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Funeral del Rvdo.D. Rafael Calvo López (Cementerio-Málaga)

Publicado: 15/09/2010: 673

FUNERAL DEL RVDO.D. RAFAEL CALVO LÓPEZ

(Cementerio-Málaga, 15 septiembre 2010)

Lecturas: Hb 5,7-9; Sal 30; Jn 19,25-27.

1. Hemos escuchado un texto de la carta a los Hebreos que pone de relieve de forma especial el sacerdocio de Jesucristo, el sacerdocio de la Nueva Alianza respecto a los sacerdotes antiguos (cf. Hb 5,7-9). Son las lecturas que corresponden a la fiesta de la Virgen de los Dolores que celebramos hoy en este marco del funeral de nuestro hermano Rafael. La Palabra nos ilumina también este acontecimiento que estamos viviendo.

Jesús, el sacerdote nuevo, dice el texto de la carta a los Hebreos, que «aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hb 5,8). Dios Padre no le ha ahorrado ni el sufrimiento, ni la obediencia, ni la muerte. Tres puntos que a veces a nosotros nos dan miedo o nos cuesta aceptar. El sufrimiento propio de la vida humana como destino después del pecado original, como consecuencia del pecado. Sufrimiento que solemos intentar, al menos, rechazar.

Como hemos escuchado en la semblanza que se nos ha hecho al inicio, Rafael ha sabido unirse a ese Cristo también en el sufrimiento. El comentario que yo oía cuando me acercaba a la Residencia para estar y comer con los sacerdotes, era su actitud de paz, de serenidad, de aceptación de su situación, sin quejarse. El Señor le daba fuerzas para aceptar los sufrimientos, no ahora, en su vida. Además del sufrimiento, de las limitaciones humanas que tanto nos cuesta aceptar y que es un ánimo que el Señor nos da porque Él lo hizo.

2. Más fuerte, aún si cabe, es el tema de la obediencia. No todos son capaces de obedecer y de disponer la propia voluntad a la del Señor, máxime si esa voluntad va mediatizada a través de otras personas, llámese el obispo, la Iglesia, los padres respecto a los hijos. Cuando la voluntad del Señor queda manifiesta a través de otras voluntades aún es más difícil aceptarla.

Uno puede decir que Jesucristo, el Hijo de Dios, escuchaba a su Padre y obedecía lo que siempre el Padre le decía. Su voluntad era la del Padre. Pero, como me decía a mí un religioso, que difícil es aceptar que lo que Dios me pide es lo que me está pidiendo el superior. O al revés, aceptar que lo que me pide el superior es lo que Dios quiere de mí. ¡Qué se habrá creído él! ¡A mí me pide otra cosa! El punto de la obediencia es más sutil, más profundo porque coge su voluntad en su interior, en su intimidad y es una oferta mayor a Dios.

Nuestro hermano Rafael ha vivido con esa sencillez y casi ocultamente, sin grandes cargos y pretensiones, haciendo lo que se le pedía. Hace un momento, en la sacristía, me decía D. Antonio, aquí presente, que fue el que realizó los últimos nombramientos: a Rafael lo cambié yo de tal sitio a tal sitio. Cierto, lo cambió el Señor, sirviéndose del Obispo en ese caso.

Se nos invita a todos, a religiosas, religiosos, sacerdotes y fieles laicos a asumir la voluntad de Dios en nuestra vida aunque venga mediatizada por la voluntad de una persona, llámese un educador, padres, superior, superiora, obispo. Le pedimos a Jesús, que es el que cumplió y obedeció, el que supo obedecer, que nos conceda a nosotros también realizar la voluntad del Padre.

3. El tercer punto que he comenzado evocando de la carta a los Hebreos es que Cristo pidió a gritos y con lágrimas que su Padre lo salvara de la muerte (cf. Hb 5,7). Jesús no veía con gusto la cruz, Jesús hubiera querido que el Padre le hubiera ahorrado la muerte en cruz. Una muerte que no era por enfermedad o por vejez; era una muerte ignominiosa, fea, de malhechor. Y Dios Padre no se lo ahorró; Dios Padre le hizo pasar por la muerte. Pero la obediencia fiel durante toda su vida hizo que, después de haberlo hecho pasar por la muerte, Dios Padre lo resucitara, lo glorificara y lo exaltara resucitándolo. Pero fijaos, primero tuvo que pasar por la muerte.

Nuestro hermano Rafael acaba de pasar por la muerte, fruto del pecado, muerte terrena a la que todos estamos sometidos; nadie nos escaparemos de ella. Pero si hemos vivido la obediencia filial al Padre, unidos a su Hijo Jesús, El nos resucitará. Hemos de poner las bases en la tierra para que el Señor después nos resucite.

4. Le pedimos a Dios que acoja a nuestro hermano en su seno, que lo resucite con Cristo, porque el que muere con Cristo, vive y resucita con Cristo. Que lo resucite. Esta llama de inmortalidad la recibió en el bautismo. Ahora que ha completado su peregrinación le pedimos al Señor que lo acoja benignamente en su seno.

Y en esta fiesta de la Virgen, que fue capaz de acompañar a Jesús en todas estas peripecias que hemos dicho de sufrimiento, de obediencia y de cruz, María está al pie de la cruz. María mantiene su actitud de aceptación, como su Hijo, de obediencia a la voluntad del Padre. Aceptó en el anuncio del ángel el ser Madre de Jesús. Y de manera ininterrumpida se mantiene firme a los pies de la cruz junto a su Hijo.

Una actitud clara de obediencia y de identificación con su Hijo, de cercanía a su Hijo, de proximidad a su Hijo, en las cosas buenas y en las malas, hasta en la muerte ignominiosa. Esa ha de ser también la figura a la que nosotros, hijo de la misma Madre estamos llamados a vivir como Jesús. Él nos la ha regalado en el último momento de su vida, nos ha ofrecido a María como Madre, aunque el intercambio y el trueque hayan sido muy desiguales. Ella pierde a su Hijo, el Hijo de Dios, y Jesús nos ofrece a su Madre como Madre nuestra, pero Ella pierde con el cambio porque nosotros nos somos tan obedientes como el Señor, ni de la calidad que Dios quizás espera de nosotros.

5. En esta fiesta de la Virgen le pedimos que acompañe de la mano a nuestro hermano Rafael, sacerdote, y que lo lleve ante su Hijo. La Virgen lo acogió como hijo al nacer, en el bautismo, en el desarrollo de su historia, y de modo muy especial en el momento de la consagración sacerdotal porque se identificaba con mayor profundidad con Cristo sacerdote; y ahora Ella le acompaña de su mano hasta la presencia de Dios Trino, el Dios de Amor.

Le pedimos a la Virgen que interceda por Él, que no le deje de su mano y que le acompañe hasta las moradas eternas. Y pedimos que durante nuestra vida terrena nos acompañe también a cada uno de nosotros y no nos deje de su mano. Que así sea.

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