DiócesisHomilías

Inicio de Curso con los Profesores Cristianos (Catedral-Málaga)

Publicado: 02/10/2010: 585

ENVÍO DE LOS PROFESORES CRISTIANOS

(Catedral-Málaga, 2 octubre 2010)

Lecturas: Ha 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2 Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10.

Transmitir la verdadera imagen de Dios

1. En el inicio de un nuevo curso, reanudamos las actividades habituales. Vuelven los problemas, las preocupaciones, el trabajo de todos los días con sus interrogantes, las actividades académicas y escolares, la vida política y económica.

Emprendemos de nuevo el esfuerzo organizativo del trabajo apostólico: planes, encuentro con nuevos colaboradores y colegas, preparación de materias, reuniones, celebraciones litúrgicas. Experimentamos ilusión, aunque puede que en algunos momentos también cierta fatiga.

La parábola de los siervos, llamados “inútiles”, merece una consideración. Podríamos sentir la tentación de ufanarnos de nuestro trabajo: planes preciosos –me estoy refiriendo sobre todo a los profesores cristianos que hoy reciben el envío, profesores de religión, profesores de universidad, de colegios, de escuelas–, en este trabajo, al que me refiero, queremos asegurar una evangelización, celebraciones vivas, reuniones fructuosas. Frente a esa tentación, la liturgia nos sitúa en nuestra realidad ante Dios: somos unos pobres siervos, que simplemente hacen lo que se les manda: «De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17, 10). Me gusta apostillar este Evangelio diciendo que incluso no siempre hemos hecho lo que debíamos hacer, con lo cual más inútiles todavía.

Debemos dar gracias a Dios, porque todo cuanto hacemos es por gracia y por inspiración del Espíritu, porque todo cuando tenemos es don suyo. Necesitamos también pedirle ayuda, porque somos débiles. Debemos llevar a cabo una actitud de penitencia y reconciliación, porque a nuestra limitación se añaden nuestros pecados. Darse cuenta de todo esto al inicio de un nuevo curso es situarse con realismo cristiano ante la tarea que Dios nos encomienda.

Pero no habrá reanudación fructuosa de actividades pastorales, si la eucaristía no está siempre en el corazón de todas ellas, porque la eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana (Lumen gentium, 11).

2. Quizás, como en la lectura del profeta Habacuc, nos impresionará la permanencia de lo negativo: desgracias, trabajos, violencias y catástrofes. Pero podemos poner nuestra confianza en el Señor y salir adelante con todos los problemas, que puedan agobiarnos.

El profeta Habacuc, consciente de las iniquidades y de los atropellos que se comenten en su tiempo, clama a Dios para pedir auxilio, sin ver respuesta a su plegaria: «¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que tú escuches, clamaré a ti ‘violencia’ sin que tú salves?» (Ha 1, 2).

Los abusos le martirizan el alma: «¿Por qué me haces ver la iniquidad, y tú miras la opresión? ¡Ante mí, hay rapiña y violencia, se suscitan querellas y discordias!» (Ha 1, 3).

Sus coetáneos, confiando sólo en sí mismos, piensan que podrán seguir cometiendo injusticias, sin tener que dar cuentas un día; pero al injusto y pecador le espera también su fin, mientras que al justo, que confía en Dios, se le concederá la vida: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe» (Ha 1, 4). Quien vive de manera injusta, sucumbe. Como hombres de fe, pongamos nuestra confianza en Dios, que salva al creyente.

También en nuestros días podemos ver, como Habacuc, injusticias, violencias y manipulaciones. También podemos clamar a Dios y aparentemente no nos oye, porque sigue habiendo injusticias. Pero el Señor nos invita a poner nuestra confianza en Él, a vivir de la fe. El justo vive de la fe (cf. Ha 1, 4b).

3. En el Evangelio hemos escuchado la petición de los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

El Señor les respondió: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar, y os habría obedecido» (Lc 17, 6).

El Dios de misericordia no se cansa jamás. El cristiano, ante cualquier situación, pide al Señor: "Auméntanos la fe". Todo cristiano tiene que hacerla suya, porque es la petición justa.

