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Confirmaciones en la parroquia de San Juan (Coín)

Publicado: 03/07/2010: 666

CONFIRMACIONES EN LA PARROQUIA DE SAN JUAN

(Coín, 3 julio 2010)

Lecturas: Is 66, 10-14; Sal 65; Hch 2, 1-11; Lc 10, 1-12.17-20.

1. Enhorabuena a todos los que vais a recibir este sacramento de la confirmación, pues así llegáis a completar vuestra iniciación en la vida cristiana. Todo cristiano bautizado tiene que ir hasta el final de un proceso de iniciación. No debe quedar ningún bautizado adulto sin confirmar; eso sería quedarse a mitad de camino.

El cristianismo no es solamente saber unos conocimientos; es sin duda alguna una revelación de Dios, pero fundamentalmente es una participación en la vida divina, que el Señor nos regala. Nos da la vida natural a través de nuestros padres, pero la vida divina, la salvación, se nos da en el bautismo. El proceso iniciado en el bautismo culmina en la eucaristía, pero ha de estar precedido del sacramento de la confirmación, que es como el perfeccionamiento del bautismo. Por tanto, quien no haya celebrado el bautismo, la confirmación y la eucaristía no ha terminado el proceso de iniciación en la vida cristiana. Lo ha comenzado, pero no ha llegado al fin.

2. Hoy vais a recibir, a través del sacramento de la confirmación, la gracia y el don del Espíritu Santo. Ese don os va a fortalecer. Para que un alimento nos fortalezca no hace falta saber necesariamente las características del alimento. La madre, y estoy viendo aquí a muchas que sois madres, alimenta a su hijo y vosotras habéis alimentado a vuestros hijos. Cuando le dabais los alimentos en su tierna infancia ¿les explicabais en qué consistía el alimento que tomaban? No hace falta ¿verdad? Basta con que el niño se tome el alimento y eso ya le hace crecer.

Hay sacramentos, en este caso los de iniciación, que sirven como alimentos, son gracia de Dios, aunque uno no sea demasiado consciente de lo que está recibiendo.

Así, pues, animo a toda la comunidad a que recibáis el sacramento de la confirmación. A todos aquellos que no estéis confirmados os animo a que os confirméis. El Señor os quiere regalar su gracia, su don y su paz.

3. En este domingo XIV del tiempo ordinario, el tema base es la paz. Tanto la primera lectura, del profeta Isaías, como el Evangelio tienen un tema esencial: Cristo es nuestra paz.

En el Antiguo Testamento se dice: En Jerusalén, que significa “la Ciudad de la Paz”, Dios concede la paz a su Pueblo. La Iglesia, que formamos por el bautismo, es la nueva Jerusalén. Por ello, es en la nueva Jerusalén donde encontramos la paz; y esa paz es Cristo. Esta paz no es la que da el mundo. Esta paz no es un convenio para no hacer la guerra o una firma de no agresión. La paz del Señor no es una simple no agresión. La paz del Señor es algo muy profundo.

Fundamentalmente es la paz entre el hombre que ha caído, que está en pecado, y el amor de Dios. Dios se abaja, se rebaja, recoge al hombre, lo eleva a su altura y le da su vida. Ese sería el sentido más profundo de la paz: El todo del amor de Dios dado al hombre.

4. La oración que hemos rezado antes es preciosa. Fijaos que hemos pedido al Señor: “Oh Dios que por medio de la humillación de tu Hijo levantas a la humanidad caída y le concedes la verdadera alegría”. Fijaos que es esto lo que vosotras, queridas madres y también los padres, habéis hecho muchas veces. Vuestro hijo está caído en el suelo, ha tropezado y está llorando. ¿Qué hacéis vosotros? ¿Lo dejáis? Os tenéis que rebajar, tenéis que agacharos, humillaros, abajaros para recogerlo del suelo y ponerlo a vuestra altura, frente a vuestro rostro, para llenarlo de besos. Ese gesto que lo hacéis muchas veces es el gesto que ha hecho el Señor.

Hacia la humanidad, hacia el hombre caído por el pecado en el suelo, sucio, con un vestido raído, roto por dentro, Jesucristo se ha humillado, se ha rebajado, se ha hecho hombre, ha llegado hasta nosotros, nos ha cogido en brazos y nos ha elevado para que participemos del amor del Padre. Ese es el fruto de la paz. Una humanidad que está distante de Dios, alejada de Dios, el Señor la recompone, la reúne y la pone en comunión con Él. Le devuelve la paz, le hace acortar la distancia que había entre él y Dios.

El don del Espíritu que el Señor os va a dejar de un modo especial esta tarde, os va a acercar al Señor, para que volváis a estar en estrecha comunión con Él. Dejaos transformar por el Espíritu, dejaos amar por el Padre, como el niño que está en el suelo y se deja amar por sus padres y se deja llenar de besos.

