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Colación de ministerios de Lector y Acólito (Seminario-Málaga)

Publicado: 12/12/2010: 1122

COLACIÓN DE MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO

(Seminario-Málaga, 12 diciembre 2010)

Lecturas: Is 35, 1-6a.10; Sal 145; St 5,7-10; Mt 11,2-11.

1. Un saludo fraternal a mi hermano D. Fernando, al Sr.Rector y a los demás Superiores del Seminarios y colaboradores, a todos los sacerdotes.

Queridos candidatos a los ministerios de lector y acólito. Y a vosotros queridos seminaristas menores, mi afecto y mi cercanía. Hoy vais a presenciar una celebración, un acto especial, que unos hermanos mayores vuestros del Seminario Mayor, van a realizar; o mejor, un ministerio que se les va a otorgar. Espero que el estar presente en esta celebración os ayude a animaros a querer más a Jesús y a saber decirle que sí en la medida en que Él os vaya llamando cada día.

A los padres y familiares os pido que les acompañéis con mucho cariño a los hijos que os han dicho que el Señor les llama al sacerdocio; aunque sea una llamada muy débil o muy delicada aún por la edad, pero por eso todos los mayores necesitamos hacerlo, trabajarla, cuidarla con mayor delicadeza para que no se quiebre, para que no se apague.

2. En este tercer domingo de Adviento, llamado domingo “Gaudete”, domingo de la alegría, porque la liturgia nos presenta ya una fiesta muy cercana que es la Navidad, y esta cercanía de Jesús, el Señor que viene, nos trae cosas buenas, nos trae una trasformación de nuestro ser, nos trae perdón de los pecados, nos trae luz y paz. Hemos escuchado antes la monición al encendido de los cirios de la corona de Adviento, Jesús con su luz viene a apagar nuestras tinieblas, viene a poner claridad y sentido a nuestra vida.

Hoy podemos alegrarnos con la liturgia en este domingo Gaudete por muchas razones. La venida de Jesús es transformante, y este Adviento deseamos que para cada uno de nosotros sea transformante también. Cada navidad, cada adviento que lo sea en la medida que nosotros nos dejemos trasformar por el mismo Espíritu de Jesús.

3. Tanto el profeta Isaías, del que está tomada la primera lectura de hoy, como el diálogo entre los discípulos de Juan y Jesús están muy relacionados. Juan está en la cárcel, y no puede hablar con Jesús y envía a sus discípulos a preguntarle si Él es el Mesías o tienen que esperar a otros. Y Jesús no le responde de forma teórica. No le dice: “Pues sí, decidle a Juan que yo soy el Mesías porque…” y no hace una descripción teológica de su realidad mesiánica. Jesús solamente le dice a los discípulos de Juan: “Id a decirle a Juan el Bautista lo que habéis visto y oído de las cosas que yo hago” (cf. Mt 11,4). Id a decirle que Jesús, el maestro, “abre los ojos a los ciegos, que cura sorderas, que hace caminar a los cojos, a que resucita muertos, que cura lepras” (cf. Mt, 11,4-5).

Este mismo texto es el que hemos escuchado en Isaías, cuando ya el profeta varias centurias antes anuncia que la presencia del Mesías aportaría todas esas cosas. «Que el desierto y el sequedal se alegren, regocíjese la estepa y la florezca como flor; estalle en flor y se regocije hasta lanzar gritos de júbilo. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará» (Is 35, 1-4).

Si alguna vez, por circunstancias de la vida, nos viene el miedo o nos viene esa situación de negación, de sinsentido, pensemos en Jesús que nos trae el sentido de la vida y su luz, y no tengamos miedo a cualquier acontecimiento.

4. También habla el profeta de abrir: se «despegarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo» (Is 35, 5-6). Esta es la gran maravilla que hace el Señor. Pero esta es también la gran maravilla que Jesús quiere hacer en cada uno de nosotros.

¡Cuántas veces estamos ciegos! ¡Cuántas veces no vemos con la luz de Jesucristo! ¡Cuántas veces nuestros miedos, nuestras faltas de compromiso, nuestros no ver las cosas nos paraliza! ¡Nos quedamos como agarrotados sin saber qué hacer! ¡Cuántas veces nosotros presentamos los mismos síntomas que los leprosos porque no crecemos armónicamente, sino que hay crecimientos anómalos, hay aspectos de nosotros que tendrían que estar armonizados en todo su conjunto y no lo están!

Cada uno de nosotros somos objetos de ese amor de Dios, de esa acción que dice Jesús a los discípulos de Juan: contadle lo que habéis visto y oído. Ojalá seamos también nosotros receptores de esa salvación que Cristo nos trae y cambiemos con la llegada del Señor. Que Él nos ayude a aceptar esa presencia sanadora y salvadora que es la presencia de Dios entre nosotros, la presencia de Jesús.

5. Hoy de manera especial a vosotros cinco que vais a recibir los ministerios de lector y acólito, espero que estéis abiertos, que se os abran los oídos, que se os despeguen los ojos, que podáis moveros para ser buenos anunciadores del Evangelio, como el gran mensajero ¡Que alegre y que danzarín y cantante van los pies del mensajero que anuncia la Buena Nueva! (Is 52, 7). Esos tenéis que ser vosotros, queridos jóvenes seminaristas que vais a recibir estos dos ministerios.

Centrándonos en cada uno de ellos voy a pediros sólo una cosa por cada uno de los ministerios. Respecto al ministerio de lector, el Papa Benedicto XI, en su exhortación postsinodal Verbum Domini, refiriéndose al tema que trata él sobre la Palabra de Dios y los candidatos al Orden sagrado (82), dice textualmente: “El Sínodo ha dado particular importancia al papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual de los candidatos al sacerdocio ministerial: «Los candidatos al sacerdocio deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exégesis, teología, espiritualidad y misión»”.

Aquí hay un toque a los profesores, a los educadores y a vosotros: debe haber una circularidad, una integridad, una coherencia, una sintonía entre todos estos aspectos. No puede haber dualismo entre estudio y Palabra; o entre reflexión teológica y oración. Como decía Santo Tomás, “reflexionando y haciendo teología rezaba, y rezando profundizaba en la teología”.

Siendo que vais a ser ministros, se os da el ministerio de la lectura de la Palabra que será proclamada en la Asamblea. No es una simple lectura personal en casa, privada, es una proclamación ante la Asamblea en la liturgia. Se os pide que os identifiquéis con esa Palabra, porque la Palabra es Jesucristo, es una persona, no es un texto, no son unas letras, no es un libro. La Palabra de Dios es una persona, Jesucristo, humano-divino.

6. «Los aspirantes al sacerdocio ministerial –sigue diciendo Benedicto XVI- están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas.» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 82). Identificaos con la Palabra de Dios, tened una relación personal de amistad, de intimidad con la Palabra de Dios, con el Señor. Si lo hacéis así, cuando la proclaméis, proclamaréis la Palabra, no os proclamaréis a vosotros.

Y respecto al ministerio de acólito, lo mismo. Si antes se hablaba de una identificación y de una relación personal con la Palabra-Cristo, ahora se os pide, la Iglesia os pide, una configuración con el Misterio Pascual, porque la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor. Si servís al altar -servís al misterio de la Celebración Pascual- tenéis que configuraros al Misterio Pascual.

En lo que se refiere a la vida espiritual, las exigencias personales del ministerio del acolitado en la Iglesia consisten en una especial configuración interior con el Misterio Pascual de Cristo y en la profesión de un singular amor a los hermanos porque es inseparable. La relación singular con Cristo va inseparable de la relación con los hermanos

Por vuestra dedicación al ministerio del altar, debéis vivir más intensamente del sacrificio del Señor y procurar identificaros más plenamente con él. Ofreceos cada día al Señor como sacrificio espiritual, que Dios acepta por Jesucristo en la Eucaristía que celebran los sacerdotes a quiénes serviréis con vuestro ministerio.

7. Queridos jóvenes y queridos niños: estos seminaristas hoy van a recibir estos dos ministerios: de lector de la Palabra de Dios y de servicio al altar en la Eucaristía. Muchos de vosotros ya leéis la Palabra de Dios, también servís como acólitos o monaguillos en el altar. Lo que reciben ellos es un ministerio instituido por la Iglesia, se les confiere ese ministerio de manera oficial para que lo hagan en nombre de la Iglesia. Vosotros más pequeños seguid también sirviendo el altar desde el servicio del acolitado, como monaguillos identificados ya desde ahora con ese Cristo que se ofrece en el altar. Y cuando leáis la Palabra de Dios intentad también sintonizad con esa Palabra y hacedla vuestra, que penetre en vuestro corazón, que cale como el agua que esponja la tierra, que la fecunda y la hace fructificar.

Vamos a pedirle a la Virgen, nuestra Madre, que nos ayude a todos en esta preparación del Adviento, en este tercer domingo de alegría, domingo Gaudete. Y le pedimos hoy de manera especial por los cinco seminaristas que van recibir los ministerios de lector y acólito.

Lo hacemos pidiéndosele a la Virgen, bajo la advocación de nuestra Patrona, la Virgen de la Victoria; pero hoy, y que sea por la excepción de ser hoy, hoy es también la Virgen de Guadalupe en las tierras americanas, y Juan Pablo es de México y no puede faltar una palabra a la Virgen a la que supongo él, en su familia desde pequeño le ha rezado, se ha dirigido a Ella. Así que la Virgen de la Victoria, para todos; la Virgen de Guadalupe, también para todos, y para ti Juan Pablo de un modo especial bajo esa advocación, que os proteja y que os acompañe siempre, sobre todo en este momento de inicio de un camino de servicio a la Iglesia, un camino de ministerio. Que así sea.

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