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Jornada de la vida naciente (Catedral-Málaga)

Publicado: 27/11/2010: 714

JORNADA DE LA VIDA NACIENTE

(Catedral-Málaga, 27 noviembre 2010)

Lecturas: Is 2,1-5; Sal 121; Rm 13,11-14; Mt 24,37-44.

Primer domingo de Adviento

1. Comenzamos hoy el Adviento, queridos hermanos, como preparación próxima a la Navidad. Celebrando el nacimiento de Jesús, anunciamos ya el misterio del Hijo de Dios, que por la muerte y resurrección salva a la humanidad. La Pascua del Señor Jesús es la fiesta principal hacia la que nos dirigimos.

El centro de nuestra vida, eclesial y litúrgica, es el Señor Jesús. Él es el “sí” de Dios al sufrimiento y a la esperanza de los hombres. El año litúrgico es la celebración del misterio de quien ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud. Al celebrarlo cada año, procuremos vencer la posible rutina de la repetición de fiestas conocidas; podemos intentar que este Adviento y la próxima Navidad sean únicas en nuestra vida por los frutos espirituales.

El Adviento es la celebración de la esperanza cristiana. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida de Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad. Todos buscamos la felicidad, pero hay que saber encontrarla donde está; unos la buscan en lugar equivocado y otros en Cristo, que es el verdadero lugar. Es, pues, una esperanza a la vez gozosa, segura y exigente; arraiga en el amor incondicional de Dios, huye de los optimismos frívolos y superficiales, lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud escatológica del momento definitivo de Dios.

2. El mensaje central es que Dios ama a nuestro mundo y ha enviado a su Hijo. Jesús, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas de Dios y las esperanzas humanas, de una manera sorprendente, frecuentemente inesperada y hasta podríamos decir escandalosa.

Una mirada a nuestro mundo lo muestra lleno de luces y de sombras. Existen grandes ilusiones y, al mismo tiempo, incertidumbres y amenazas. Nuestro mundo está necesitado de esperanza. La fe cristiana nos dice una vez más que Jesús, el Hijo de Dios, es la plenitud de la Vida y viene para salvarnos.

El Adviento nos invita a dos actitudes: la esperanza y la vigilancia. Jesucristo es la raíz de la verdadera esperanza humana. Dios es siempre fiel y hace posible nuestra vida de amor y de paz. No sabemos qué sucederá el día de mañana o qué problemas tendrán que afrontar las generaciones venideras o nosotros mismos dentro de unos años, pero creemos firmemente que Dios sigue siendo fiel siempre: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (Hb 13,8).

3. Esperamos una tierra nueva y un cielo nuevo (cf. Ap 21,1), frutos del amor de Dios y de la salvación que nos trae en Jesucristo. La venida del Señor no es el fin de los tiempos catastróficos, sino el retorno del Señor glorioso y victorioso.

Nuestra salvación está cerca. En este primer domingo se ofrece una respuesta a las incertidumbres de cada hombre, que espera que los males cotidianos desaparezcan de su vida. El profeta no espe­ra la salvación de los hombres, sino de Dios mismo. Esta oferta va acompañada de una invitación al pueblo para que camine a la luz del Señor (cf. Is 2,5).

Para los cristianos el monte con su templo es Jesús de Nazaret (cf. Jn 4, 19ss), a quien deseamos en el Adviento. Es muy difícil esperar que los políticos transformen las armas en arados o las lanzas en podaderas (cf. Is 2,4); más bien sueñan con vender armas a países del tercer mundo. ¿Esta es su lucha por la paz? Sólo Jesús puede transformar nuestro mundo haciendo que todos vivamos en su paz, confiando plenamente en él.

4. Jesús compara a los hombres que viven en la fase final de la historia con la generación del tiempo de Noé. Vivían en la despreocupación de las cosas que se avecinaban.

La gente, como en tiempos de Noé, come, bebe, se casa, trabaja, se divierte; pero está insatisfecha y vacía; y no se da cuenta siquiera de eso. Mucha gente no ve más allá de sus necesidades materiales: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca,  y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del  hombre” (Mt 24,37-39).

5. La liturgia de hoy nos invita a la vigilancia. La vigilancia nace de la entraña misma del Evangelio. La pertenencia a la familia de Dios lleva consigo las exigencias de una conducta adecuada. La generación de Noé pasó a la historia como corrompida; vivían seguros y felices y de pronto les sorprendió el diluvio. El cristiano, por ser siervo de su Señor, debe permanecer vigilante y cumpliendo su deber, a la espera de su Señor. Sólo así será recompensado por su Señor cuando regrese.

El futuro del hombre no está escrito ni programado. Tampoco hay horóscopos para el futuro del mundo. Dios no se somete a las visiones mágicas. El Espíritu sopla donde y cuando quiere (cf. Jn 3,8). El Hijo del Hombre es imprevisible y sorprendente, aunque siempre debe ser lo más querido y esperado. Hay que vigilar pues, pero no para defenderse, sino para abrir el corazón; no para esconderse, sino para salir al encuentro de Cristo que llega y se acerca a mí. La venida del Hijo del Hombre no será un diluvio devastador, sino una lluvia refrigeradora, que sacia la sed del hombre. Esta vigilancia por la salvación personal es una “atención serena”, para ser fieles a la misión de a cada uno nos ha confiado el Señor.

Vigilar es estar abierto por la esperanza hacia el futuro del Señor que viene; es también estar dispuesto a reconocerle en los pobres y necesitados; y a cumplir en cada caso el mandamiento del amor; es también orar y pedir a Cristo que venga. Sólo el que vigila está preparado para el encuentro con Dios en Cristo Jesús.

San Agustín, comentando este Evangelio dice: “Las dos mujeres que se hallan en el molino simbolizan al pueblo. ¿Por qué se dice que están moliendo? Porque, encadenadas al mundo, están como retenidas por la piedra del molino en el afán por las cosas temporales. También una de ellas será tomada y otra dejada. ¿Cuál de ellas será tomada? La que obra bien y atiende a las necesidades de los siervos de Dios y a la indigencia de los pobres; la que es fiel en la alabanza, se mantiene firme en el gozo de la esperanza, se entrega de lleno a Dios, a nadie desea mal y ama cuanto puede no sólo a los amigos, sino también a los enemigos; quien no conoce a otra mujer fuera de la suya ni a otro varón fuera de su marido: ésta es la mujer que será tomada de las que estaban en el molino. La que no se comporte de esta manera será dejada” (San Agustín,  Comentario al salmo 99,13).

6. Estamos celebrando, en este primer domingo de Adviento, la Jornada por la vida naciente. El misterio que celebraremos próximamente en la solemnidad del Nacimiento de Jesucristo es el gran “sí” de Dios a la vida humana: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (...) Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros” (Gaudium et spes, 22).

Como nos dijo el Papa Juan Pablo II: “La Iglesia, (que) siente el deber de dar voz con inalterable valentía a quien no tiene voz", hace "una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana” (Juan Pablo II, Evangelium vitae, 5).

“Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios confía a cada hombre" (Ibid., 42). Es un derecho y un deber que corresponde a todos. Sujeto insustituible de este derecho y tarea es la familia, santuario de la vida”.

Esta tarea se resume, en cierto modo, en celebrar el evangelio de la vida, en celebrar al Dios que da la vida; y comporta celebrarlo en la oración, en la liturgia y en los sacramentos. Pero sobre todo la celebración del evangelio de la vida ha de realizarse en la existencia cotidiana vivida en el amor por los demás y en la entrega de uno mismo (cf. Evangelium vitae, 83-86). En “hacerse cargo” de toda la vida y de la vida de todos (cf. Evangelium vitae, 87-91). Momento particular de esta tarea, es la promoción de una cultura de la vida, donde "el pueblo de la vida" (Evangelium vitae, 78-79) en su innumerable y rica diversidad de asociaciones e instituciones está llamado a realizar un servicio insustituible en nuestra sociedad.

7. La Vigilia de oración por la vida humana naciente quiere ser el grito de toda la humanidad que se eleva a Dios Padre, dador de todo bien, con el fin de que toda vida humana sea respetada, protegida y amada.

En el cartel que la Conferencia episcopal española nos ha ofrecido para esta jornada aparece la imagen preciosa de la Virgen María, ya embarazada de Jesús, que va a visitar a su prima Isabel, que a su vez también está embarazada de su hijo Juan; dos mujeres que llevan en su seno dos niños no-nacidos. Podemos plantearnos esta pregunta crucial: ¿Qué hubiera sucedido si estos dos niños no hubieran nacido? O peor aún, ¿qué hubiera sucedido si los hubieran asesinado antes de nacer? ¿Qué hubiera sido de la humanidad, de cada uno de nosotros? Esto es muy serio; la vida humana es inviolable en todas sus fases.

Como ha escrito el cardenal Cañizares hace unos días: “Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la vida y la dignidad de las personas. La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los discapacitados, de los disminuidos de todo tipo, se encuentra cada vez más desamparada no sólo por leyes vigentes o en trance de formularse, sino también por las costumbres y estilos de vida en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social” (Antonio Cañizares, Por la vida naciente, en Diario “La Razón”, 24.XI.2010).

El gran desafío de hoy es urgente y arduo: la cooperación de cuantos creen  en el valor de la vida, lo protegen y defienden, para evitar una derrota del hombre y de nuestra civilización.

8. El Adviento, queridos hermanos, nos trae la gran esperanza: Dios se hace hombre para dar vida a los hombres. Por ello, nos unimos hoy a toda la Iglesia, en unión con el Papa Benedicto XVI, para elevar hasta el cielo una plegaria universal por la vida humana naciente. Desde todas las iglesias y parroquias del mundo católico se está haciendo una oración a favor de la vida naciente.

Dios, dueño único de la vida, quiere que el hombre viva, porque ésta es gloria. El Papa mismo, en las primeras vísperas del primer domingo de Adviento, en la basílica de San Pedro en Roma, ha presidido una plegaria a favor de la vida humana naciente. A ella nos unimos nosotros. Gracias por vuestra presencia y por vuestra oración esta tarde.

La Iglesia no tiene otras armas ni otros poderes que la fuerza de Dios. Por eso, llenos de confianza, pedimos al Dios de la vida a favor de la vida humana naciente.

El Hijo de Dios ha venido a nosotros, en Belén, y se ha hecho niño para que todos tengamos vida.

Pedimos a la Santísima Virgen María, Madre de Cristo, que es la Vida, su maternal intercesión, para que sea respetada toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Amén.

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