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LXXV Aniversario de la bendición de la imagen del Santísimo Cristo de la Vera Cruz (Parroquia de Ntra. Sra. de los Remedios-Estepona)

Publicado: 13/09/2014: 12154

LXXV ANIVERSARIO DE LA BENDICIÓN DE LA IMAGEN
DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA CRUZ

Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios
(Estepona, 13 septiembre 2014)

Lecturas: Nm 21, 4b-9; Sal 77, 1-2.34-38; Flp 2, 6-11; Jn 3, 13-17

1. Celebramos hoy el setenta y cinco Aniversario de la Bendición de la imagen del Santísimo Cristo de la Vera Cruz en Estepona. ¡Enhorabuena por esta gozosa efeméride!

Con la cruz quiso Jesucristo rescatarnos del pecado y de la muerte eterna. Con la cruz instituyó el pueblo de la nueva alianza. Dios eligió como pueblo suyo al pueblo de Israel, con quien estableció una alianza primera. Esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, que debía efectuarse en Cristo, como dice el profeta Jeremías: «Ya llegan días −oráculo del Señor− en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (…) Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr, 31, 31.33).

La alianza nueva de amor que Dios quiere hacer con su pueblo está escrita en el corazón del hombre y no en tablas de piedra. ¡Ojalá la alianza que Jesucristo hace se grabe en todos nuestros corazones; porque esa alianza ha sido rubricada con la sangre del Santísimo Cristo de la Vera Cruz. La nueva alianza la estableció Jesucristo con el testamento de su sangre (cf. 1 Co 11, 25), convocando un nuevo pueblo de Dios, cuyos miembros, al creer en Cristo renacen del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5-6) como germen incorruptible por la palabra del Dios vivo (cf. 1 Pe 1, 23). De este modo son hechos «un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2, 9), para anunciar las proezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

2. Ese pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4, 25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre todo nombre (cf. Flp 2, 9), reina ahora glorioso en los cielos. Como dice el Concilio Vaticano II ese pueblo, al que pertenecemos los bautizados, tiene por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo; tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn 13, 34); tiene como fin la dilatación del reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra hasta su manifestación plena (cf. Lumen gentium, 9).

El pueblo de la nueva alianza, pueblo mesiánico, es germen de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano, es decir, para todo hombre de cualquier época, lugar, raza o lengua; es instrumento de redención universal; es enviado a todo el mundo como luz y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16). Y ha sido constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad. Este pueblo es llamado también Iglesia de Cristo (cf. Mt 16, 18), porque Él la adquirió con su sangre (cf. Hch, 20, 28) y la llenó de su Espíritu (cf. Lumen gentium, 9).

3. La devoción a la Vera-Cruz en las diócesis españolas se remonta a más de ocho siglos, cuando, en el año 1208, el Papa Honorio III concede y autentifica una reliquia del “Lignum Crucis” a los Caballeros del Temple del Septentrión de Segovia. No tenemos datos de cuándo arranca la devoción al Santísimo Cristo de la Vera-Cruz en Estepona. Pero esta devoción va unida a la historia de esta villa, que fue reconquistada a los musulmanes en 1456 por el rey Enrique IV de Castilla y repoblada posteriormente por los Reyes Católicos en 1502. Larga tradición de esta devoción al Cristo crucificado.

La imagen anterior del Cristo fue quemada durante la persecución religiosa del pasado siglo y se hizo esta nueva imagen, similar a la anterior, en 1939. También se hizo al año siguiente una imagen de Nuestra Señora de los Dolores. 

Hoy celebramos el setenta y cinco aniversario de la Bendición de esta hermosa imagen del Cristo. Si os acercáis a la imagen, podréis contemplar a Cristo con los ojos abiertos, que os contempla y os dice: Esto lo hago por ti; este es mi gesto de amor a ti. ¡Poneos debajo de la imagen y escuchad lo que os diga! La cofradía, como toda obra humana, atravesó diversos avatares históricos hasta que se renovó con la aprobación de sus Estatutos en la década de los años ochenta del pasado siglo.

4. Celebrar la Bendición de la imagen del Cristo de la Vera Cruz implica conocer el misterio pascual del Señor, que nos ha redimido de esa manera con su muerte y resurrección; e implica también vivir este misterio en la propia vida. Hemos de ser agradecidos por el misterio pascual del Señor.
Somos miembros del nuevo pueblo de Dios, que Cristo ha querido constituir. Mediante el sacramento del bautismo hemos sido hechos partícipes de su reino de amor, de paz, de perdón, de misericordia; hemos de ser conscientes de que somos ciudadanos de este Reino especial, porque es divino; no es un reino humano, que se queda en la tierra, sino que se perpetúa en la eternidad.

