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Funeral del Rvdo. D. José-Mª Navarro, Párroco de San Ignacio de Loyola (Cementerio-Málaga)

Publicado: 12/06/2010: 751

FUNERAL DEL RVDO.D. JOSÉ NAVARRO MANCEBO

(Capilla Cementerio San Gabriel - Málaga, 12 junio 2010)

Lecturas: 2 Sm 12, 7-10.13; Sal 31; Gal 2, 16.19-21;  Lc 7, 36-8,3.

1. Acabamos de escuchar el texto de la carta de san Pablo a los Gálatas, en el que plantea el problema teológico de la justificación, de la redención del hombre en definitiva. Pablo contrapone las obras humanas, que no acaban de tener valor para redimir al hombre y la fe en Dios, en Jesucristo resucitado, que permite al hombre ser salvado.

La partida de entre nosotros de nuestro querido Pepe, José Navarro, sacerdote, es ocasión para celebrar, no solamente para rememorar, la vida que el Señor nos regala, la vida de fe.

Pablo ha dicho «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Este es un proceso y una meta de toda la vida de cualquier cristiano. Pienso que nuestro hermano José ha intentado vivir esta realidad, su vida, su ser hijo de Dios, su ser hombre. Procuró que Jesucristo fuera el que viviera dentro de él. Esto nos anima a todos nosotros y es lo que todo cristiano deberíamos hacer: dejar que Cristo viva dentro de nosotros.

La vida divina nos la ha regalado Dios en el bautismo. Desde el momento de la celebración bautismal se nos ha regalado la fe en Dios, el amor de Dios y la esperanza cristiana. Ha sido un regalo; no lo hemos comprado ni pedido; nos lo ha ofrecido el Señor. Toda nuestra vida es ya una tarea: llevar a perfección esa vida en Cristo, o lo que es lo mismo, que Cristo viva en mí.

2. Vivir como cristiano tiene  muchas formas de proceder, muchos ámbitos donde se puede realizar y también muchos obstáculos. Nuestro hermano José ha vivido como cristiano laico y casado; después como diacono y como sacerdote. Si os dais cuenta, aunque haya una misión cualitativamente distinta, desde la misión bautismal hasta la misión sacerdotal, el objetivo es exactamente el mismo: hacer que Cristo viva en cada uno de nosotros.

Todos estamos en ese proceso. La ocasión de reunirnos puede ser un momento para preguntárnoslo: ¿En qué amplitud dejamos que Jesús, el Cristo vivo, esté dentro de nosotros? ¿Hasta qué punto permitimos que la vida del Espíritu se haga carne dentro de nuestra vida? Si lo conseguimos, estamos en el buen camino. Si proseguimos en esa meta, vamos bien; pero si abandonamos la meta, perdemos lo más importante.

Hoy le pedimos al Señor que, con motivo de la muerte de José, nos ayude a ensanchar el corazón; y que la vida de Cristo y del Espíritu sea haga más realidad en nosotros, pues es un proceso en profundidad y en perfección.

3. Supongo que ahora, que él nos está contemplando desde la presencia de Dios, estará haciendo un repaso de su vida; una vida que quiso ser fiel al Señor. Y si pudiera decirnos una palabra nos diría: “Dejad ya, desde ahora, que Cristo viva en vosotros. Ahora puedo contemplarlo de forma plena.”

Aunque con vendas en los ojos, la fe en Dios, nos ayuda a hacer esa presencia y esa realidad en nosotros. Dejemos que el Espíritu de Cristo viva en nosotros; el mismo Espíritu recibido en el bautismo y que se nos ofrece cada día en todas las celebraciones de nuestra vida, hasta el final, hasta el último paso, cuando atravesemos el umbral de la muerte, como José lo ha hecho ya.

La última vez que nos reunimos con él fue hace unos meses con ocasión de la muerte de su madre. Si os dais cuenta, muchos de nosotros nos reunimos aquél día, y de nuevo hoy, en torno al mismo acontecimiento: el final de un proceso bautismal, el final de un proceso vital; pero en ese proceso las manos de Dios han estado acompañándonos a todos.

