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Misa Crismal (Catedral-Málaga)

Publicado: 31/03/2010: 680

MISA CRISMAL

(Catedral-Málaga, 31 marzo 2010)

Lecturas: Is 61, 1-3.6-9; Sal 88; Ap 1, 5-8; Lc 4, 16-21.

Año Sacerdotal: Identidad y misión de presbítero

1. Como mensaje profundo del Año Sacerdotal, que estamos celebrando con motivo del 150 Aniversario del dies natalis del santo Cura de Ars, el Papa Benedicto señalaba el deseo de que los sacerdotes “seamos adoración viviente, don que transforma el mundo y lo restituye a Dios”, unificando en cada sacerdote la identidad y la misión (cf. Benedicto XVI, Mensaje a los Obispos italianos reunidos en Asís, 4.XI.2009).

En Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, su Persona y su misión coinciden armónicamente de tal manera que toda su obra salvífica era expresión de su filiación eterna divina, sometiéndose libremente a la voluntad del Padre: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34).

2. San Juan María Vianney vivió su identificación con el propio ministerio. Como nos recordaba el Papa Benedicto: “El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, “viviendo” incluso materialmente en su Iglesia parroquial: ‘En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar”, se lee en su primera biografía” (Benedicto XVI, Carta convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 Aniversario del “dies natalis” del Santo Cura de Ars, Vaticano, 16.VI.2009).

De manera similar y con toda humildad, los sacerdotes debemos aspirar a esta identificación. Aunque la eficacia sustancial del ministerio no dependa de la santidad del ministro, el ejercicio del ministerio exige vivir “lo que uno es” por gracia y vocación de Dios. No se puede desempeñar el ministerio de manera separada de la propia vida; se caería en una dicotomía, que pronto haría tambalear el ministerio.

3. En primer lugar es necesario vivir una relación personal de amistad con el Señor, que permita identificar el ser y el ministerio del sacerdote con Jesucristo, quien desea que seamos sus “amigos”, como lo fueron los apóstoles y discípulos.

En el diálogo entre Jesús y sus amigos, tal como lo presenta el evangelista san Juan, les animaba a permanecer en su amor y a guardar sus mandamientos (cf. Jn 15, 9-10), enseñándoles que la expresión de amor más grande era dar la vida por los amigos (cf. Jn 15, 13). “Amigo de Jesús” es quien hace lo que Él manda (cf. Jn 15, 14); también Él ha hecho lo que el Padre le ha mandado (cf. Jn 12, 49).

A esta intimidad, queridos sacerdotes, hemos sido llamados por el Maestro. No nos llama “siervos”, aunque nos encargue un ministerio; nos trata como “amigos”, porque nos hace partícipes de la intimidad con su Padre (cf. Jn 15, 15).

Y la intimidad y la amistad con Jesús se realizan y se avivan fundamentalmente en la oración personal, en el trato entrañable con Él, en la meditación asidua de su Palabra, en el silencio contemplativo y dialogante; y también mediante el rezo del “Oficio divino”, la oración eclesial y la celebración de los sacramentos.

4. Nuestra amistad con Él, queridos presbíteros, no es fruto de un deseo nuestro, ni de un empeño personal de acercarnos a Él, sino de una elección libre por su parte, que nos asocia a su persona y a su obra y nos capacita para la misión encomendada (cf. Jn 15, 16). Una manera de fortalecer la amistad con el Señor, en este Año Sacerdotal, es renovar el carisma recibido en la ordenación.

Jesús espera de nosotros, como amigos suyos, que busquemos la intimidad con Él; que nos identifiquemos con sus sentimientos (cf. Flp 2, 5); que sintonicemos con su pensamiento y su voluntad; que sigamos sus enseñanzas; que ejerzamos con fidelidad la misión encomendada; que procuremos ampliar este círculo de amistad a otros, para que todos lo conozcan y lo amen, pues la relación con Dios es fundamento para las demás relaciones.

El Señor nos envía a ser sus testigos en este mundo nuestro, tan necesitado de Dios. Como el evangelista Juan hemos de proclamar: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos» (1 Jn 1, 3). La fuente de este anuncio está en la intimidad con Jesús. Como decía el Papa Pablo VI: «El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» (Evangelii nuntiandi, 76).

5. De modo certero el Papa Benedicto XVI describe el contexto cultural, en que vivimos, marcado por una “mentalidad hedonista y relativista, que tiende a eliminar a Dios del horizonte de la vida, no favorece la adquisición de un marco claro de valores de referencia y no ayuda a discernir el bien del mal y a madurar un sentido correcto del pecado” (Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el curso sobre fuero interno organizado por la Penitenciaría Apostólica, Vaticano, 11.III.2010).

San Juan María Vianney vivió un tiempo de mayor hostilidad a la fe cristiana que el actual. En los años de su infancia los sacerdotes arriesgaban su vida por celebrar la Eucaristía o administrar el sacramento de la penitencia; y esta experiencia le marcó profundamente.

El Cura de Ars vivió con radicalidad el espíritu de oración, la relación personal con Cristo, la celebración de la misa, la adoración eucarística y la pobreza evangélica, siendo para sus contemporáneos un signo claro de la presencia de Dios; así debemos vivir los sacerdotes nuestro ministerio. Los fieles, por su parte, valoran mayormente el don del sacerdocio, cuando perciben a los sacerdotes como hombres de Dios.

6. En las últimas décadas se ha vivido una mayor ofuscación de la existencia de Dios en nuestra sociedad. Además de la actitud combativa contra la fe cristiana por parte algunos, también ha habido en la Iglesia una cierta actitud de falta de testimonio manifiesto: algunos cristianos viven una religiosidad poco coherente y comprometida; se han adoptado, incluso por parte de personas de especial consagración, formas de vivir imbuidas de un estilo secularizado; se han construido templos, cuya apariencia externa no expresaba su condición de lugar sagrado; algunos sacerdotes han sucumbido, en no pocas ocasiones, a esta mentalidad secularizada, ocultando su condición de consagrados.

Juan Pablo II recordaba la necesidad de un testimonio explícito y elocuente: “Siempre, pero especialmente en la cultura contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo” (Juan Pablo II, Vita consecrata, 25, Roma, 25.III.1996). Y animaba a las personas consagradas a manifestar públicamente su condición, incluso en el modo de vestir.

También el Papa Benedicto XVI nos recuerda la importancia del testimonio explícito y la manifestación pública de la identidad sacerdotal: “En el modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarse con las personas, incluso en el hábito, el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo. Por consiguiente, debe poner sumo esmero en preservarse de la mentalidad dominante, que tiende a asociar el valor del ministro no a su persona, sino sólo a su función, negando así la obra de Dios, que incide en la identidad profunda de la persona del sacerdote, configurándolo a sí de modo definitivo” (cf. Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea plenaria de la Congregación del Clero, Roma, 12 marzo 2009).

7. Pronto celebraremos la “Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones”, en el domingo del “Buen Pastor”.

En sintonía con el Año Sacerdotal el lema propuesto hace notar que “El testimonio suscita vocaciones”. En su mensaje el Papa Benedicto XVI insiste en que “la fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada de Vocaciones de 2010, Vaticano, 13.XI.2009)

Los frutos vocacionales van muy unidos a vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados, pues su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo.

Os animo, queridos presbíteros, a vivir con alegría vuestro ministerio y a suscitar vocaciones de especial consagración entre los jóvenes. Nuestra iglesia particular malacitana está necesita de nuevos presbíteros, que asuman las innumerables tareas pastorales, que se nos presentan, y que atiendan las comunidades cristianas.

8. San Juan María Vianney, modelo siempre actual de presbítero y de párroco, tenía una rica y profunda comprensión del misterio sacerdotal: “El sacerdote -decía- tiene la llave de los tesoros de los cielos: es el que abre la puerta, es el mayordomo del buen Dios, el administrador de sus bienes”.

El Cura de Ars apreció la gran bendición que supone para una comunidad un sacerdote bueno y santo: “Un buen pastor, un pastor conforme al corazón de Dios es el tesoro más grande que Dios puede dar a una parroquia y uno de los más preciosos dones de la misericordia divina”.

Pidamos al Señor en esta celebración que nos mantenga fieles al ministerio, que él mismo nos ha confiado. ¡Que por la intercesión de San Juan María Vianney se revitalice el sacerdocio ministerial en toda la Iglesia y aumente la estima del don del ministerio sacerdotal!

9. A vosotros, mis queridos sacerdotes, muchas gracias por haber aceptado la llamada de Cristo a participar en su sacerdocio. Sois un gran regalo de Dios para la Iglesia y para mi persona.

Hoy renovaréis las promesas sacerdotales. Hacedlo de modo especial, como si fuera la primera vez en el día de vuestra ordenación sacerdotal.

Quiero agradecer el afecto, la cercanía y la solicitud de quienes cuidan a los sacerdotes en su ambiente familiar. También a quienes los acompañan con su oración y cariño en los lugares de trabajo; y a quienes comparten con nosotros las tareas del apostolado.

Con motivo del Año Sacerdotal, queridos presbíteros, desearía tener un encuentro con vuestros padres y con aquellas personas que os cuidan en el ambiente familiar.

Un recuerdo especial a los padres de los sacerdotes, a quienes el Señor les llamó junto a sí en este año.

Agradezco la presencia de quienes hoy participáis en esta celebración de la Misa Crismal, asociándoos a nuestra fiesta sacerdotal. Esperamos que cada año sea mayor la presencia de los fieles.

10. La Virgen María estuvo siempre cerca de su Hijo y lo acompañó en su ministerio hasta el calvario. ¡Que Ella nos proteja con su maternal intercesión y nos acompañe siempre en nuestro ministerio! ¡Que sepamos expresarle nuestro amor filial y que acudamos a Ella con confianza!

Termino con unas palabras del Papa Benedicto: “Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia, que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars” (Benedicto XVI, Carta convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 Aniversario del “dies natalis” del Santo Cura de Ars, Vaticano, 16.VI.2009).

Renovemos ahora, estimados sacerdotes, las promesas y los compromisos que hicimos el día de nuestra ordenación. Amén.

 

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