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Misa del alba de la Cofradía del Cautivo (Parroquia San Pablo-Málaga)

Publicado: 27/03/2010: 750

MISA DEL ALBA

DE LA COFRADÍA DEL CAUTIVO

(Parroquia de San Pablo-Málaga, 27 marzo 2010)

Lecturas: Ez 37, 21-28; Sal: Jr 31, 10-13; Jn 11, 45-57.

Tras las huellas de Jesús-Cautivo

1. Hemos escuchado, queridos hermanos, en el texto del profeta Ezequiel, que Dios quiere congregar a todos sus hijos dispersos de entre las naciones: «He aquí que yo recojo a los hijos de Israel de entre las naciones a las que marcharon» (Ez 37, 21).

Algunos hijos de Israel se dispersaron abandonando Jerusalén, lugar santo de Dios y centro de la vida social y religiosa. Dios promete el regreso de estos hijos dispersos, porque quiere formar un solo rebaño bajo un solo pastor: «Como un pastor vela por su rebaño, cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas –dice el Señor-. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas» (Ez 34, 11-12).

También hoy los cristianos nos dispersamos, abandonando la casa paterna de Dios y salimos tras otras cosas, que nos atraen y nos subyugan. Nos dispersamos cuando dejamos el camino del Señor y seguimos nuestros caprichos; nos dispersamos cuando abandonamos a Jesús y nos vamos tras otros dirigentes; nos dispersamos cuando olvidamos los pasos de Cristo-Cautivo y seguimos otras huellas, propiciadas por ciertas modas; nos dispersamos, queridos hermanos, cuando preferimos la comodidad al esfuerzo de hacer la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros sabe muy bien cuántas veces hemos abandonado a Dios, siguiendo otros derroteros; cuántas veces hemos dado la espalda a Jesús-Cautivo.

2. Pero Dios, como buen pastor, desea tener a todos sus hijos junto a sí; y no quiere que se pierda ninguno (cf. Mt 18, 14).

Hoy escuchamos, de nuevo, la voz de Cristo-Cautivo, que nos invita a volver junto a Él. Confesamos con rubor que lo hemos abandonado muchas veces; que hemos seguido nuestros deseos, quedando vacíos por dentro. Reconocemos el fracaso de no haber encontrado el buen sabor de la vida, que Jesús nos regala.

Siguiendo las palabras proféticas de Ezequiel, Cristo quiere congregarnos de todas las partes, para conducirlos de nuevo a su lado (cf. Ez 37, 21). Nuestro sitio, queridos malagueños, está junto a Jesús. Lejos de Él no hay vida auténtica, sino sólo vaciedad; sólo Él da sentido a nuestra vida; lo sabemos bien por experiencia.

La imagen de Jesús-Cautivo, que contemplamos esta hermosa mañana de primavera ante nuestros ojos, pasea cada año por las calles de Málaga, con aire sereno y majestuoso. Los malagueños saben muy bien detrás de quién van. Aunque su figura aparezca lastimosa y sus manos maniatadas, no es un reo cualquiera; es el Señor de la historia; es el principio y el fin de todo; es el “Primogénito” de toda la creación «porque en él fueron creadas todas las cosas» (Col 1, 16).

3. Cuando el hombre quiere erigirse en el centro del cosmos, fracasa estrepitosamente. Sólo Jesús es la clave de la existencia humana, como ha dicho él mismo: «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Ap 21, 6). El Concilio Vaticano II nos recordó esta verdad: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona” (Gaudium et spes, 22).

Queridos malagueños, no abandonéis nunca al Señor Jesús. Si habéis errado el camino; si habéis ido detrás de otras cosas contrarias a su voluntad, pedidle perdón de vuestro pecado; confesad que lo habéis abandonado en muchas ocasiones y volveos de nuevo hacia Él.

Por su gran misericordia, Él nos perdonará y nos acogerá de nuevo en sus brazos. Esta Semana Santa es una ocasión de gracia, que Dios nos concede para volver a Él. ¡Abandonad vuestra vida de pecado y contemplad el rostro amoroso de Dios, manifestado en su Hijo Jesús!

4. Seguir a Jesucristo no resulta siempre fácil; y menos aún hoy día, en que tantos ataques reciben los cristianos por ser testigos de la verdad.

Cuando Jesús hizo la multiplicación de los panes y dio de comer a una multitud, les invitó a comer el pan vivo bajado del cielo, que era su mismo cuerpo (cf. Jn 6, 51-52). El mismo pan del cielo, el mismo Cuerpo de Cristo que hoy comeremos en este altar.

