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Jornada de Formación del Voluntariado de Pastoral Social (Colegio Gamarra-Málaga)

Eucaristía presidida por el Sr. Obispo en las Jornadas de Pastoral Social y Cáritas. FOTO: I. MARTOS
Publicado: 26/11/2016: 8955

JORNADA DE FORMACIÓN
DEL VOLUNTARIADO DE PASTORAL SOCIAL
(Colegio Gamarra-Málaga, 26 noviembre 2016)

Lecturas: Is 2, 1-5; Sal 121; Rm 13, 11-14; Mt 24, 37-44.
(Domingo Adviento I-A)

1.- Visión de Isaías sobre Jerusalén

Hemos escuchado en la primera lectura el oráculo de Isaías, uno de los más característicos del gran profeta del siglo VIII a.C., que invita a todas las naciones a ponerse en camino hacia el templo de Jerusalén, donde confluirán todas las naciones y caminarán los pueblos diciendo: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén» (Is 2,3).

Jerusalén, como su nombre indica, es la ciudad de la paz; hay en ella una presencia viva de Dios. Jerusalén debe saber convertir las espadas en arados y las lanzas en podaderas. Esta opción por la paz es para el profeta una opción divina: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4). Este mensaje resonará después en las Bienaventuranzas de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

El ciudadano del reino de los cielos debe ser pacífico y trabajar por la justicia y la paz. Jerusalén es punto de referencia y faro para todas las naciones, donde la luz de Dios resplandece para todo el mundo, como hemos escuchado: «Venid; caminemos a la luz del Señor» (Is 2,5). El templo de Jerusalén hace referencia, en el actual orden de salvación, a la Iglesia instituida por el Señor Jesús; por eso, los miembros de la Iglesia quedamos iluminados por la Luz de Jesucristo y somos pacificados para ser después luz y portadores de paz.

Es precioso el tiempo de Adviento, que nos prepara para celebrar esta realidad que ya está presente. El Adviento, que hoy comenzamos, nos invita a caminar a la luz de Dios, para hacer de nuestro mundo un lugar de paz, de justicia, de fraternidad y de amor entre los hombres. Hay que derrumbar las barreras entre las personas, hacer desaparecer los fundamentalismos religiosos, desterrar las xenofobias y los rencores, que anidan en los corazones.

El apóstol Pablo nos invita a abandonar las obras de las tinieblas y a ponernos las armas de la luz, revistiéndonos del Señor Jesucristo, sin dar pábulo a la carne, que sigue sus deseos (cf. Rm 13,12.14).

2.- Amor a Dios y al prójimo

La pasión del profeta Isaías por Jerusalén es expresión de su amor y pasión por Dios, que es adorado en el templo. Los sacrificios y las ofrendas que presenta el pueblo no tienen apenas valor ante Dios. Los profetas advierten al pueblo en nombre de Dios: «Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, de corderos y chivos no me agrada» (Is 1,11). No los aguanto; quiero otro tipo de sacrificios: «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17); abrid los cerrojos de las prisiones injustas, ayudad al pobre, no os enriquezcáis estrujando al otro. Lo importante es una fe viva, una actitud humilde ante Dios, una vida entregada al prójimo, sobre todo al más necesitado.

Los profetas de Israel han insistido siempre en que la verdadera religión consistía en atender al necesitado, al mismo tiempo que se adora a Dios. El amor a Dios y al prójimo son las dos caras de la misma moneda.

Hoy celebramos una Jornada de formación para los voluntarios de acción social, que es muy amplia en la Iglesia; vosotros actuáis en algún tipo de acción social. El papa Francisco, sobre todo en este “Año de la Misericordia” que ya ha concluido, ha insistido mucho en las obras de misericordia. Vosotros sois protagonistas de ellas: la atención al enfermo y al anciano, la visita a los encarcelados, la ayuda al necesitado, la acogida del extranjero y del refugiado; y también de las obras espirituales.

