DiócesisHomilías

Encuentro voluntarios de Cáritas (Servicios Generales de Cáritas-Málaga)

Publicado: 22/12/2008: 12294

ENCUENTRO CON EL VOLUNTARIADO
DE LOS SERVICIOS DIOCESANOS DE “CARITAS”

(Málaga, 22 diciembre 2008)

Lecturas: 1S 1, 24-28; Sal 1S 2, 1-7; Lc 1, 46-56.

 

1. Los voluntarios del servicio diocesano de Caritas celebramos la Eucaristía, dando gracias a Dios por su bondad y su gran amor y animándonos a compartirlo con los demás.

En este tiempo de Adviento nos acompañan, de modo cercano, algunos personajes bíblicos: Juan el Bautista, los profetas –sobretodo Isaías–, y de una manera especial la Virgen María.

María prorrumpe, con su Magnificat, en un canto de alabanza a Dios. También, según el libro de Samuel, Ana pidió al Señor que le diera un hijo y, una vez ha dado a luz, se lo agradece. Ambas, tanto Ana como María, dan gracias  a Dios por las maravillas que ha obrado en ellas.

Nosotros nos unimos a la acción de gracias a Dios, como voluntarios de Caritas, porque el Señor ha mostrado su misericordia con nosotros. Demos gracias a Dios por las maravillas, que Él obra en cada uno; por las maravillas, que Él obra a través de nosotros.

Las maravillas se pueden entender de varias maneras. En primer lugar, damos gracias por lo que Dios hace en cada uno de nosotros; por la trasformación que Él realiza en nosotros; por la divinización; por la salvación operada en nosotros; por el perdón de nuestros pecados.

2. Pero también damos gracias por las maravillas que Dios obra a través nuestro, como instrumentos suyos. María es un instrumento divino, que beneficia a la Humanidad. A través del “sí” de María no solamente Ella se llena de gracia, sino que, a través de Ella, llega el Salvador a toda la humanidad.

Quisiera incidir en este punto. Hoy damos gracias a Dios por las maravillas que Él realiza también a través de nosotros, a través de nuestro amor, a través de nuestra apertura a los demás, a través de nuestro servicio generoso y desinteresado a los demás.

3. La actitud de Ana, la madre de Samuel, resulta un tanto extraña: ¿Por qué estaba empeñada en tener un hijo (cf. 1 Sam 1,10-11)? En realidad, una vez lo tuvo, se lo devolvió al Señor.

Permitidme una analogía. El tema de la maternidad y de la fecundidad está relacionado con los proyectos personales.

A veces nos empeñamos en sacar adelante proyectos y obras que nos parecen fecundas. Un poco nos parecemos a Ana. Primero va a pedirle al Señor que le conceda un hijo; y cuando ya se lo ha concedido va a agradecérselo y se lo entrega, consagrándolo al Señor en el servicio del templo. Ana se desprende de su hijo y lo entrega al templo; entonces, ¿para qué lo pidió? ¿Qué respuesta dais vosotros? ¿Por qué va a pedirle algo, que después tiene que entregar al Señor?

Es posible que nosotros estemos en una situación parecida a la de Ana. Queremos hacer cosas buenas y que salgan bien. Pero hemos de pensar que las cosas, si salen bien, no es porque las hacemos nosotros, sino porque Dios quiere, en su divina voluntad, que salgan. Él hace lo que quiere, a través de nosotros.

Una primera consecuencia, que debemos sacar, es que lo más importante de todo es la acción de gracias a Dios. Tal vez no conviene que nos empeñemos en hacer cosas, que el Señor no desea. Es decir, debemos estar abiertos a lo que Dios quiere de nosotros; y no a querer hacer lo que nosotros queremos.

4. Después de dar gracias a Dios, quiero daros las gracias a vosotros. Ya sé que no es necesario; pero, humana y pedagógicamente, siempre es bueno que alguien refuerce, en sentido positivo, las actitudes que tenemos.