Los creyentes contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios, como autor de la salvación y como principio de unidad entre todos los hombres. De la misma manera que la Iglesia es constituida para ser sacramento visible de unidad, los miembros de la Hermandad de la Vera Cruz y todos los fieles cristianos deben ser signos visibles de la misma. Adorar a Cristo como salvador del mundo, compromete a vivir en coherencia con su vida y sus enseñanzas. No cabe confesarse cristiano, católico y cofrade, pero vivir como un pagano; esa es una gran incoherencia.
Jesucristo cargó con la cruz por nosotros; y nosotros, ¿cómo estamos dispuestos a corresponderle?

5. El pueblo de Israel, en su marcha hacia la tierra prometida, tuvo que recorrer un largo camino lleno de dificultades: la vida inhóspita del desierto, la sed, el hambre, el cansancio de la marcha, el frío nocturno. El pueblo estaba cansado de tanto vagar por lugares desérticos (cf. Nm 21,4); y protestó contra Moisés y contra el Señor.

Los cristianos, nuevo pueblo de Israel, en nuestro caminar por este mundo, lleno muchas veces obstáculos que dificultan vivir la fe y en el compromiso cristiano, también nos cansamos a veces de caminar; y también protestamos a veces, no precisamente contra Moisés, sino contra los representantes de la Iglesia.

Caminamos a través de peligros y tribulaciones, pero somos confortados por la fuerza del Espíritu, que el Señor prometió a su Iglesia. Aun con debilidades, no debemos perder la confianza, sino perseverar en la fidelidad a Dios.

6. El Señor mandó a Moisés que construyera en bronce la imagen de una serpiente, diciéndole: «Los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla» (Nm 21, 8). La imagen del Cristo de la Vera Cruz es como un estandarte de salvación: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre» (Jn 3,14). Así ha sido exaltado Cristo en la cruz.

Los cristianos de hoy sufren mordeduras mortales de serpiente; es decir, están expuestos a las modas contrarias a la fe; a los ídolos, que pretender suplantar el lugar debido a Dios; a los egoísmos contrarios al amor verdadero; a ciertas ideologías, que rechazan la auténtica imagen del ser humano que, al ser imagen de Dios, no debe manipulado por nadie; a los ataques infundados la mayoría de las veces contra la religión católica, basados en una imagen de Iglesia que no corresponde a la verdad, es decir, a la Iglesia fundada por Cristo; y, en fin, el cristiano está expuesto a otras muchas mordeduras venenosas mortales.

El Cristo de la Vera Cruz es vida y salvación para todos los hombres. Como dice el evangelista Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Podemos decir que el Cristo de la Vera Cruz es el Cristo de la “Vera Vida”, de la verdadera vida; fuera de Él no hay vida verdadera, auténtica y eterna.

7. El discípulo de Jesús no debe tener miedo de proclamar la verdad delante de los hombres. Recordemos las palabras del mismo Jesús: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.» (Mt 10, 32-33). Estas palabras son ciertamente duras.

Queridos cofrades, os felicito por la celebración del setenta y cinco Aniversario de la Bendición de la imagen del Santísimo Cristo de la Vera-cruz. Lo habéis preparado con diversos actos y, entre otros, con una peregrinación a Roma, centro de la fe cristiana, donde reside el Sucesor de Pedro, el papa Francisco, pastor de la Iglesia universal.

¡Ojalá esta fiesta sirva para purificar más vuestra fe; para adecuarla más a la fe de la Iglesia! Al igual que hay que limpiarse del polvo del camino, que se nos pega a los pies, hay que purificar la fe personal, quitándole lo que estorba y adecuándola cada vez más a la fe de la Iglesia. Pidamos al Cristo de la Vera Cruz que nos ayude a purificar nuestra y nuestro amor a Él y a los demás.
Deseo felicitaros también por el testimonio público de vuestra fe. Cuando salís por las calles con vuestros titulares manifestáis públicamente la fe y dais testimonio del mayor acto de amor de Jesucristo: la muerte en cruz de un inocente por la salvación de todos. Nadie ha realizado jamás un gesto de amor y un acto de este tipo en toda la historia de la humanidad.

Pedimos al Santísimo de la Vera Cruz que nos configure a su imagen, ayudándonos a aceptar la cruz de cada día y a ser verdaderos discípulos suyos. Y suplicamos a la Santísima Virgen María que nos acompañe en nuestro caminar hacia la patria del cielo y que nos haga testigos valientes del Evangelio.

Amén.

 

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