3.- Importancia de la familia

Hoy habéis reflexionado sobre un tema muy importante: la familia; porque los pobres, los excluidos, los que nadie quiere, son víctimas hoy de la desestructuración de la familia. Hoy hay más necesitados por haber destruido la familia; hay más gente en la cárcel por nacer en familias desestructuradas; hay menos atención a los ancianos y a los no-nacidos, porque la familia está siendo machacada.

Me he alegrado mucho que reflexionarais sobre la familia; porque es como querer “recomponer” el núcleo más importante donde el ser humano se desarrolla. Si tuviéramos más familias centradas, serenas, que viven en amor y en paz, habría mucha menos gente excluida y desestructurada.

La familia no es una institución humana; fue creada por voluntad divina. Dios creó al ser humano como varón y mujer (cf. Gn 1,26). Cuando se rompe esa institución, se hacen añicos muchas cosas y todos perdemos mucho. La tendencia de nuestra sociedad no es precisamente defender la familia; por lo cual vamos a tener mucho trabajo. Demos gracias al Señor que nos anima a reconstruir estas “desestructuras”. Cuanto mejor trabajemos la familia en todos los campos pastorales (catequesis, preparación al matrimonio, vida familiar) tendremos una sociedad mejor.

Siento mucho que los políticos y los que tienen responsabilidades sociales no vean o no quieran ver las consecuencias de la destrucción de la familia; porque están promoviendo mayores males al destruir la familia; y tenemos que decírselo.

Le pedimos al Señor que nos ayude a retejer el tejido social roto, cada uno desde su campo. Por eso está muy bien que hoy hayáis reflexionado sobre esta maravillosa institución que es la familia.

4.- Adviento: A la espera de Señor

El Adviento inaugura la etapa de preparación y de estar alerta: «Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42). Es una llamada a convertirse, a recomenzar tanto personal como socialmente. Iniciar de nuevo es algo que Dios ha puesto en la entraña misma del ser humano. El Hijo del hombre, Jesús de Nazaret, el Señor y Maestro, quien comenzó una historia radicalmente nueva, para que podamos vivir con dignidad como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

Hay que hacer discernimiento para saber lo que hay que desechar de nuestra vida y lo que hay que cultivar; lo que vale y lo que no aporta nada. Es maravilloso que Dios nos dé la oportunidad de cambiar nuestra vida, de recomenzar nuestra historia personal, de cambiar las estructuras. Dios siempre tiene un proyecto de salvación para con nosotros y con la humanidad. Siempre hay una invitación a la novedad.

Esto no es como el “mito del eterno retorno”, como decían los filósofos antiguos; ellos opinaban que todo era circular y se repetía una y otra vez. En cambio, cuando Cristo penetra en la historia humana, transforma esa historia y la convierte en historia salvífica; rompe el círculo vicioso y aparece una gran novedad: entra lo eterno en la historia y la cambia. Y cada Adviento no es una mera repetición del Adviento anterior. Ninguno de nosotros estamos como al inicio del Adviento del año anterior, porque el Espíritu ha estado trabajando en nosotros desde dentro.

Adviento es, pues, un tiempo de esperanza y de renovación, de eliminar lo que no vale; y de recomenzar. El Adviento nos anima a estar preparados: «Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Mt 24,44). Estar preparados en el lenguaje apocalíptico es una llamada exhortativa a vivir en concordia, en paz, en justicia y en alegría.

La salvación de Dios está cerca; tan cerca que está dentro de nuestro corazón. Dejemos que él actúe en nosotros. En este primer domingo se ofrece una respuesta a las incertidumbres y dudas de cada ser humano. La venida de Cristo es imprevisible, pero cierta, y por este motivo condiciona nuestro presente.

Hoy saldremos de esta Eucaristía transformados y mejores de lo que hemos entrado; siempre que dejemos actuar al Espíritu en nosotros.

Pedimos a la Virgen María, nuestra Madre, quien supo esperar a su Hijo, que nos ayude a vivir este Adviento como una gran novedad. Así lo deseo para todos. Amén.

Diócesis Málaga

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