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Fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen (Parroquia San Felipe Neri-Málaga)

Publicado: 27/03/2015: 7562

FIESTA DE LOS DOLORESDE LA SANTÍSIMA VIRGEN

(Parroquia San Felipe Neri - Málaga, 27 marzo 2015)

 

Lecturas: Jr 20, 10-13; Sal 17, 2-7; Jn 19, 25-27.

 

1. En esta celebración contemplamos a la Virgen de los Dolores, quien vivió en comunión plena con su Hijo Jesucristo, compartiendo sus sufrimientos por la salvación de la humanidad.

La Venerable Orden Tercera de Siervos de María Santísima de los Dolores (Servitas) vive con piedad reverente esta advocación y conmemora los dolores de la Santísima Virgen María en este viernes previo al Domingo de Ramos.

         La Orden Servita se estableció en Málaga en 1695; y desde el año 1739 erigió su sede en esta Parroquia de San Felipe Neri, donde hoy celebramos la liturgia. A mediados del siglo XIX salió en procesión para rogar a Dios que salvara al pueblo de una epidemia de cólera.

Hoy veneramos la imagen de la Dolorosa de Fernando Ortiz. Contemplándola percibimos el gran dolor que siente al ver a su Hijo clavado en la cruz. Está diciendo: “Videte si est dolor, sicut dolor meus” (Mirad si hay dolor como mi dolor). Hemos escuchado la secuencia del “Stabat Mater dolorosa”; y nosotros queremos unirnos al alma de la Virgen, traspasada por la espada del dolor y del sufrimiento de su Hijo.

 

2. La Virgen María, desde la concepción de su Hijo Jesús hasta su ascensión al cielo, se mantuvo unida en perfecta comunión con su Hijo, compartiendo su vida, sus anhelos, sus alegrías y sus dolores.

La Virgen María es la mejor madre que haya jamás existido: madre sensible, con profundísimo amor, sin abandonar nunca a su Hijo y pendiente de él hasta el final de su vida.

Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra salvífica de la redención, como nos recuerda el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 57) alcanza su punto culminante en el calvario, donde María estuvo de pie junto a la cruz (cf. Jn 19, 15); María “estaba de pie” pendiente de su Hijo; está contemplando al Hijo, “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose amorosamente a la inmolación de la Víctima por Ella engendrada” (Lumen gentium, 58). ¡Resulta difícil imaginar el dolor de un corazón tan sensible! Pero hoy queremos acompañarla en su actitud sufriente y dolorosa.

Ella ofreció a su Hijo como oblación a Dios-Padre: “Ella que estuvo inmune de toda mancha, tanto personal como heredada, y siempre estrechamente unida a su Hijo, lo ofreció al eterno Padre en el Gólgota, haciendo holocausto de todo derecho materno y de su amor materno, como nueva Eva”, como dijo el papa Pío XII (Mystici Corporis, Epílogo).

         La Virgen María se asoció con corazón maternal al sacrificio del Hijo. No solamente aceptó con serenidad la muerte del Hijo de sus entrañas, sino que ofreció su vida y su dolor, inmolándose junto con la víctima Pascual. Ella no fue simple espectadora; fue actora con el Redentor; fue co-redentora. ¡Qué gran ejemplo de entrega y de sacrificio nos ofrece esta bendita Madre de los Dolores!

 

3. María ha acompañado a su Hijo en todos los momentos importantes de su vida y de su ministerio. Ahora, al final de su vida, continúa cerca de Él con actitud reverente, como hemos escuchado en el evangelio de Juan: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena» (Jn 19, 25).

Al contemplar a María al pie de la cruz consideramos su valentía, su delicadeza y su actitud maternal. Ella se asocia a la pasión redentora de su Hijo y no abandona su misión de madre. Su maternidad le pedía estar con su Hijo, como tantas madres estáis con vuestros hijos; y más aún en los momentos difíciles.

¡Queridos miembros de la Orden Tercera Servita, cuántas veces tenemos la tentación de abandonar nuestra misión ante las dificultades! La Virgen nos anima a mantenernos de pie y a no desfallecer, cuando flaquean las fuerzas y viene el cansancio; o cuando somos vituperados por nuestras creencias religiosas. No vivimos tiempos que favorezcan la fe y la vida de los cristianos. Ella nos da ejemplo en los momentos difíciles, en los que tenemos que dar testimonio de nuestra fe, en una sociedad indiferente muchas veces ante la existencia de Dios.

 

4. En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús regala a su Madre al discípulo amado, Juan: «Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26). Y al discípulo le dice: ««Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio» (Jn 19, 27), como madre propia.

         La maternidad de María sobre Juan se amplía a todos los discípulos de Jesús, a todos nosotros, a toda la Iglesia.

¿Cómo acogemos nosotros a esta buena Madre, que el Señor nos ha regalado? Acoger a la Madre implica necesariamente aceptar a su Hijo. Ambos forman parte de nuestra vida de fe y de amor a Dios; ambos son inseparables de nuestra vida de cristianos.

 

5. María, asociándose a la obra de su Hijo, nos anima a dar a conocer la obra salvadora de Jesucristo a quienes opinan que no necesitan salvación; a quienes piensan, equivocadamente, que la ciencia resolverá todos los problemas del hombre. Pero la ciencia no tiene respuesta alguna ante la muerte y calla. La ciencia nos puede acompañar y ayudar más o menos tiempo; puede aliviar nuestros sufrimientos y dolores; pero la ciencia no resuelve la muerte; más la certifica y basta.

Solo la fe y el amor de Dios superan la muerte; solo el cristiano que muere en Cristo, resucita con Cristo. Hemos de asociar nuestra vida, nuestros sufrimientos y nuestra muerte a la muerte de Jesucristo; solo así adquiere sentido la muerte. Cristo ha vencido la muerte; y muriendo en Él, resucitamos con Él.

 

6. Tampoco la ciencia tiene respuesta ante el “sentido del dolor”. Cristo ha aceptado voluntariamente el dolor y nos ha enseñado que el sufrimiento tiene sentido: sirve para madurar a la persona humana; sirve para transformarla y transfigurarla. La verdadera respuesta del dolor está en la cruz del Señor; y esta respuesta podemos ofrecerla nosotros a nuestro mundo. La Virgen de los Dolores nos exhorta a promover la el anuncio de la buena nueva de la salvación del ser humano.

         Ella permaneció unida con ardiente amor, cumpliendo con fidelidad la nueva misión de Madre espiritual del discípulo predilecto y de la Iglesia naciente; y ahora de todos nosotros. Ella es la madre espiritual, que nos enseña el camino que lleva a Cristo; es la que nos enseña el sentido del dolor.

Pedimos a la Santísima Virgen de los Dolores que interceda por todos nosotros, para que seamos capaces de ser cristianos valientes que vivan el compromiso de la fe, las exigencias del amor y la firmeza de la esperanza cristiana.

¡Que la Virgen de los Dolores proteja con su maternal intercesión a todos los miembros de la Orden de Servitas!

¡Y que el Señor nos conceda celebrar una fecunda Semana Santa y una alegre y festiva Pascua de Resurrección! Amén.

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