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Dedicación del templo de San Rafael (Ronda)

Publicado: 23/11/2014: 10160

DEDICACIÓN DEL TEMPLO DE SAN RAFAEL
(Ronda, 23 noviembre 2014)

Lecturas: Ez 34, 11-12.15-17; Sal 22, 1-5.6; 1 Co 15, 20-26.28; Mt 25, 31-46.

(Solemnidad de Cristo Rey)

1. La fiesta de Cristo Rey, que hoy celebra la Iglesia, sintetiza el misterio de la salvación y resume todo el año litúrgico. Jesucristo es el Rey del universo; es el centro y el culmen de la historia humana. Como dice san Pablo: «Todo ha sido creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él» (Col 1,16-17).

El amor de Dios es la causa primordial de la creación del mundo y de su redención después del pecado. En el centro de ese proyecto de amor está Jesucristo, a quien Dios Padre «ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), y en cuyo nombre somos salvados: «No se nos ha dado otro nombre en el que podamos ser salvados» (Hch 4,12).

Dios ha ido revelándose al hombre de manera paulatina a través de los siglos: «En muchas ocasiones y de muchas maneras –nos dice la carta a los Hebreos- habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos» (Heb 1, 1-2). Jesucristo es la plenitud de la revelación de Dios.

2. La creación entera, la historia humana y la acción salvífica de Dios culminan en Jesucristo y quedan integradas en él. Cristo es la primicia de la humanidad resucitada, como nos ha dicho san Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Co 15, 20).

El nuevo Adán es Cristo, que ha llevado a cabo la alianza nueva con la sangre derramada en la cruz. El viejo Adán, que trajo la muerte ha sido superado por Cristo: «Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección» (1 Co 15, 21).

Aunque muertos por el pecado del primer Adán, podemos resurgir a la vida gracias a Cristo: «Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados» (1 Co 15, 22).

Sólo en Jesucristo nos ha revelado Dios todo su amor; sólo en Jesucristo ha pagado la humanidad a Dios la deuda del pecado; sólo en Jesucristo el odio de los hombres se convierte en amor. Entrar en la órbita de su amor nos va configurando con Él y nos hace capaces de amar como ama Él, de vivir como Él, de sentir como Él, de pensar como Él. Esa es la tarea a la que estamos todos llamados.

3. En este marco de la solemnidad de Cristo Rey del universo dedicamos este nuevo templo de San Rafael de la parroquia de San Cristóbal en Ronda.

Ungiremos con el santo crisma el altar, que simboliza a Jesucristo, el cual se ofreció en el ara de la cruz. El sacrificio de la cruz se renueva y se actualiza en el sacrificio eucarístico del altar. Aquel sacrificio cruento, hecho una vez para siempre (cf. Heb 7, 27; 9, 12), se actualiza en la Eucaristía de manera incruenta.

La Eucaristía no es un simple recuerdo; en ella se actualiza y se realiza la entrega de Cristo en la cruz. El vino significa la sangre derramada de Cristo y el pan significa el cuerpo de Cristo entregado. Pero es el mismo sacrificio de Jesús en la cruz, que sigue ofreciéndose por nosotros en la eternidad. La Eucaristía es el centro de toda la vida cristiana, en la que el cristiano participa ofreciéndose con Jesús, como dice el Concilio Vaticano II: “Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella” (Lumen gentium, 11).

Os invito, queridos fieles, a celebrar aquí la Eucaristía con gran fervor y amor a Dios; os animo a escuchar la Palabra de Dios, que es viva y eficaz como espada de doble filo (cf. Heb 4, 12), que penetra hasta las entretelas del corazón. Quien esté abierto a la Palabra, será transformado por la Palabra, porque la Palabra es Cristo, que nos habla en persona y nos revela el amor del Padre.

Os exhorto a celebrar los sacramentos de la fe de la Iglesia; a vivir la dimensión moral de los mandamientos de Dios; y a promover la acción caritativa hacia todos los hombres, sobre todo los más necesitados.

¡Venid aquí para adorar al Dios único, abandonando los ídolos mundanos! ¡No os dejéis contaminar por modas e ideologías, que alejan de Dios y dejan vacío el corazón! Esas ideologías no llenan el corazón de nada; ni siquiera de una pretendida felicidad.

4. En el rito de la dedicación del templo está prevista la unción del altar y de los muros con el santo crisma, que es utilizado para la celebración de los tres sacramentos que imprimen carácter: el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal.

Nos ungieron en el bautismo para hacernos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Los bautizados somos ungidos para ser consagrados y dedicados a Dios. Somos sellados y marcados por el Espíritu; somos consagrados a Dios para siempre. Un hijo no pierde nunca la filiación, aunque renegara de sus padres. Un bautizado jamás deja de ser hijo de Dios, aunque apostatara de su fe; los bautizados ya no pueden vivir como los paganos.

Nos ungen también en el sacramento de la confirmación, para darnos el don del Espíritu Santo y ser marcados por su sello. Y nos ungen a los sacerdotes para ejercer el ministerio sacerdotal, que nos configura de modo especial a Jesucristo, Sumo sacerdote, Cabeza y Pastor (cf. Pastores dabo vobis, 3).

En esta fiesta de la Dedicación de este templo agradecemos nuestra filiación divina y renovamos nuestra consagración a Dios. Quiero agradecer la presencia de los sacerdotes en esta celebración, vinculados a nuestra querida ciudad de Ronda.

5. Cristo es la piedra angular de la Iglesia. Pero es también piedra de tropiezo, como dice san Pedro: «Piedra de choque y roca de estrellarse; y ellos chocan al despreciar la palabra» (1 Pe 2,8). Quien rechaza Cristo se estrella y tropieza. Cristo es el fundamento de la humanidad; es el hombre nuevo. Quien reniega de él, quien choca contra Él se estrella contra la piedra angular.

Hay que construir sobre la roca fundamental que es Cristo; hay que edificar sobre su fundamento. Nosotros somos «piedras vivas» (1 Pe 2,5), que constituimos el templo espiritual de Dios, el templo espiritual de la Iglesia. El nuevo templo que hemos construido está compuesto por piedras, que han sido ordenadas y encajadas de manera armónica por el arquitecto y los técnicos.

6. Los cristianos somos piedras vivas de la construcción del templo del Espíritu: «Todos vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe 2,5).

Cada uno de nosotros tiene una misión, que Dios le ha confiado: Unos son piedras de fundamentación, otros de estructura, otros de ornamentación. Pero todos somos necesarios en la Iglesia: unos son misioneros, otros educadores en la fe, otros visitan enfermos, otros se cuidan de los más necesitados, ancianos o enfermos, otros son cantores, otros dirigen. Todos tenemos una misión en la Iglesia, como también la tenemos en la sociedad.

Asumamos con alegría la tarea que nos toca desempeñar; porque en el juicio final seremos examinados en el amor, como nos recuerda san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida te examinarán del amor”. No nos pedirá el Señor cuentas sobre cuánto hemos ganado o cuántos títulos hemos obtenido; nos pedirá cuentas de los actos de amor que hayamos hecho u omitido.

Pidamos al Señor que nos permita acoger su Palabra y construir sobre Él como fundamento de nuestra vida. Y pedimos la intercesión de santa María la Virgen y la de san Rafael, titular de este nuevo templo. ¡Que seamos de verdad piedras vivas de la Iglesia y también de la sociedad! Amén.
 

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