5. Y en el Evangelio el Señor envía a sus discípulos de dos en dos y les dice que vayan llevando el mensaje de la paz allá por donde vayan. Que cuando lleguen a una casa digan primero: «Paz a esta casa» (Lc 10, 5), que el Señor te bendiga, que el Señor te salve. Y después que den testimonio de ese amor de Dios, recibido y experimentado, a los que les escuchan.

Vosotros estáis llamados, de una forma muy especial a partir de hoy, a ser pregoneros de la paz de Dios. Debéis dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con vosotros, para que otros pueden captar y pueden recibir la grandeza del amor de Dios. Se os regala hoy el don del Espíritu, para que seáis testigos del Señor.

6. Hemos leído también la lectura de los Hechos de los Apóstoles en la que se narra la donación Espíritu Santo el día de Pentecostés. Los Apóstoles estaban encerrados en una casa por miedo a los judíos, reciben el Espíritu y cambian: de cobardes se trasforman en valientes.

Eso es lo que vais a experimentar vosotros; se os va a dar la fuerza para ser testigos. Pero además, en Jerusalén ese día había gente de muchos pueblos y de muchas lenguas: romanos, judíos, persas... todas las lenguas del mundo conocido. Y los Apóstoles que hablan en su lengua se dejan entender por los demás que tienen lenguas diferentes. ¿Qué es lo que produce esta comprensión? Es el Espíritu quien concede este entendimiento y esta comunión entre todos en medio de una situación de dispersión, de diferencias.

7. Si os parece aplicamos este hecho a nuestra situación social actual. Hoy también hay entre nosotros mucha gente de lenguas distintas: hay quienes hablan rumano, ucraniano, francés, lenguas africanas. Hablando en español el ucraniano ciertamente no nos va a entender.

Pero se trata de algo más: hoy en nuestra sociedad está la moda que lo que piensa cada uno eso es lo que vale para cada uno. Nuestra sociedad no quiere normas, no quiere criterios comunes. Los mensajes que oímos a nuestro alrededor vienen a decir: “tú piensa como te dé la gana y vive como te dé la gana”. Con lo cual no nos entendemos. Un matrimonio, dos personas que tienen que amarse, tienen que conjuntarse, tienen que respetarse, si la norma es que cada uno haga lo que quiera sin tener en cuenta al otro, entonces está claro que el diálogo no puede existir.

8. El diablo, que existe, y la palabra diablo (del latín “diabŏlus”, y ésta a su vez del griego “διάβολος”), significa el que divide, el que pone barreras, el que pone obstáculos, el que su misión es dividir a la gente, dividir internamente, separar a Dios y al hombre. Ese es el trabajo del “διάβολος”. Es decir, su función es la de separar, dividir.

Y ¿cuál es la función del Espíritu? Unir. Lo que el diablo separa el Espíritu lo une. El decir “¡que cada uno haga lo que le da la gana!”, conduce a que no nos entendamos y así se rompen los matrimonios, nos distanciamos de Dios, abandonamos a los hijos, los hijos hacen lo que quieren y se pierden.

El mundo vive con esa influencia del “διά-βολος” y la fuerza del Espíritu tiene que recomponer lo roto, unir lo que se ha separado, crear comunión donde hay desunión. Si muchos de los que están distanciados de sus padres, de sus esposos, de sus hijos, de sus amigos, se dejaran, y nos dejáramos todos, llevar por el Espíritu, llenar de la gracia del Espíritu habría más comunión, “común-unión”.

Estáis todos llamados, los que estáis confirmados y los que no lo están, a ser como antes decíamos “portadores de paz”, que es lo mismo que decir a ser “protagonistas de comunión”.

9. Y ahora unimos las tres lecturas: la primera de Isaías y el Evangelio que nos hablan de la paz, la segunda de los Hechos habla del día de Pentecostés, que pone unión entre los distantes. Al final resulta que ser portadores de paz es lo mismo que ser protagonistas de comunión.

Vais a recibir el Espírito para ser portadores de paz y protagonistas de comunión. ¿Estáis dispuestos? Para eso hace falta que estéis en paz con vosotros mismos y que estéis en paz con el Señor, porque el que no está en paz con el Señor ni en comunión con El, es imposible que esté en paz y en comunión consigo mismo y con los demás. Participaremos también de la comunión eucarística, porque esta comunión es la que fortalece nuestra comunión con Dios y también robustece la comunión nuestra con los demás.

Resumimos y decimos: Vamos a celebrar la Eucaristía con el sacramento de la Confirmación, para vivir con mayor paz y mayor comunión, como vive la Trinidad, que son tres personas entre las que hay una íntima vida de unión; ese ha de ser nuestro reto, vivir como la Trinidad. Ahora vais a confesar vuestra fe en la Trinidad, en las tres personas que viven en una íntima unión de naturaleza tal que son una sola persona.

Y encenderéis el Cirio Pascual, la Luz del Señor. De esa Luz encenderéis  vuestras velas, que tendréis en vuestra mano mientras renováis las promesas del bautismo confesando vuestra fe en la Iglesia y en la Trinidad. Amén.

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