Quiero daros las gracias por las maravillas que el Señor obra a través de vosotros. Volvemos a la primera idea: se trata de una acción de gracias a Dios, porque Él os ha hecho instrumentos de su bondad.

En nombre de la Iglesia, a la que todos nosotros pertenecemos y un servidor representa de manera especial, como cabeza, os doy las más sentidas gracias por vuestra generosidad, por vuestra actitud, por el tiempo que dedicáis, por vuestras energías, vuestra ilusión; por todo ello, ¡muchas gracias!

Pero más que agradeceros vuestra colaboración, hoy queremos todos agradecer a Dios el que nos permita estar aquí. El Señor nos ha ofrecido la posibilidad de entregarnos a los demás. Tenemos que darle gracias a Él por estas posibilidades; por lo bueno que es con nosotros. Que esto nos sirva para animaros a seguir trabajando.

5. Quiero daros una palabra de esperanza. Me imagino que la Virgen María conocía bien la religiosidad judía: recitaba los salmos, penetraba en la espiritualidad bíblica de su tiempo, conocía la sociedad en la que vivía y, como toda buena mujer israelita, esperaba ser fecunda, para ver si a través de Ella venía el Salvador.

El deseo de maternidad era una constante en el pensamiento bíblico. En este sentido la Virgen también sería consciente de las grandes necesidades que sentía su pueblo; y, como todo miembro de su pueblo, desearía que el Señor les liberara de toda opresión, empezando por el yugo político de los romanos, los impuestos y muchas cosas más.

Pidamos al Señor que nos libere profundamente del pecado que llevamos dentro y de las cadenas que nos atan. La Virgen María sería consciente del anhelo de libertad de sus paisanos y de sus ganas de vivir gozosos y tranquilos.

Pero, a la vez, era también consciente de su pequeñez, de su humildad, de su poca fuerza, de su impotencia ante los graves problemas de la sociedad en que vivía. Por eso Ella se presenta humilde, sencilla y esclava. Habla de los hambrientos, a los que el Señor colma de bienes, y de los ricos, que Dios despide vacíos (cf. Lc 1,53).

6. Necesitamos una palabra de esperanza y de serenidad ante tantos problemas. Hemos de ser concientes de que nosotros no vamos a resolver los problemas de nuestra sociedad, ni menos aún los del mundo entero. Llevamos dos mil años de cristianismo y aún no están resueltos.

Ahora se agudizan los problemas por la crisis económica; y, por tanto, sentimos aún más las necesidades, al tiempo que nos sentimos impotentes para resolverlas. Nuestra situación es peor que en tiempos de bienestar y de bonanza; y nos sentimos, si cabe, más impotentes aún. Esta es una prueba del Señor.

Lo más importante no es que resolvamos los problemas, sino el gesto de amor que hacemos. Probablemente las cosas seguirán casi igual. Pero lo más importante es que exista la presencia de amor; que exista Caritas; que colaboréis con vuestro esfuerzo, para llegar hasta donde se pueda.

Si el Señor quisiera, podría resolver las cosas a su manera; podría hacerlo perfectamente sin nuestra ayuda. Pero en su voluntad está prevista la forma normal de resolver las cosas en el mundo. Él quiere servirse de nosotros.

Por eso mismo hemos de ser conscientes de nuestra limitación; de lo contrario, en vez de una actitud de humildad, de servicio y de sencillez como María, podemos caer en una actitud de orgullo, creyendo que los problemas los ha resuelto Caritas; y que somos los mejores, si nos comparamos con otras organizaciones.

Contemplemos la actitud de la Virgen, quien no se enorgulleció de ser la Madre de Jesús, el Mesías, a quien todo el pueblo esperaba con ansia. Más bien tuvo que emigrar y aceptar la condición de mujer en su ambiente y cultura.

7. Estas mismas reflexiones están en plena sintonía con el tiempo de Navidad, en el que celebramos el abajamiento de Jesús (cf. Flp 2,6-8), quien, sin dejar de ser Dios, se rebaja de su trono glorioso para estar con nosotros.

