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Inmaculada Concepción de la Virgen María. Apertura del Jubileo de la Misericordia (Catedral-Málaga)

Publicado: 08/12/2015: 11813

Homilía pronunciada por Don Jesús Catalá en la solemnidad de la Inmaculada Concepción.

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

APERTURA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

(Catedral-Málaga, 8 diciembre 2015)

Lecturas: Gn 3, 9-15.20; Sal 97, 1-4; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38.

La Virgen María, Madre de misericordia

1. Apertura del Jubileo extraordinario de la Misericordia
En este día, 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, se inaugura el Jubileo extraordinario de la Misericordia.
El papa Francisco abre hoy la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. El próximo domingo se abrirán las Puertas Santas de las restantes Basílicas mayores romanas y las de todas las Catedrales del orbe.
El Papa invita a todos a cruzar el umbral de la Puerta Santa, a través de la cual cualquiera que entre “podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza” (Misericordiae vultus, 3).
El papa Francisco, en su Bula Misericordiae vultus, con la que hace público el Año Santo, explica el motivo de haber elegido esta fecha: “Esta fiesta litúrgica (la Inmaculada) indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cf. Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre” (Misericordiae vultus, 3),

2. Aniversario del Concilio Vaticano II
Concurre también hoy otra efeméride: el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. Como dice el Papa: “La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo período de su historia (…). Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre” (Misericordiae vultus, 4).
El papa san Juan XXIII dijo en la apertura del Concilio Vaticano II, del que ahora concurre el quincuagésimo aniversario de su clausura, que la Iglesia, Esposa de Cristo, prefiere usar la medicina de la misericordia (cf. Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia, 11.10.1962, 2-3). Y el beato Pablo VI decía en la Conclusión del Concilio: “La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio” (Alocución en la última sesión pública, 7.12.1965).

3. La pérdida de los dones preternaturales y promesa de salvación
Según la narración del libro del Génesis, que hemos escuchado, Adán y Eva se escondieron por vergüenza tras el primer pecado en el paraíso terrenal; pero el Señor Dios los llamó para preguntarles lo que habían hecho (cf. Gn 3, 9).
Ellos intentaron excusarse y echar la culpa al otro (cf. Gn 3, 12-13), al darse cuenta de habían perdido su condición de gracia. Habían quedado despojados de los dones preternaturales y se veían desnudos (cf. Gn 3, 10). Al final del diálogo con Dios reconocen que han transgredido la prohibición de comer del árbol indicado (cf. Gn 3, 11).
Dios promete la salvación del ser humano y la reparación del pecado cometido: la estirpe de la mujer vencerá al tentador y aplastará su cabeza (cf. Gn 3, 15); se refiere a la Virgen María, la Inmaculada. “Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona” (Misericordiae vultus, 3). Acudamos al perdón de Dios, sea cual sea nuestro pecado; es más fuerte el amor del perdón.
Hoy celebramos el triunfo sobre el mal y proclamamos a María como la mujer sin mancha, inmaculada, limpia de pecado y llena de hermosura.
El Salmo nos invitaba a cantar un cántico nuevo por las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo (cf. Sal 97,1-4); y en favor de toda la humanidad.

4. La Virgen María, madre de misericordia
La Virgen de Nazaret engendró a Jesucristo, el Hijo de Dios que venció el pecado y la muerte. «En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia» (Ef 1, 7), nos ha dicho la carta a los Efesios.
María, desposada con José, de la casa de David, recibió el anuncio por parte del ángel, de la maternidad divina: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (…) Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31.33).
María ha experimentado la misericordia de manera singular y excepcional, haciendo posible con el sacrificio de su corazón la revelación de la misericordia divina, la fidelidad de Dios a la promesa de salvación, revelada en el Génesis y realizada en la alianza eterna.
María conoce a fondo el misterio de la misericordia divina; ha experimentado en su persona y en la de su Hijo Jesús, el alto precio de la redención: la muerte en cruz de su amado Hijo Jesús; ese es el alto precio de la redención. Ella es Madre de la divina misericordia. Gracias a su “fiat”, es decir, a su aceptación de la voluntad divina, la misericordia de Dios se extiende de generación en generación y somos partícipes del eterno designio de la Santísima Trinidad.
La maternidad de María en la economía de la gracia, como expresa el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 56-58), perdura desde su “fiat” en la Anunciación hasta el pie de la cruz; más aún, perdura hasta hoy, como dijo Juan Pablo II: “Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 9); sigue realizando su misión maternal con nosotros, sus hijos.

5. Misericordiosos como el Padre
El lema del Año Santo es Misericordiosos como el Padre. Dios nos ama y se da gratuitamente sin pedir nada a cambio; tan solo nos pide que lo aceptemos y acojamos lo que nos regala. Él viene a salvarnos de la condición pecadora en la que vivimos. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con los demás (cf. Misericordiae vultus, 14).
En esta celebración algunos seminaristas van a recibir la colación de los ministerios laicales de Lector y Acólito. Querido jóvenes, el Señor os ha llamado al ministerio sacerdotal, para que seáis instrumentos de la misericordia divina.
Los ministerios que vais a recibir son un peldaño más en el proceso vocacional y en vuestra respuesta personal a esta llamada del Señor. Cuando los “lectores” proclaméis la Palabra de Dios, procurad haberla interiorizado y asimilado previamente; no se trata de una simple lectura, sino de una proclamación ante la asamblea. Cuando los “acólitos” sirváis al altar, pensad lo grandioso del sacrificio de Jesucristo, que se inmola por nosotros. En este sacrificio de la nueva Alianza se nos concede la salvación y la misericordia de Dios. Es hermoso que recordéis para toda vuestra vida que fuisteis constituidos lectores y acólitos en el inicio del Jubileo extraordinario de la Misericordia. ¡Vivid con corazón misericordioso vuestro futuro ministerio sacerdotal!
Pedimos a la Santísima Virgen María, la Inmaculada Concepción, que nos acompañe a todos en este Año Jubilar de la Misericordia, y que nos ayude a ser misericordiosos como el Padre. Amén.
 

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