Al oír las palabras del Maestro, muchos de sus seguidores dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6, 60); y, escandalizados, muchos discípulos se volvieron atrás y abandonaron a Jesús (cf. Jn 6, 66).

A veces resulta duro a los oídos de nuestra sociedad escuchar ciertas palabras del Maestro. En nuestra cultura se habla mucho de “amor”, pero vivir el amor auténtico no es fácil. Muchos no pueden soportar las palabras del Maestro, porque van contra sus caprichos; porque resultan contrarias a ciertos intereses; porque se oponen a ciertas ideologías imperantes; porque es más fácil dejarse llevar por las modas del momento, que seguir las palabras de Jesús.

También hoy, queridos malagueños, hay muchos que, escandalizados por las palabras del Señor-Cautivo, exclaman: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”.

5. Ante la reacción de algunos discípulos, cabría esperar que Jesús buscara componendas y rebajara las exigencias, para evitar deserciones y abandonos. Pero Él no atenúa sus afirmaciones; Jesús no hace rebajas; es más, se vuelve directamente a los más íntimos, a los amigos, y les pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos? » (Jn 6, 67).

Esta pregunta provocadora no se dirige sólo a los interlocutores contemporáneos de Jesús, sino que llega a los creyentes y a los hombres de todas las épocas; llega también hoy a nosotros. En todos los períodos de la historia ha sucedido lo mismo.

También hoy muchos se escandalizan ante las exigencias de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús parece “dura” y difícil de acoger y de ponerla en práctica. Entonces hay quienes abandonan a Cristo; y otros intentan acomodar el mensaje a sus propias ideas y al momento histórico, desnaturalizando su sentido y valor; es como perder el buen sabor. Estamos en una sociedad demasiado habituada a lo “light”; gusto mucho lo “light”: la falta de identidad; la falta del buen sabor; la falta de la verdad; la falta de la auténtica libertad. Pero, aunque seamos hijos de esta sociedad, no podemos vivir de manera “light”, si queremos ser seguidores de Jesús.

La pregunta atrevida y fuerte nos la hace hoy a nosotros el mismo Jesús-Cautivo y nos pregunta a cada uno: ¿También vosotros queréis marcharos y abandonarme? Cito unas palabras del Papa Benedicto XVI al respecto: “Esta inquietante provocación resuena en nuestro corazón y espera de cada uno una respuesta personal; es una pregunta dirigida a cada uno de nosotros. Jesús no se conforma con una pertenencia superficial y formal; no le basta con una primera adhesión entusiasta; al contrario, es necesario tomar parte durante toda la vida ‘en su pensar y en su querer’. Seguirlo llena el corazón de alegría y da pleno sentido a nuestra existencia, pero implica dificultades y renuncias porque, con mucha frecuencia, se debe ir a contracorriente” (Benedicto XVI, Angelus, Castelgandolfo, 23.VIII.2009).

No basta que sigamos a Jesús un día al año. Debemos pensar como Él, actuar como Él, vivir y sentir como Él durante toda nuestra vida.

6. Nuestra respuesta, queridos hermanos, debe ser la misma que dio Pedro, cabeza de los Apóstoles. A la pregunta de Jesús, san Pedro respondió en nombre de los Apóstoles y de los creyentes de todos los tiempos; también lo hizo en nombre nuestro, diciéndole: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).

Estimados hermanos, conscientes de nuestra fragilidad humana y de nuestro pecado, repitamos en nuestro corazón la misma respuesta de Pedro: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

Abramos nuestro corazón a Jesús-Cautivo y sigamos sus pasos, que nos conducen a la verdadera vida; porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida verdadera (cf. Jn 14, 6). En este Año sacerdotal, con motivo del 150 Aniversario de la muerte del santo cura de Ars, meditemos sus palabras: “Nuestra única felicidad en esta tierra es amar a Dios y saber que Él nos ama”.

Pedimos hoy a la Virgen María, Madre del Redentor, que ha acompañado a su Hijo Jesús desde el instante de su concepción hasta el momento de su muerte en la cruz, que nunca abandonemos a su Hijo Jesucristo. ¡Que Ella nos acompañe en nuestro camino de fe, de esperanza y de amor, siguiendo siempre las huellas de Jesús-Cautivo! ¡Que así sea!

 

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