Creyente es, esencialmente, aquel que se adhiere totalmente a otro; uno que se fía de otro. Se trata de una relación personal dinámica con el Señor. Se establece un lazo de unión con Dios, no simplemente para colocarse en sitio seguro, para estar protegidos, sino para dejarse llevar y dejarse guiar por el otro. Nos confiamos a alguien en vistas a una vida, a un camino.

La fe, aunque sea también un asentimiento intelectual a unas verdades que se nos proponen, es fundamentalmente un compromiso con la verdad que afecta a la vida entera; es un compromiso que suele ir envuelto en muchas oscuridades porque es un acto en el que nos asomamos al misterio insondable que es Dios; y, como decía San Agustín: "Si lo entiendes, ya no es Dios". Nosotros queremos comprenderlo y entenderlo todo, queremos racionalizarlo todo.

Pero la fe, que es razonable y que implica la razón, fundamentalmente es una adhesión personal a Cristo, es un fiarse de, es una amorosa fidelidad que trasforma la vida del creyente y que lo lleva a trasformar no sólo su vida, sino la realidad que le rodea haciéndola conforme a la voluntad de Dios. La fe se mueve por amor, nunca por interés, y el amor nos lleva a la acción, al compromiso, al trabajo por el Reino.

Por eso, ningún creyente auténtico puede sentirse libre de la amarga sorpresa de descubrir, en un momento de dificultad, que la fe no le reporta ningún beneficio, ninguna solución.

4. Hemos de pasar de la imagen del Dios al que le pedimos que nos resuelva los problemas, y cuando no nos lo resuelve nos enfadamos con Él, al trato de amor, de amistad, de confianza con Dios, aunque no nos resuelva los problemas como deseamos. Porque si le pedimos que se haga su voluntad no podemos exigirle que Él realice mi voluntad. Decimos en el Padrenuestro: “hágase tu voluntad”, y a continuación le añadimos y decimos: “pero haz lo que te pido”. Es decir, tomamos a Dios a nuestro servicio, es el que debe servir mis deseos. Eso no es fe, eso es instrumentalizar a Dios. La fe es otra cosa, la fe es amarle, la fe es confiar en Él.

Fe es entablar una relación de amor con el totalmente Otro, con el que me sobrepasa y me trasciende. Por eso la fe nos permite superar todos los obstáculos, todas las oscuridades, porque mi vida se fundamente en el mismo amor que Dios me tiene. Podíamos decir muchas cosas de lo que significa la fe.

Esto es lo que deseo, queridos profesores cristianos, queridos padres cristianos, que trasmitáis a vuestros alumnos y a vuestros hijos. Pero tenemos que purificar primeramente nosotros nuestra religiosidad, nuestra fe, nuestro cristianismo. La fe resulta rentable no a corto plazo, sino a la larga, tan larga como es la eternidad.

¿No dicen los pedagogos que el hombre es más maduro cuando sabe renunciar a lo inmediato por un bien mayor aunque se posponga? ¿No hacéis eso los padres? ¿No hacéis eso los profesores? ¿No renunciáis a cosas concretas, a placeres inmediatos, a objetivos pequeñísimos por obtener mejores resultados y objetivos a largo plazo? La fe no va a resolver problemas concretos de hoy, pero te va a permitir gozar de la vida eterna, aunque sea dentro de diez, quince, veinte o cincuenta años. Ten paciencia.

5. El creyente trata vivir la imagen de Cristo que lleva dentro y que se le inculcó en el bautismo, trata de "cristificarse", formarse la imagen de Cristo dentro de él de tal manera que pueda decir: no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). El justo, para serlo, vivirá de la fe, como nos ha dicho Habacuc. Hemos de adoptar una escala de valores y los modos de Jesús, para una salvación plena, integral. Nuestra fe, tal vez menor que un grano de mostaza, aporta ya una luz en nuestra vida que alumbra no sólo nuestro caminar sino el de aquellos que lo hacen junto a nosotros.

Con palabras de Pablo VI: "Hay que corregir el concepto de falso creyente como un reaccionario obligado, un inmovilista de profesión, un extraño a la vida moderna, un insensible a los signos de los tiempos, un hombre privado de esperanza. (Estos son los ataques que dicen del cristiano). Digamos más bien que es un hombre que vive de esperanza y que su propia salvación cristiana, iniciada e incompleta como está, es un don que hay que negociar, es una meta que hay que alcanzar".

6. Desde esta perspectiva de hombres creyentes, de hombres de fe, os invito, como ha hecho el apóstol san Pablo a su querido Timoteo, a ofrecer un buen testimonio de vuestra fe: los padres cristianos en vuestros hogares; los profesores en los distintos ambientes educativos: universidad, institutos, colegios, escuelas. Os repito las palabras de Pablo a Timoteo: «No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8).

Es lógico que quien quiere ser testigo del Evangelio será incomprendido y tendrá que sufrir, a veces, no sólo incomprensiones sino en alguna ocasión vejaciones e insultos. Pero Pablo nos anima a soportar estos sufrimientos, a no avergonzarse de ellos. Dice: «porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día» (2 Tm 1, 12).

Mantenernos firmes en la fe, alegres en la esperanza y fundados en el amor (cf. Ef 3, 17), eso nos pide hoy la Liturgia. Y nos lo pide a todos los cristianos.

7. Hoy,  en este encuentro y en este envío a los profesores cristianos, quiero animaros a todos a que cojáis la antorcha y que tratéis de iluminar con la luz del Evangelio a vuestros discípulos, a vuestros alumnos, a vuestros hijos. No os avergoncéis del Evangelio y «conservad el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tm 1, 14).

No hagamos oídos sordos a la voz del Señor que nos llama a ser testigos, como Pablo, del Evangelio de Jesucristo. El Salmo responsorial nos invita a escuchar la voz del Señor y a no ser sordos: «No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94, 8). Si escuchamos la voz del Señor hagámosle caso.

La tarea de un profesor cristiano y de un padre cristiano es muy noble, es difícil, es compleja y más en nuestra sociedad, también lo relataba el profeta Habacuc. Dificultades y problemas y de todo tipo hay y habrá siempre, pero hemos de poner nuestra confianza en el Señor. Vuestros hijos y vuestros alumnos esperan de vosotros un testimonio veraz. No que le digáis teorías, teorías hay muchas ya, tal vez demasiadas.

Hacen falta hoy testigos de la fe. Hacen falta hombres que vivan la verdad, que sean realmente libres y que ayuden al educando a vivir en verdad superando todo el relativismo que existe en nuestra sociedad, porque no todo vale, no todo tiene el mismo valor, no todas las opiniones son verdaderas. Existe una única verdad llamada Dios, llamada Cristo, aunque no se la pueda comprobar con método científico o método matemático. A través de la fe es posible contactar con esa Persona que es la Verdad, la libertad, la Vida del hombre.

8. A eso queridos profesores y padres cristianos estáis llamados. La juventud de hoy os necesita, los niños de hoy os necesitan. Están siendo vapuleados por mil estímulos externos que les marean y les confunden. Necesitan alguien que sea coherente, que les ayude a caminar, que les oriente, que les dé una meta clara, que les lleve a buen puerto en esa barca zarandeada por las olas en la que están. Esta es vuestra tarea. Eso es lo que os pido.

Pido al Señor que os de fuerzas y os ilumine en esta misión que comenzamos al inicio del nuevo curso.

Con esta Eucaristía damos el envío, el mandato de ir y anunciar el Evangelio, la misión a todos vosotros de realizar con gozo, con alegría y también de manera firme, fundamentada, la misión que la Iglesia os encomienda como profesores cristianos y como padres cristianos.

Le pedimos a la Virgen, Santa María de la Victoria, nuestra Patrona que nos ayude y que nos acompañe. Ella supo educar al niño Jesús, al adolescente Jesús, al joven Jesús bien educado desde la perspectiva de Dios. También en su tiempo había sus teorías, sus políticas y sus problemas sociales. Jesús vivió en una sociedad concreta, Él no vivió en una burbuja, vivió como cualquiera de nosotros en medio de una sociedad con sus cosas malas y sus cosas buenas. Y María supo educarle, supo estar a su lado.

Que Ella nos proteja y nos acompañe en esta difícil tarea de ser educadores cristianos, sea de vuestros hijos, sea de vuestros alumnos. Amén.

Más artículos de: Homilías
Compartir artículo