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Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

Publicado: 05/04/2015: 7276

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 5 abril 2015)

 

Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

 

Cristo, autor de la resurrección y de la vida

1. Hoy es Pascua de Resurrección: la gran fiesta de los cristianos. Hoy, con alegría desbordante, celebramos el triunfo de Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte. ¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Este es el grito pascual, lleno de júbilo. Hemos cantado con el Salmo (117): Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

La historia de Jesús no termina con la cruz en el Viernes Santo. Dios ha intervenido en la historia del hombre, resucitando a su Hijo Unigénito. Si no hubiera resurrección, significaría que Dios no existe; y que lo hecho por Jesús, con palabras y obras, no tendría crédito alguno ni garantía de verdad.

         Como dice san Pablo: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; (…). Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Co 15, 16-20).

 

2. A la luz del misterio pascual, la realidad humana queda iluminada, descubierta y salvada. La muerte entró en el mundo por el pecado de Adán, quedando todos muertos en este primer hombre; pero siendo vivificados en Cristo, el segundo Adán: «Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados» (1 Co 15, 22).

         Pero hay una gradación y cada cual ocupa su puesto: «Primero Cristo, como primicia, después todos los que son de Cristo, en su venida» (1 Co 15, 23). Jesucristo es el autor de la resurrección y de la vida; es el “primogénito” de toda creatura (cf. Col 1, 15); es la cabeza de la Iglesia y el primogénito de entre los muertos (cf. Col 1, 18; Ap 1, 5); por eso es el primero en todo.

Después los de Cristo, es decir, los que siguen su ejemplo y viven imitando su santidad; los que tienen la firme esperanza de la resurrección futura; los que desean poseer el reino prometido; los que pasan de la muerte a la vida, como dice el evangelista Juan: «Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida» (cf. Jn 5, 24).

Todos, por tanto, podemos pasar ya de la muerte a la vida; y comenzar a disfrutar de forma incoada la vida eterna ya en este mundo. La vida eterna no viene detrás de la muerte temporal; la vida eterna nos la ofrece ya Cristo resucitado ahora, hoy.

Al final, cuando Cristo entregue el reino a Dios-Padre, quedarán vencidos todos los principados, poderes y fuerzas de este mundo (cf. 1 Co 15, 24) y Cristo reinará sobre todos sus enemigos (cf. 1 Co 15, 25), incluida la muerte (cf. 1 Co 15, 26). Al final el Reino de Cristo se impondrá; los vivimos ya en el Reino de Cristo, que está ya presente en este mundo, aunque no de manera plena y definitiva.

 

3. Cristo es el autor de la resurrección y de la vida. Él ha destruido el hombre viejo, que llevábamos como herencia de Adán. Los que nos incorporamos a su muerte, viviremos con Él la resurrección. Al igual que llevábamos la imagen del hombre terreno (hombre viejo, de pecado y tinieblas), compartiremos la imagen celeste de Cristo (cf. 1 Co 15, 49), hombre glorioso, iluminado, resucitado por Cristo. En él hemos alcanzado la salvación y nos ha convertido en hombres renovados. El bautismo nos ofrece una nueva vida.

         La pasión del Señor ha sido salvación y vida para todos los hombres. Jesús quiso morir por nosotros para que, creyendo en él, llegáramos a vivir eternamente. Quiso participar de nuestra naturaleza humana y de nuestra temporalidad, para que nosotros participáramos de su vida divina y de la eternidad prometida. 

Como dice un autor antiguo: “Ésta es la gracia de estos sagrados misterios, éste el don de la Pascua, éste el contenido de la fiesta anhelada durante todo el año, éste el comienzo de los bienes futuros” (Homilía pascual, Sermón 35, 6-9: PL 17, 696-697). 

 

4. En casa del centurión Cornelio el apóstol Pedro ofrece un discurso en el que explica que Jesús de Nazaret fue «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

         Los apóstoles se presentan como testigos de la muerte de Jesús en Jerusalén (cf. Hch 10, 39) y de cómo «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse» (Hch 10, 40).

         Los apóstoles y discípulos reciben el encargo de dar testimonio de estos hechos: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42).

         Nosotros, queridos fieles, los cristianos del siglo XXI somos ahora los encargados de dar testimonio de la resurrección de Señor, como los apóstoles Pedro y Juan, como lo fue María Magdalena y los demás discípulos, a quienes se les apareció el Señor resucitado.

 

5. Para ser testigos hemos de haber tenido la experiencia de que Cristo ha resucitado en nosotros; y estar dispuestos a buscar los bienes celestiales: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3, 1).

En la Eucaristía nos encontramos con Jesucristo resucitado, que nos invita a participar de su mesa y de su resurrección y nos envía como testigos para anunciar su resurrección.

         En unión con toda la Iglesia, llenos de alegría y esperanza, proclamamos el grito pascual con particular emoción: “¡Cristo ha resucitado, Aleluya!”. Esta es la luminosa certeza que celebramos en la Pascua.

         Cristo es el autor de la resurrección y de la vida. Por él renace la humanidad, hecha de hombres y mujeres nuevos, que viven en fe, esperanza y amor.

         Acompañados de la Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo resucitado, vivamos el tiempo pascual como anticipo de las realidades eternas y seamos testigos gozosos de la resurrección del Señor. Amén.

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