Dejemos que la luz de Cristo resucitado penetre en nosotros. Volviendo al tema de la justificación, la fe es importantísima y básica; de lo contrario no podríamos tener en este mundo la vida de Cristo en nosotros. La fe en Cristo conecta con el amor; se trata de una fe que obtiene el perdón de los pecados y necesita confianza en Dios.

4. La primera lectura del libro de los Reyes y la del Evangelio de Lucas nos han presentado dos personajes totalmente distintos, muy variados en su vida; pero con un denominador común, que es la relación de amor a Dios.

El primer personaje ha sido David, rey; una máxima autoridad en este mundo. Ese rey, como todo ser humano, había pecado; y el profeta le anima a pedir perdón al Señor. Cuando David reconoce que ha pecado y reconoce su condición de criatura frágil, es cuando Dios le perdona.

El segundo personaje es una mujer de mala vida; una mujer que en la sociedad de su tiempo es tenida como lo más bajo de la sociedad; todo lo opuesto al rey, que era la máxima autoridad. Todos estamos simbolizados en ambos personajes. La pecadora ama mucho, porque se le ha perdonado mucho; se ha fiado de Cristo y ha conseguido el perdón de sus pecados. David lo obtuvo y la pecadora también.

Cada uno de nosotros podemos obtener ese perdón, si nos fiamos de Dios; si creemos en Dios; si nos sentimos amados por Dios. Todos tenemos motivos de sobra para sentirnos amados por el Señor. Como correspondencia, el Señor nos pide que le amemos. Recibir el amor nos hace capaces de amar. Por tanto, recibir el amor de Dios y el perdón de Dios nos capacita para amar y para perdonar.

5. En esta celebración le pedimos al Señor que perdone los pecados de nuestro hermano José. Por su condición humana, frágil y pecadora, no ha vivido según la ley, como dice san Pablo (cf. Gal 2, 16). La ley mata, porque nadie la cumplimos. Nuestras fuerzas flacas no nos permiten cumplir a la perfección todas las normas de la ley. Nadie cumplimos todo el Decálogo, que son Palabras de vida.

Por tanto necesitamos el perdón, desde el más alto al más bajo, desde David hasta la pecadora; desde el sacerdote hasta el último bautizado.

Hoy tenemos la obligación de pedir al Señor que perdone los pecados de nuestro hermano José; y la misericordia que mostró el Señor en su tiempo, también la muestre ahora a él y le diga: “Quedas perdonado; pasa a gozar del banquete de tu Señor”. Esa es nuestra oración de esta tarde. Y también pedimos por nosotros, para que sepamos pedir perdón al Señor y hacerle un hueco en nuestro corazón.

6. ¡Que la Virgen María acompañe ahora a nuestro hermano José, como le acompañó en su vida! ¡Que Ella lo introduzca en la gran familia de los santos, los ángeles y arcángeles! ¡Que él disfrute ahora de la compañía de los que partieron antes que él: sus padres, su mujer, sus familiares y amigos! ¡Que el Señor le conceda abrir los ojos a la realidad infinita! Pidamos a Dios que le quite la venda, que pudiera tener en este mundo y que ahora pase a la luz eterna, a gozar de la paz, del amor, de la misericordia auténtica, que el Señor quiere ofrecerle a él y cada uno de nosotros.

Deseo terminar con una exhortación y un ruego. La exhortación va dirigida a los fieles presentes, a los presbíteros, a los familiares, sobre todo a las cuatro hijas, que habéis aprendido la fe de labios de vuestro padre; a los feligreses de las parroquias a las que sirvió José María; a los miembros del “Movimiento Misioneros de la Esperanza”, en cuya asociación trabajó Pepe desde sus inicios.

Con la exhortación deseo invitarnos a celebrar este acontecimiento de la muerte de nuestro hermano José como algo que forma parte de la vida. ¡Sed testigos de la fe y vivid este acontecimiento desde la esperanza cristiana y desde el gozo interior, que sabe que nuestro hermano sigue viviendo en Cristo Jesús! La muerte no es el final de la vida, sino el umbral para vivir la vida eterna. ¡Sed testigos de ello en esta sociedad medio pagana, que quiere esconder el verdadero significado de la muerte temporal!

El ruego es a nuestro hermano: ¡Querido Pepe, pide al Señor que nos regale sacerdotes santos!”. Amén.

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