DiócesisHomilías

Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

Publicado: 04/04/2010: 653

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 4 abril 2010)

Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

Vida nueva en Cristo

1. En estos días memorables de Semana Santa hemos celebrado la muerte del Señor en la liturgia. Nuestras calles han sido el marco donde miles de cofrades han dado testimonio público de su fe en Jesucristo, quien ha dado su vida por la salvación de los hombres. Lo celebrado y vivido dentro de los templos se ha proyectado también en los ambientes exteriores de nuestra ciudad.

Quiero felicitar a todos los hermanos de las distintas Cofradías, de modo especial a los responsables, por el esfuerzo realizado, para que nuestra Semana Santa malagueña fuese realmente vivida con profunda religiosidad, con respetuoso silencio y con actitud de piedad sincera.

Habéis ayudado, con vuestra presencia en las calles y vuestro testimonio de fieles cristianos, a que otros interiorizaran mejor el Misterio pascual de Cristo Jesús.

2. Hoy, Domingo de Pascua, culmen del año litúrgico, nos reunimos para celebrar el triunfo de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado. San Pablo experimentó en su propia vida este triunfo y nos reveló el misterio divino, afirmando que se cumple la palabra, que está escrita: «La muerte ha sido devorada en la victoria» (1 Co 15, 54). 

Ésta es la gran noticia, hermanos, que hoy se pregona en todo el mundo; gritadla a vuestros vecinos y amigos; haced resonar esta buena nueva a través de vuestro testimonio.

La ciencia y la técnica se esfuerzan por alargar un poco la vida humana y paliar el dolor y la enfermedad; pero tropiezan con una barrera insuperable: la muerte. Cuando la gente dice que todo tiene remedio menos la muerte, el cristiano tiene que responder que también la muerte ha sido superada; pero no por los avances científicos, sino por medio de la resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios.

3. San Pablo, gozoso del triunfo de Cristo, pregunta a la propia muerte: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Co 15, 55). Y concluye con satisfacción: «¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Co 15, 57).

¡Demos gracias a Dios, queridos hermanos, porque nos ha hecho partícipes del triunfo de su Hijo sobre la muerte! ¡Démosle gracias por el regalo de la inmortalidad! Nuestro ser corruptible se revestirá de incorruptibilidad; nuestro ser mortal se revestirá de inmortalidad (cf. 1 Co 15, 53).

Si estamos unidos a Jesucristo, resucitaremos incorruptibles y seremos transformados (cf. 1 Co 15, 52). Nos espera una nueva vida en Cristo; estamos llamados a ser transformados en Él, como nos recuerda San Pablo: «Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 4).

4. En la lectura de hoy San Pablo nos ha invitado, usando la imagen de la levadura, a vivir la nueva realidad en Cristo: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo» (1 Co 5, 7).

Quien ha resucitado con el Señor debe abandonar las obras de las tinieblas; debe barrer su condición de hombre viejo, dominado por el pecado; debe abandonar el lastre, que obstaculiza su marcha hacia la verdad y la vida: Debe vivir iluminado por la luz del resucitado; debe aspirar a la nueva vida, que se la ha regalado en Cristo.

Con la imagen de la levadura nos explica la razón última de las exigencias de la vida cristiana: la unión del creyente al misterio Pascual de Cristo.

Por eso se nos invita hoy a celebrar la Pascua, no con levadura vieja, de corrupción y de maldad, sino con los panes ázimos de la sinceridad y de la verdad (cf. 1 Co 5, 8).

5. Algunos no creyentes en Cristo piensan que los cristianos están anticuados por defender ciertos valores llamados tradicionales: la familia; la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta la muerte natural; la verdad objetiva, cuya existencia niegan algunos al defender sólo su propia verdad subjetiva; la auténtica libertad en Cristo, que no se puede confundir con la libertad para realizar los propios deseos, aunque sean perniciosos en inmorales. Piensan esos tales que ellos son modernos y progresistas, porque abogan por una falsa libertad, que les permita realizar sus caprichos sin norma alguna.

Pero no se dan cuenta que tal forma de vivir es propia del hombre viejo y caduco, que todos llevamos dentro, fruto del pecado y de la corrupción. Su vida, en realidad, es más decadente y anticuada que la del cristiano, porque permanece anclada en el estado anterior a la renovación que ha traído Jesucristo; su vida no ha sido todavía transformada.

El cristiano, en cambio, mira hacia el futuro y su corazón está lleno de esperanza en la resurrección y en la felicidad eterna, que no le impiden transformar este mundo, sino que potencian su tarea aquí.

6. Quienes aman a Jesús gozan de la gran alegría de contemplarlo resucitado, glorioso y vivo para siempre; alegría que se fundamenta en el significado hondo de su muerte y su resurrección. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “hay un doble aspecto en este Misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, y por su resurrección nos abre el acceso a una nueva vida” (n. 654).

Gracias a la resurrección de Cristo hemos sido rescatados de la muerte, que ya no es el final de la vida humana, sino el principio de la vida futura, cuyas puertas han sido abiertas de par en par. El pecado del hombre ha sido cancelado y se nos ha concedido el perdón; hemos sido devueltos a la comunión de vida y amor con Dios.

Por mediación del Hijo, en el Espíritu Santo, el Padre nos ha hecho eternos y nos ha dado su vida divina. Por eso es fundamental también una actitud de sincero agradecimiento, que nazca de nuestra fe en la Resurrección y en la vida eterna.

7. La celebración del Misterio pascual, queridos hermanos, culmina con la Resurrección de Jesucristo. En esta Semana Santa hemos acompañado a Cristo en su sufrimiento, en su pasión, en su crucifixión, muerte y sepultura. Hoy, domingo de Pascua, lo contemplamos vencedor de la muerte y resucitado, y lo acompañamos con la alegría desbordante de la Pascua.

No se trata de un simple final de acto, sino del principio de una vida nueva. Los discípulos de Jesús quedaron desconcertados y escandalizados, cuando Él fue humillado y clavado en la cruz. Pero después de su resurrección recibieron la fuerza del Espíritu y comenzó para ellos una nueva vida.

Alentados por la experiencia de Cristo resucitado, salieron en misión para anunciar al mundo entero esta buena nueva, que llena de esperanza y de júbilo el corazón de todos los hombres que la aceptan.

Queridos hermanos, con la fiesta de la Pascua no termina una representación; con ella empieza un modo nuevo de vivir y de entender el mundo; con ella inicia una vida nueva, a la que Cristo nos invita a participar con Él.

Los cristianos participamos de su muerte y resurrección por nuestro bautismo. Hemos muerto al pecado con Cristo, para vivir una vida nueva de gracia y de amistad con Dios. ¡Que seamos consecuentes con esta realidad de nuestra fe! ¡Que vivamos de veras una vida nueva!

8. Este año coincide la fecha de la Pascua tanto para la liturgia de rito latino, como para los ritos orientales. Nos alegramos de esta coincidencia, que expresa mejor la unidad de la Iglesia. Juntos celebramos el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

¡Vivamos la alegría de la Pascua! ¡Demos gozoso testimonio de la victoria de Jesucristo y proclamemos ante el mundo que el Señor Jesús está vivo y glorioso!

¡Que la Virgen María nos acompañe en este tiempo pascual y nos ayude a ser verdaderos testigos de la vida nueva en Cristo! Amén.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo