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Fiesta de la Natividad del Señor (Catedral-Málaga)

Publicado: 25/12/2008: 12003

EUCARISTÍA DEL DÍA DE NAVIDAD


(Catedral-Málaga, 25 diciembre 2008)

Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Tit 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Esperanza ante el Nacimiento de Jesús

 

1. Cuando nace un niño en el seno de una familia hay gran expectación y alegría. Todos se preguntan qué será de mayor este niño. Sus padres, poniendo en él toda su ilusión, sueñan en las grandes cosas que su hijo hará de mayor y se lo imaginan un gran personaje. Ante un niño recién nacido se tienen actitudes de alegría, de gozo, de acción de gracias y de expectación. ¿Cuál será la expectación en la gran familia humana, cuando el Hijo de Dios nace en la tierra?

¡Cuántos sueños tienen las madres y los padres! Sobre todo cuando sus hijos son pequeños: “Este hijo mío…, esta hija mía…, será grande... hará esto... triunfará... tendrá una hermosa familia…”. Pensad, queridos padres en los sueños que habéis tenido, cuando ha nacido un hijo vuestro. ¡Qué sueños no tendría María, cuando nació su Hijo Jesús!

2. El nacimiento del Hijo de Dios en el portal de Belén, entre los hombres, hace brotar en nosotros unas actitudes. En primer lugar, de alegría, porque ha nacido un ser humano; y en este caso, además, este Niño es Dios. ¿Cómo no tener, todos nosotros, en este día de Navidad, en que memoramos el nacimiento del Hijo de Dios, una actitud de alegría? El Hijo de Dios viene a vivir con nosotros, porque nos ama y quiere salvarnos; ha venido para redimirnos de nuestras miserias y pecados.

Se nos invita a tener también una actitud de acción de gracias, porque la Humanidad necesitaba su presencia redentora y salvadora. Hoy nos ha nacido un Salvador (cf. Lc 2, 11); no es un niño cualquiera; ha nacido el Salvador del mundo; ha nacido el Mesías, el Ungido de Dios, el Príncipe de la Paz, el Dios fuerte. Estos títulos, entre otros, son los que le dan los profetas y los textos bíblicos.

3. La presencia del Eterno en la historia ha supuesto un vuelco para la Humanidad. El nacimiento de Jesús ha marcado un antes y un después en la historia humana. No ha habido ningún otro nacimiento de un ser humano, que haya significado, de forma semejante, un cambio tan importante en la historia de la humanidad.

Porque precisamente Él es el Señor de la Historia; Él es el Príncipe de la Paz (cf. Is 9, 5); Él es el Señor del mundo. Él tiene en su mano la Historia y puede salvar al hombre. Y para eso viene a este mundo.

La humanidad ha reconocido que el Nacimiento de Jesús ha marcado una época, una etapa nueva: la era cristiana. Desde entonces se habla de antes del cristianismo y después del cristianismo. La presencia del Hijo de Dios en el mundo ha traído la salvación al hombre y ha marcado el hito más importante, que ha podido suceder en la Historia de la Humanidad.

4. La contemplación del misterio del nacimiento del Niño-Dios en Belén, Príncipe de la Paz, Mesías y Salvador del mundo, nos lleva, a quienes lo contemplamos, a la acción de gracias y a la alegría; pero también nos sugiere una actitud de esperanza. Este niño es la esperanza del mundo.

Del mismo modo que el nacimiento de un niño, en el seno de una familia, es motivo de esperanza para esa familia, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, es esperanza para la Humanidad. Jesús es nuestra esperanza (1 Tm 1, 1).

Isaías nos ha dicho: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. A los que vivían en tierra de sombras, una luz les brilló» (Is 9, 1-2). Una luz en medio de las tinieblas es una gran esperanza.

Para nuestras vidas, muchas veces en tinieblas, y para nuestra sociedad, muchas veces ciega, la luz de Dios es luz de esperanza. Esperanza de una nueva vida y de un futuro mejor; de una mayor fraternidad entre los hombres; esperanza de vida eterna.

5. A pesar de que han transcurrido más de dos mil años del nacimiento de Jesús, sigue habiendo entre los hombres violencias, odios, manipulaciones, abusos, injusticias y menosprecio de los derechos humanos.

El Papa Benedicto XVI, en la encíclica sobre la esperanza, se preguntaba: Si en estos dos mil años no ha cambiado nada, aparentemente, ¿qué nos ha traído Jesús? ¿Para qué ha venido al mundo? Si el Príncipe de la paz no ha traído realmente la paz; si no hemos superado las enfermedades y la muerte nos come a todos al final de la vida, ¿qué ha traído Jesús, queridos fieles? El mismo Papa contestaba: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza” (Spe salvi, 2).
Se trata de un encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo, el encuentro con una esperanza más fuerte que todos los sufrimientos, el encuentro con una esperanza que transforma desde dentro la vida y el mundo (cf. Spe salvi, 4)

Aunque las estructuras mundanas permanezcan aparentemente igual, la humanidad, sin embargo, ha cambiado desde dentro. San Pablo nos recuerda, en su Carta a los Hebreos, que los cristianos son huéspedes y peregrinos en la tierra, añorando la patria futura (cf. Hb 11, 13-16; Flp 3, 20). “Los cristianos reconocen que la sociedad actual no es su ideal; ellos pertenecen a una sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada en su peregrinación” (Spe salvi, 4).

El Hijo Dios, al encarnarse, ha entrado en la historia, se ha hecho presente entre los hombres y ha cambiado el mundo. Queridos hermanos, este acontecimiento es irreversible; no puede volverse atrás. La presencia de Dios entre los hombres y su fuerza salvadora están haciendo camino en la Humanidad y la van transformando. Dios nos permite a cada uno de nosotros cambiar totalmente nuestra vida.

Pero hemos de dejarle a Él que actúe. Dios no nos obliga a cambiar, ni fuerza nuestra libertad; por eso ahí se mantiene aún el pecado del hombre. Hemos de permitir que Dios sea el protagonista de nuestra vida y que cambie nuestro corazón.

6. Son varios los personajes que en la Navidad contemplan a Jesús: en primer lugar, María, su Madre; san José, su padre adoptivo; los pastores, que han llegado los primeros a este lugar de encuentro.

Todos ellos contemplan a Jesús con mirada asombrada y cariñosa. Ante ellos se presenta un recién nacido: débil, frágil, pequeño, sin fuerzas, necesitado de los demás para subsistir. Pero en Él está la fuerza de Dios.

Queridos malagueños, ¿por qué no hacemos como María y los pastores? ¿Por qué no nos acercamos al Hijo de Dios, hecho Niño en Belén y lo contemplamos con ternura, con afecto y con sencillez de corazón? ¿Por qué no le pedimos que cambie nuestros corazones?

Dejemos que Él actúe en la historia. Contemplémoslo llenos de alegría; démosle gracias por su Venida y vivamos con esperanza. Que Él nos dé su Paz, puesto que es el Príncipe de la Paz. ¡Que cambie, poco a poco, nuestro corazón y que transforme el mundo con su presencia salvadora!

Pidamos a la Virgen María que sepamos contemplar, como Ella, a su Hijo Jesús. ¡Que el Señor, hecho niño en Belén, conceda su paz a todo el mundo, alegría a los tristes, luz a los ciegos y amor a todo hombre de buena voluntad, que quiera aceptar a Dios! Amén.

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