Caritas es expresión del amor evangélico de la Iglesia. Se nos invita a estar con los más pobres. Es una idea, que me oiréis muchas veces. Caritas debe estar con los más pobres de entre los pobres.

Como sabéis, he tenido la gracia de conocer personalmente algunos santos de nuestra época. Entre ellos se encuentra Madre Teresa de Calcuta, con quien estuve en diversas reuniones, junto con el Papa Juan Pablo II.

Siempre me impactó lo que decía Madre Teresa: “Hay que atender a los más pobres de entre los pobres”. Insisto en esta idea, que repetiré siempre a los voluntarios de Caritas.

A veces estamos atendiendo necesidades de “pobres-ricos”; es decir, gente de nuestra sociedad, que tienen cubiertas las necesidades básicas, pero piden tener mejor calidad de vida. Nosotros hemos de atender, principalmente, a los más pobres del mundo, que no siempre están cerca de nosotros; pueden encontrarse en India, en África, en Sudamérica, en China. Hemos de subrayar la dimensión universal de la Iglesia.

8. Quiero felicitaros, sobretodo al Rvdo.D. Gabriel y al Director de Caritas diocesana, porque están trabajando mucho y muy bien, en sintonía con la dimensión eclesial. La eclesialidad es una característica de Caritas. Somos Iglesia y no una simple “Organización No gubernamental” (ONG).

Nuestra acción caritativa nace del amor a Jesucristo y a su Iglesia. Nuestras motivaciones son religiosas y no sólo humanitarias.

En la base de nuestra acción hay una dimensión trascendente, que debemos mantener y proclamar, cuando creamos conveniente, como nos dijo el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica: “El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8) y que se hace presente justo en los momentos en que no se hace más que amar” (cf. Dios es amor, 31c).

9. Recapitulando, consideramos tres cosas: En primer lugar, dar gracias a Dios por todas las maravillas que hace en nosotros y que hace a través de nosotros. Recordamos, para ello, las palabras de la Virgen en su canto del Magníficat y las hacemos nuestras.

En segundo lugar, quiero daros las gracias a todos vosotros; pero teniendo en cuenta que es el Señor quien nos permite hacer lo que Él espera de nosotros.

Y en tercer lugar, quiero daros una palabra de esperanza y de ánimo;  porque hay muchos voluntarios de Caritas, que se desazonan al ver tantos problemas sin poderlos resolver. Con todo afecto os digo:

No perdáis la calma; resolvamos lo que podamos. Dios no pide imposibles. Tal vez deberíamos urgir más a los responsables de las naciones, que tienen en su mano la posibilidad de solucionar ciertos problemas, para que pongan todo su empeño en ello.

10. En una de las historias didácticas se cuenta que un día Dios encargó a una persona que empujara una gran piedra. Cada día dicha persona empujaba y empujaba, pero la piedra no se movía; así estuvo varios años. Cansado de tanto empujar, sin ver resultado alguno, dijo: “Esto es absurdo; llevo empujando mucho tiempo y la piedra no se ha movido ni lo más mínimo”.

Algunos ya conocéis el final de la historia. La persona en cuestión, cansada y desesperada, le dijo a Dios: “Señor, he fracasado en lo que me has pedido; no he podido mover la piedra, que tú me mandaste empujar”. Pero Dios le respondió: “Yo te mandé que empujaras la piedra; pero no te dije que la movieras; eso podía hacerlo yo sin dificultad”. El Señor nos pide que empujemos la piedra, no que la traslademos. Dios pide nuestra colaboración; pero no nos exige resolver todos los problemas. Esta historia es bastante iluminadora.

El Señor nos pide que trabajemos en Caritas; que seamos expresión del amor de Dios hacia el hermano necesitado; no nos pide más; no nos pide que resolvamos los problemas, que los políticos no quieren resolver. Hay, pues, una palabra de esperanza.

¡Que la Virgen nos ayude a dar gracias a Dios y a continuar trabajando con esperanza y con alegría! Amén.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo