar ante el mundo. Jesucristo, muriendo en la cruz y resucitando, es decir, realizando la “Pascua”, nos ha justificado y nos ha permitido volver a vivir en gracia de Dios. Asumamos, pues, una vida resucitada, que nos permite encontrarnos de nuevo con Dios, con el que hemos sido reconciliados, recibiendo el perdón de nuestros pecados y superando la muerte temporal, que no es definitiva.

2. En el misterio pascual hay un doble aspecto, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Por su muerte nos libera del pecado, y por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida” (N. 654). Muerte y resurrección, pecado y gracia, dolor y alegría, esclavitud y libertad, tinieblas y luz van siempre de la mano y han sido unidos en la persona de Cristo. Tenemos la tentación de separar ambos aspectos. Nos cuesta aceptar la renuncia al pecado y a los deseos propios, mientras que anhelamos la libertad.

La resurrección de Cristo ilumina toda la existencia humana. La noche oscura de la esclavitud, del desierto, de la desesperanza, del pecado y de la muerte, ha sido iluminada por la luz pascual de Cristo resucitado; las penalidades y sinsabores de la vida son superados con la esperanza; el abismo y la muerte han sido vencidos por Cristo. Como dicen unos himnos de Pascua, que hemos cantado en latín en esta celebración: “Muerte y Vida lucharon y la muerte fue vencida”; “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.

3. San Pablo nos exhorta a buscar los bienes de arriba: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3, 1); y nos anima a vivir con Cristo: «Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios» (Col 3, 3). Estamos llamados, queridos hermanos, a renacer a la vida nueva en Cristo, como la naturaleza renace ahora en primavera. En la mañana de Pascua la muerte es transformada en semilla de gloria y de inmortalidad. Esta es la Pascua de Resurrección, la Pascua de primavera, la Pascua florida.

¡Abramos nuestros ojos a la luz divina; dejemos que las aguas bautismales nos regeneren; y que Cristo resucitado llene nuestro corazón de alegría! Ante el acontecimiento de la resurrección el creyente queda iluminado y transformado, pudiendo trocar la debilidad en fortaleza, el llanto en alegría, la pérdida en ganancia y la muerte en vida. Quienes gozan del don de la fe, por la resurrección de Cristo, consolidan su esperanza y pregustan la dulzura divina, aún en el sabor amargo de las pruebas y de los sufrimientos. Como ha dicho recientemente el papa Francisco en uno de sus mensajes en las redes sociales: “Sólo la confianza en Dios puede transformar la duda en certeza, el mal en bien, la noche en alba radiante”.

4. La celebración del misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor nos apremia a proclamar ante el mundo esta buena noticia de la Pascua. El apóstol Pedro, en su discurso en casa del centurión Cornelio, expone de manera sintética el núcleo del anuncio cristiano. En primer lugar, proclama la actividad salvífica de Jesús de Nazaret, que fue Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien (cf. Hch 10, 38), lo clavaron en la cruz y resucitó al tercer día (Hch 10, 39-40). En segundo lugar, Pedro se presenta como testigo de estos hechos (cf. Hch 10, 39.41) y aduce el cumplimiento de las profecías (cf. (Hch 10, 43). Y en tercer lugar, atestigua que ha recibido el encargo de predicar este mensaje al pueblo (cf. Hch 10, 42). A los cristianos de hoy, a todos y cada uno de nosotros, nos corresponde continuar esta misión apostólica: anunciar la muerte y resurrección del Señor y ser testigos ante el pueblo de este acontecimiento, de esta verdad histórica.

5. El evangelio de hoy nos ha presentado a María Magdalena, que fue al sepulcro al amanecer y lo encontró abierto con la losa quitada (cf. Jn 20, 1). Entonces echó a correr y fue a donde los discípulos a contárselo (cf. Jn 20, 2). María no puede callarse lo que ha visto; le ha dado un vuelco el corazón y sale a toda prisa para anunciar la buena nueva. Los Evangelios destacan que ella fue la primera en dar testimonio de la resurrección Jesucristo. Con su actitud diligente la Magdalena nos anima a ser testigos de la resurrección del  Señor y anunciar a nuestros paisanos la gran noticia de la Pascua.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Amén.

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